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Libro II

El combate de Aquiles contra Menmón

La llegada de Memnón supuso un gran alivio para los troyanos. Le acompañaba una hueste numerosa de etíopes, que en este caso podrían ser un pueblo de medio oriente, aunque en general los griegos llamaban etíopes a todos los pueblos del África negra. ¿Acaso podría este legendario héroe parar por fin al tremendo Aquiles?

Tras un breve descanso, se reanuda la batalla y Memnón avanza imparable por la llanura troyana. De entre las filas aqueas, se adelanta para hacerle frente Antíloco, hijo del sabio Néstor, rey de Pilos [1]. Antíloco arroja su lanza, pero Memnón la esquiva y alcanza a su querido amigo Étope de Pírraso. Enfurecido, Memnón carga contra Antíloco y le atraviesa el corazón [2].

Destrozado al ver morir a su hijo, Néstor llamó a Trasimedes, otro de sus vástagos, y junto con Fereo, un vasallo de Antíloco, marchó contra Memnón. Pero nada pudieron contra el fiero rey de los etíopes, que trató de que Néstor se alejase de la batalla para no luchar contra quien tanto aventajaba por edad.  

Y así fueron retrocediendo los aqueos cada vez más ante la furia de Memnón hasta que el mismo Aquiles le plantó cara por petición de Néstor. Comenzó entonces uno de los combates más reñidos de toda la guerra de Troya. A un lado se encontraba Aquiles y al otro Memnón, ambos acompañados por sus respectivas madres -Tetis y Eos-, que contemplaban horrorizadas la pelea [3].

Durante mucho tiempo lucharon sin que ninguno de los dos consiguiera ventaja, embistiéndose por el mar de sangre y cadáveres que inundaba la llanura de Troya, hasta la Discordia movió la balanza de la batalla y Aquiles le clavó su espada en el pecho a Memnón.

Según Quinto Esmirna, bajaron entonces el Céfiro, el Bóreas y el Noto, los poderosos vientos hijos de Eos, a recoger el cuerpo de su hermano Memnón y lo llevaron hasta un lugar del río Esepo, cerca del estrecho de Dardanelos, custodiado por Ninfas y densas arboledas. Y mientras las gotas de sangre de Memnón que caían a tierra se transformaban en ríos pestilentes de aguas negras, todos los etíopes que le habían acompañado se volvieron invisibles y, transportados por los vientos, llegaron hasta su tumba, donde se transformaron en “memnones” (¿cuervos?) [4].

Hasta allí fue a llorarle Eos, acompañada de sus doce hijas -las Horas-, y aquella noche su hermana Selene ocultó todos los astros en señal de duelo. Las lágrimas que derramó por su querido hijo se transformaron en el rocío con el que despertamos desde entonces a cada amanecer [5].

Eos y Memnón

Eos recoge el cadáver de Memnón.
Kylix ático (c. 485 a. C). Museo del Louvre, París (Louvre G115).

[1]. Como se manifiesta simbólicamente en su avanzada edad, el anciano Néstor era el más sabio de todos los aqueos, lo cual quizá se corresponda con

el antiguo brillo cultural de la ciudad de Pilos, de donde le hacían rey. Como sabes, en la Ilíada -transmitida oralmente durante generaciones- se mezclan dos épocas históricas: el período micénico y la edad oscura. En la actualidad, en la ciudad de Pilos se han descubierto un sinfín de tablillas sobre los más variados temas (administración, religión, impuestos, etcétera), que revelan la intensa actividad de la ciudad. Si Pilos era un gran centro cultural de la época micénica, quizá no resulte extraño que a sus reyes legendarios les atribuyesen estas cualidades.

[2]. El poeta Píndaro nos cuenta que Antíloco murió por salvar a su padre, que trataba de huir de la embestida de Memnón tras haber perdido, asaeteados por Paris, los caballos de su carro.

Estr. IV

«Vivió también antes Antíloco el fuerte y tenía este mismo pensar;
que murió por su padre, haciéndole frente
al caudillo de los Etíopes, asesino de hombres,
a Memnón. Pues herido el caballo por los dardos de Paris
retrasaba de Néstor el carro y Memnón dirigía
contra Néstor la lanza potente. Del anciano Mesenio
el agitada alma a gritos llamaba a su hijo,

Estr. V

»y no cayó a tierra la voz que lanzó: allí aguantando el divino héroe
compró con su muerte la salvación del padre,
y pareció en la raza de antaño
a los jóvenes, por haber realizado una hazaña gigante,
ser el más excelso en virtud por amor a los padres».

Píticas VI.

Píndaro, Odas y fragmentos. Gredos. Madrid, 2002. Traducción de Alfonso Ortega.

[3]. Probablemente, habría varias versiones del combate entre Aquiles y Memnón. En el Museum of Fine Arts de Boston, Massachusetts, se conserva un Calyx datado hacia el año 490 a. C. (Boston 97.368 ) en el que la diosa Tetis es reemplazada por Atenea. En el suelo yace un héroe troyano llamado Melanippo.

boston-97368 / la muerte de Memnón

Atenea
Aquiles

atenea

aquiles
   
Eos
Memnón
eos
memnón

[4]. Machetes pugnax, bandadas de aves que al parecer luchan ferozmente entre grupos distintos por la posesión de un territorio.

[5]. En el Libro XIII de las Metamorfosis (576), Ovidio describe la muerte de Memnón, las bandadas de enemistadas aves Memnones que surgieron de la pira funeraria del héroe y cómo las lágrimas vertidas por Eos ante la muerte de su hijo se transformaron en el rocío del alba.

«No tuvo tiempo la Aurora, aunque había apoyado a aquel bando, de lamentar la caída de Troya y la tragedia de Hécuba. Una angustia más cercana, un luto familiar la acongoja, la pérdida de Memnón, a quien su dorada madre había visto sucumbir en los campos frigios bajo la pica de Aquiles; lo vio, y ese color con rojean las primeras luces del alba palideció y el cielo quedó oculto entre nubes.

»No pudo soportar la madre el espectáculo de aquel cuerpo depositado sobre la pira funeraria, y con el cabello suelto, tal como estaba, no juzgó indigno postrarse a las rodillas del gran Júpiter [Zeus] y añadir a sus lágrimas estas súplicas:

»Aunque inferior a todas las que el áureo cielo sustenta (pues son contados los templos que poseo en todo el mundo), diosa soy, con todo, y no he venido para que me des santuarios, días de sacrificio o altares que ardan con fuego; aunque si reparas en los servicios que te presto, aun siendo hembra, cuando al alba preservo las fronteras de la noche, estimarías que merezco una recompensa. Pero no es eso lo que me preocupa, ni está la Aurora como para reclamar merecidos honores. Vengo huérfana de mi Memnón, que en vano tomó valerosas armas en favor de su tío y en edad juvenil sucumbió (así lo quisiste) a manos del bravo Aquiles. Dale, te lo ruego, algún honor como consuelo de su muerte, supremo soberano de los dioses, y alivia mis heridas de madre.

»Había asentido Júpiter, cuando la elevada pira de Memnón se desplomó entre altas llamaradas, y negras volutas de humos oscurecieron el día, como cuando los ríos exhalan neblinas que en ellos se forman y que no dejan pasar los rayos del sol. Negras cenizas revolotean y se aglomeran y se condensan formando un solo cuerpo que toma forma y cobra del fuego calor y vida; su propia liviandad le dio alas, y, con aspecto de ave al princpio, luego verdadera ave, aleteó con sus remos; al unísono aletearon innumerables hermanas cuyo nacimiento y origen es el mismo; tres veces sobrevuelan la pira y tres veces sus lamentos resonaron por los aires al unísono; a la cuarta pasada dividen la formación; partiendo entonces de dos sitios diferentes las dos bandadas se hacen una guerra feroz, se ensañan con sus picos y corvas garras y entrechocan alas y pechos, y caen, como fúnebres ofrendas a las cenizas del muerto, sus parientes, recordando que habían nacido de un valeroso héroe. A estos repentinos pájaros les dio nombre su progenitor; por él se llaman Memnónides, y cuando el sol ha recorrido los doce signos, cual aniversario fúnebre, reanudan la lucha dispuestos a morir.

»Por eso mientras a otros pareció lastimoso que ladrase la hija de Dimas, la Aurora se entregó a su dolor y aún hoy derrama maternales lágrimas y destila rocío en el orbe entero».

Ovidio. Metamorfosis. Alianza Editorial, Madrid 1995. Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín.

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