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Ariadna

Camino de Atenas, decidieron descansar en la isla de Naxos (Día, que la llamaban los antiguos) y Teseo y Ariadna disfrutaron de una apasionada noche. Sin embargo a la mañana siguiente, cuando Ariadna despertó, descubrió que Teseo la había abandonado y el barco se alejaba sin ella [1].

No sabemos con certeza las razones por las que Teseo dejó a Ariadna en tierra. Algunas versiones sostienen que estaba tan conmocionado por la lucha contra el Minotauro y su regreso triunfal que, sencillamente, se olvidó de la muchacha, pero parece un argumento bastante débil. No me cuadra con la belleza del mito, que se muestra muy coherente en todos los aspectos narrativos de la trama (no hay acontecimiento importante que no sea provocado por un sentimiento humano o divino de mayor envergadura que el mero descuido: el amor, los celos, la envidia, el dolor por la pérdida de un hijo, etcétera).

Más razonable resultan otras versiones en las que Dionisio visita a Teseo por la noche y le ordena que deje a Ariadna en la isla pues se ha enamorado de ella [2].

De hecho, mientras Ariadna vagaba desesperada por la playa, desnuda y con el pelo revuelto, escuchó de pronto el creciente sonar de flautas, timbales y címbalos: era Dionisio, acompañado por su corte de faunos, bacantes, tigres y panteras, que venía a casarse con ella [3].

Dionisios y Ariadna

Tiziano, Ariadna y Baco (Dionisios), 1520-1522, National Gallery, Londres.

Lo que ocurrió después tampoco está claro. Tal vez se casaron, y durante la boda Afrodita regaló a Ariadna su famosa corona, trabajada durante nueve años por el mismo Hefesto [4]; o quizá, como sostiene Homero, Artemisa mató a la muchacha por petición de Dioniso (que este dios salvaje, a medio camino entre el mundo de los vivos y el de los muertos decida matar a Ariadna quizá no sea tan extraño, tal vez porque así la transforma en inmortal) [5].

Sin embargo, a pesar de Homero, hay varios indicios de que sí estuvieron juntos durante una larga temporada, entre otras razones, porque tuvieron varios hijos: Toante, Estáfilo, Enopión y Pepareto, según Apolodoro; y también el insigne Céramo, según Pausanias [6]. (Además, una tradición la hacía acompañante de Dionisio durante su enfrentamiento con Perseo).

Lo que sí parece cierto es que tras su muerte, Dionisio llevó a su amada al firmamento, junto a la constelación de la Corona de Ariadna (aunque Odiseo la vio en el Infierno), y que fue adorada en varios lugares, sobre todo en Naxos, Chipre y Delos.

Plutarco recoge además una tradición local muy curiosa de Peón el amatusio: Ariadna estaba muy mareada por el fuerte oleaje de una tormenta, por lo que desembarcaron en la isla de Chipre para que descansara y luego Teseo se alejó en su barco para ponerlo a salvo. Como tardaba en regresar, Ariadna estaba desconsolada y las mujeres de la isla le escribían cartas fingiendo que eran de Teseo para consolarla [7].

Según esta versión, Ariadna estaba embarazada y murió durante el parto cuando iba a dar a luz, lo cual resulta muy interesante pues a la madre de Dionisio, Semele, le sucedió algo parecido. Semele era una mortal, hija de Cadmo y Harmonía, de la que Zeus estaba tan enamorado que no le podía negar nada. Inducida por la celosa Hera, Semele pidió a Zeus que se mostrase tal cual era y, al verle en todo su esplendor, rodeado de rayos, murió achicharrada. Entonces Zeus sacó al hijo de ambos, Dionisios, de su vientre y se lo cosió al muslo donde lo llevó hasta que nació. Ésta es una de las pistas que le lleva al genial Walter F. Otto a demostrar la afinidad entre las dos mujeres (Dionisio, mito y culto, pág. 135 y ss. Siruela, Madrid 2007).

Egeo

Fuera por despiste, fuera por obedecer a Dionisio, el caso es que Teseo siguió rumbo a Atenas sin Ariadna y, tan afligida estaba la tripulación por este percance, que se olvidaron del código que habían establecido con Egeo -velas negras si volvían derrotados y blancas si habían conseguido derrotar al Minotauro- y no las cambiaron (lo cual también pudo deberse a una maldición que le lanzó la desesperada Ariadna).

Al ver las velas negras, Egeo pensó que su hijo había muerto y se suicidó lanzándose desde una torre contra el mar [8], que desde entonces lleva su nombre. Teseo fue nombrado rey al llegar a Atenas y tras vencer a sus rivales políticos, los 50 hijos de Palante, realizó grandes empresas, algunas de las cuales veremos más adelante [9].

 

Notas

[1]. Mapa con los principales lugares mencionados en el mito

mapa con el viaje de Teseo a Creta

 

[2]. La versión del rapto de Ariadna por parte de Dioniso aparece, por ejemplo, en Diodoro:

«Al regresar a su patria, raptó a Ariadna, se hizo a la mar de noche sin ser visto, y arribó a una isla que por entonces se llamaba Día y que hoy recibe el nombre de Naxos. Por el mismo tiempo, cuentan los mitos, apareció Dionisio y, a causa de la belleza de Ariadna, arrebató la muchacha a Teseo y la tomó por esposa legítima dado que estaba extraordinariamente enamorado de ella.

»Después de su muerte, en efecto, debido a su vivo amor por ella, la consideró digna de honores inmortales y fijó entre los astros del cielo la corona de Adriana».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

[3]. Una de las cartas de las Heroínas de Ovidio es la de Ariadna a Teseo y al parecer se inspiró en un poema de Cátulo (64), del que cito los fragmentos relativos a nuestro mito (es algo largo, pero vale la pena leerlo).

Durante la boda de Tetis con Peleo, una colcha cubría el lecho nupcial:

«Esta colcha bordada con figuras de hombres de otro tiempo explica las hazañas de los héroes con arte admirable. En efecto, observando en la costa resonante de Día, ve a Teseo alejarse con su flota veloz Ariadna con indomables explosiones de cólera en su corazón, todavía, incluso no se cree que ve lo que está viendo, puesto que ella, despierta apenas entonces de un sueño engañoso, se contempla digna de lástima, abandonada en una playa solitaria. Por otra parte, el joven desmemoriado golpea en su huida las aguas con los remos, dejando unas promesas para disiparse en los vientos de la tormenta.

»La de Minos lo ve desde las algas de la playa, a lo lejos, con sus ojitos tristes, como la estatua de piedra de una bacante, ay, lo ve, y se agita en medio de las grandes olas de sus afanes, no sujeta en su rubia cabellera la cofia de fino tejido, ni protege su pecho con el ligero velo que lo cubre, ni somete sus tetillas en leche a la delicada faja, con toda la ropa que se le había caído por todo el cuerpo sin ningún orden delante de sus propios pies las saladas olas jugueteaban. Pero ella, sin cuidarse entonces ni de la cofia, ni del velo que revolotea, estaba pendiente de ti, Teseo, perdida con todo su corazón, con toda su alma, con todo su pensamiento. Ay, desdichada, a quien con repetidos ataques abatió Eicina [Afrodita], sembrando en su pecho las espinas del amor, en aquella época, desde el momento en que el arrogante Teseo, después de haber salido de las curvadas costas del Pireo, tocó los templos de Gortina [Knossos], los territorios de un rey injusto.

»Pues cuentan que, un día, forzada por cruel peste a pagar la culpa del asesinato de Androgeo, Cecropia [Atenas] acostumbraba a entregar a jóvenes escogidas a la par que lo más honroso de sus doncellas, de banquete para el Minotauro. Mientras sus estrechos muros eran vejados por estas desgracias, Teseo en persona deseó entregar su propio cuerpo por su querida Atenas antes de que tales cadáveres vivientes de Cecropia fueran transportados a Creta.

»Y así, navegando en ligera nave y con suaves brisas, llegó ante el soberbio palacio del magnánimo Minos. En cuanto con sensual mirada lo vio la princesa a la que un casto lecho que exhalaba suaves perfumes todavía criaba en el blando regazo de su madre, como los mirtos que ciñen la corriente del Eurotas o la brisa primaveral que hace brotar variados colores, no apartó él sus ardientes ojos, hasta que concibió desde sus entrañas por todo su cuerpo una llama y en sus profundas médulas ardió entera. Ay, niño divino, que desdichadamente provocas locos amores con tu cruel corazón y mezclas en los hombres gozos y cuidados y tú, la que gobiernas Golgos [Afrodita] y el frondoso Idalio, ¡en medio de qué oleaje habéis arrojado a una niña, puro fuego en su corazón, y que suspira sin cesar por su rubio huésped! ¡Cuántos miedos soportó ella con su corazón desfallecido! ¡Cuánto más que el oro amarillento quedó pálida en repetidas ocasiones, mientras Teseo, deseoso de enfrentarse con el monstruo cruel, buscaba o la muerte o el premio de la gloria!

»Con todo, sin prometer ofrendas desagradables a los dioses, que podían resultar vanas, formuló sus votos con silencioso labio, pues, como a la encina que agita sus ramas en la cumbre de Tauro o al pino piñonero de corteza resinosa un indomable huracán con sus soplos de viento retorciendo sus troncos los arranca, así Teseo, después de domar el cuerpo del monstruo, le hizo hincar sus rodillas, embistiendo en vano con sus cuernos a los vientos sin resistencia. Luego se retiró a salvo con su gran gloria guiando sus pasos errantes con fino hilo, no fuera que el difícil trazado del palacio le burlase al salir del complicado laberinto.

»Pero, ¿Por qué yo, apartándome del tema de mis primeros versos, voy a recordar más cosas: cómo la hija, esquivando la mirada de su padre, el abrazo de su hermana y, finalmente el de su madre, que, desdichada, se alegraba apasionadamente con esta hija, prefirió el dulce amor de Teseo a todos ellos o cómo transportada en barco llegó a las espumosas playas de Día o cómo a ella, vencidos sus ojos por el sueño, la abandonó su amante al marcharse desmemoriado?

»Se cuenta que ella una y otra vez se enfureció con su corazón en llamas y dejó escapar de lo más profundo de su pecho agudos gritos y que luego escalaba triste montañas escarpadas desde donde dirigía su mirada hacia el inmenso oleaje del piélago, después corría al encuentro de las opuestas aguas del mar agitado, recogiéndose el fino vestido sobre sus desnudas piernas y, entristecida, había proferido estas palabras entre lamentos de muerte, emitiendo escalofriantes sollozos con el rostro húmedo de llanto:

»¿Así, tú, pérfido, a mí, llevada lejos de los altares de mi patria, me has abandonado en una playa desierta, pérfido Teseo? ¿Así, al marcharte, despreciada la voluntad de los dioses, desmemoriado, ay, llevas a casas perjurios sacrílegos? ¿Nada pudo doblegar la decisión de tu mente cruel? ¿Ningún tipo de clemencia tuviste presente que indujera a tu duro corazón a compadecerte de mí?

»Pero no fueron éstas las promesas que me hiciste en otro tiempo con halagüeñas palabras; no fueron éstas las que me mandabas esperar en mi desdicha, sino un matrimonio alegre, unas anheladas bodas, promesas todas vanas que los vientos disipan en el aire. Ahora ya ninguna mujer se fíe del juramento de un hombre, ninguna espere que las palabras de un hombre le resulten fieles. Mientras su alma deseosa de algo quiere con fuerza conseguirlo, no tienen miedo a jurar, no se abstienen de prometer; pero, tan pronto como el capricho de su codiciosa mente se ha saciado, no temen a sus palabras, nada le preocupan los perjurios.

»Por cierto que yo te salvé a ti, embustero, en el momento supremo. En pago a esto yo voy a ser entregada al desgarro de las fieras y como botín de las aves de presa y, muerta, no me va a cubrir ni un puñado de tierra. ¿Qué leona te parió al pie de la solitaria roca? ¿Qué mar te concibió y te escupió de sus espumosas aguas? ¿Qué Sirtes, qué voraz Escila, qué colosal Caribdis te engendraron a ti, que devuelves en pago de tu dulce vida semejantes premios?

»Aunque no te hubiese agradado el matrimonio conmigo porque temblabas ante las severas órdenes de un padre anciano, pudiste, al menos, llevarme a tu palacio, para que te sirviera de esclava con un trabajo alegre, acariciando las blancas plantas de tus pies con limpias aguas, cubriendo tu cama de colcha escarlata. Pero, ¿a qué lamentarme en vano, abatida por mi desgracia, a unos aires insensibles, privados de todos los sentidos, que ni pueden oír mis quejas, ni contestar a mis palabras?

»Y él ya casi se encuentra en mitad del mar y ningún mortal aparece en la costa vacía. Así una suerte cruel, ensañándose en exceso en mi última hora, quita oídos a mis quejas. Júpiter todopoderoso, ¡ojalá desde el primer momento no hubiesen tocado las naves cecropias las costas de Gnosos, ni, llevando crueles tributos al toro indomable, el pérfido marinero hubiese atado amarras en Creta, ni este malvado, ocultando con suave apariencia crueles proyectos, hubiese descansado en mi palacio como huésped!

»Pues, ¿a dónde volveré? Perdida, ¿a qué esperanza me puedo agarrar en mi perdición? ¿Buscaré en las montañas del Ilda? Pero apartándome con hondo abismo me separa la amenazadora superficie del mar. ¿Podría esperar la ayuda de mi padre? ¿No lo abandoné yo misma por seguir a un joven manchado con la sangre de mi hermano? ¿No era tal el que huye curvando en el abismo sus flexibles remos?

»Además, esta isla solitaria no está habitada de ningún albergue humano, ni se ofrece posibilidad de salida del mar con las aguas que la ciñen. Ningún medio de fuga, ninguna esperanza. Todo está en silencio, todo desierto, todo es una ostentación de la muerte. Sin embargo, mis ojos no languidecerán con ella, ni mis sentidos se retirarán de mi agotado cuerpo, sin que, traicionada, reclame a los dioses un justo castigo y suplique su fidelidad en mi última hora.

»Por ello, Euménides [Furias], que castigáis los delitos de los hombres con pena vengadora, cuya frente coronada de una cabellera de serpientes muestra la las iras que brotan del corazón, aquí, aquí, allegaos, oíd mis lamentos, que yo, ay, desdichada, me veo obligada a sacar de mis profundas entrañas, sin recursos, enardecida y ciega de un furor que me enloquece. Ya que estas verdades nacen de lo más hondo de mi corazón, vosotras no consintáis que mi dolor se disipe, sino que con la misma memoria con que Teseo me dejó sola, con esta memoria, diosas, lleve el luto a sí mismo y a los suyos.

»Una vez que profirió estas palabras de su entristecido corazón, exigiendo, desesperada, castigo para tan crueles acciones asintió con su invencible poder el rey de los dioses. Ante este asentimiento, la tierra y los encrespados mares temblaron y sacudió sus estrellas brillantes la bóveda celeste. Teseo mismo, rociada su mente con una niebla cegadora, dejó escapar de su ofuscado pecho todos los encargos que antes mantenía con firme pensamiento y, sin izar la dulce señal de victoria para su preocupado padre, no dio a entender que él divisaba el puerto de Erecteo sano y salvo. Pues cuentan que en otro tiempo, cuando Egeo confiaba a los vientos a su hijo que dejaba en nave los muros de la diosa, abrazando al joven le dio los siguientes encargos:

»Oh, mi único hijo, más querido que mi larga vida, hijo a quien yo me veo obligado a despedir para una arriesgada aventura, devuelto a mí hace poco, precisamente en el último límite de mi vejez, puesto que mi desdicha y tu ardiente valor te arrancan de mi lado en contra de mi voluntad, cuando mis ojos ya cansados todavía no se han saciado de la querida figura de mi hijo, yo no te despediré con el corazón gozoso ni alegre, ni permitiré que lleves señales de una fortuna favorable, sino que, primero, haré salir de mi alma muchos lamentos, mancillaré mis canas echándoles tierra y polvo encima. Luego colgaré una vela negra del mástil viajero, de forma que la vela oscurecida por la herrumbre ibera indique mi dolor y el ardor de mi pensamiento. Y si a ti te otorga la habitante del santo Itono [Atenea], que consintió en defender nuestra raza y las mansiones de Erecteo, que empapes con la sangre del toro tu diestra, entonces procura que prevalezcan para ti, recordándolos, estos encargos míos grabados en tu corazón y que el tiempo no los borre, de forma que, tan pronto como tus ojos divisen nuestras colinas, todos los mástiles arríen las velas de muerte, e icen banderas blancas los retorcidos cordajes, para que yo, viéndolas cuanto antes, conozca el éxito con alegría, puesto que una época feliz te devuelve.

»Estos encargos que Teseo retenía antes con toda la firmeza de su pensamiento lo abandonaron como las nubes disueltas por el soplo de los vientos abandonan la elevada cumbre de un monte nevado. Por otra parte, su padre, mientras observaba desde lo más alto de la ciudadela, consumiendo sus ojos anhelantes en continuos llantos, tan pronto como vio los lienzos de la vela de luto se arrojó de cabeza desde la punta de los escollos, creyendo a Teseo traicionado por un destino cruel. Así, al penetrar en su palacio de luto por la muerte de su padre, el arrogante Teseo recibió en sí mismo un dolor tal como el que había ocasionado a la de Minos con su pérdida de memoria. Ésta, luego, triste al ver que la quilla se retiraba, revolvía herida múltiples cuidados en su alma.

»Pero en otro recuadro de la colcha, Yaco (Dioniso), en la flor de su juventud, corría veloz con su cortejo de sátiros y de silenos de Nisa, buscándote, Ariadna, y enardecido por ti amor*** Éstas, entonces, alegres por doquier, con su mente borracha se enfurecían, evoé, gritaban las bacantes, evoé, sacudiendo sus cabezas. Unas agitaban sus tirsos de punta cubiertas de hojas; otras arrojaban los miembros de un ternero descuartizado; otras se ceñían de serpientes enroscadas; otras veneraban sagrados objetos en cestos profundos, objetos que en vano deseaban conocer los profanos; otras con las palmas abiertas batían los tímpanos o sacaban del bronce redondeado agudos chirridos; muchas soplaban cuernos que producían roncos zumbidos y la bárbara flauta resonaba con terrible canto.»

Traducción de Arturo Soler Ruiz. Gredos, Madrid, 2000.

[4]. Eratóstenes, un rector de la Biblioteca de Alejandría que vivió hacia la segunda mitad del siglo III a. C., escribió un breve tratado sobre los mitos de los astros del firmamento, en el que se encuentra la historia de la corona de Ariadna. Me llama mucho la atención que recoja una versión en la que, en vez del hilo, fuera el fulgor de la corona lo que permitió a Teseo encontrar la salida pues alguien como Eratóstenes se tenía que haber dado cuenta de la incongruencia temporal: si la corona se la había regalado Afrodita durante su boda con Dionisio, no podía tenerla cuando Teseo estaba en Creta, antes de que se fuera con él y la dejara abandonada en Naxos.

La Corona

«Se dice que es la corona de Ariadna; fue el dios Dionisio quien la instaló en el cielo. Cuando los dioses festejaban la boda de Dionisio y Ariadna en la isla de Día, la novia se coronó con ella tras haberla recibido como regalo de las Horas y de Afrodita.

»El autor de las Créticas cuenta que era obra de Hefesto, labrada en oro fundido y empedrada de pedrería de la India. También narra que gracias al brillo con que refulgía consiguió Teseo escapar del laberinto.

»Se dice también que su trenza es lo que vemos sobre la cola del león.

»La Corona posee nueve estrellas dispuestas en forma de círculo; de ellas son muy brillantes las tres que están frente a la cabeza de la serpiente que se encuentra entre las dos Osas.

Eratóstenes. Mitología del firmamento (Catasterismos). (5)
Traducción de Antonio Guzmán Guerra. Alianza, Madrid, 1999.

[5]. Homero narra otra versión en la que Ariadna es asesinada por Artemisa, por una razón que no termina de explicar, por petición de Dionisios.

Odiseo cuenta que cuando descendió al infierno:

«También vi a Fedra y a Procris, y a la hermosa Ariadna, hija del funesto Minos, a quien otro tiempo llevó Teseo de Creta al elevado suelo de la sagrada Atenas, pero no la disfrutó que antes la mató Artemis en Dia (Naxos), rodeada de corrientes, por petición de Dionisios».

Homero. Odisea. Canto XI (322)

[6]. Céramo:

El lugar del Cerámico [el barrio de los alfareros, en Atenas] tiene este nombre por el héroe Céramo, del que se dice que es hijo de Dionisio y Ariadna».

Pausanias, Descripción de Grecia (I, 3, 1)
Traducción de María Cruz Herrero Ingelmo. Gredos, Madrid, 1994.

[7]. Ariadna en Chipre

«Pero, sobre estos sucesos, Peón, el amatusio, ha publicado una peculiar historia:

»Dice que, arrojado Teseo a Chipre por una tormenta con Ariadna embarazada, como se encontraba mal por causa del oleaje y ya no aguantaba, la desembarcó a ella sola, y él, con la intención de salvar la nave, de nuevo puso rumbo a alta mar, lejos de tierra. Entonces las mujeres del lugar recogieron a Ariadna y la consolaban en su aflicción por la soledad; le llevaban cartas fingidas, como si las escribiera Teseo y, en el momento del parto, la acompañaban en su dolor y asistían; pero muerta sin dar a luz, la enterraron.

»Cuando llegó Teseo, embargado completamente por el dolor, dejó sus riquezas a los del lugar, encargándoles que hicieran sacrificios en memoria de Ariadna y que le erigieran dos pequeñas estatuillas, una de plata y otra de bronce. Y, en la fiesta del día dos del mes gorpieo, un jovencito, tumbado, da gritos y se comporta como las parturientas. Al bosque donde muestran la tumba, lo llaman los amatusios de Ariadna Afrodita».

Plutarco, Vidas paralelas (Teseo, 20, 4).
Traducción de Aurelio Pérez Jiménez. Gredos, Madrid, 2000.

[8]. Sobre el suicidio de Egeo nos da noticia Diodoro:

«Teseo, dicen, y los que le acompañaban, profundamente afectados por el rapto de la muchacha, olvidaron debido a su dolor la promesa hecha a Egeo e hicieron rumbo a la costa del Ática con las velas negras. Egeo, al contemplar el retorno de la nave y pensar que su hijo había muerto, realizó un acto a la vez heroico y desgraciado; subió a la acrópolis y, perdida toda su apetencia de vivir a causa de su enorme dolor, se arrojó al vacío.

»Después de la muerte de Egeo, Teseo le sucedió en el trono, gobernó al pueblo de acuerdo con las leyes e hizo mucho por la prosperidad de su patria».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

[9]. La versión de Apolodoro recoge lo visto hasta ahora:

«Teseo es incluido en el tercer tributo al Minotauro o, según dicen otros, se ofreció voluntario. Como la nave tenía velamen negro, Egeo encargó a su hijo que, en caso de volver con vida, la aparejase con velas blancas. Cuando llegó a Creta, Ariadna, hija de Minos, se enamoró de él y le promete su colaboración, con la condición de que la lleve a Atenas y la tome por esposa.

»Accedió Teseo mediante juramentos y ella pide a Dédalo que le delate la salida del laberinto. Por indicación suya, le da un hilo a Teseo en el momento de entrar. Teseo, tras atarlo a la puerta, entra y lo va soltando. Halló al Minotauro en la parte más recóndita del laberinto, lo mató luchando a puñetazos y salió recogiendo el hilo.

»Durante la noche arriba a Naxos con Ariadna y sus muchachos. Allí Dioniso, enamorado de Ariadna, la secuestró y la condujo a Lemnos, donde se unió a ella y engendró a Toante, Estáfilo, Enopión y Pepareto.

»Teseo, entristecido por la pérdida de Ariadna, se olvidó en su regreso de aparejar la nave con velas blancas y Egeo, que vio desde la Acrópolis cómo la nave portaba velamen negro, en la creencia de que Teseo había perecido, se arrojó y desapareció de entre los vivos.

»Teseo asumió el poder en Atenas y mató a los hijos de Palante, en número de cincuenta. Del mismo modo, todos los que tenían intención de rebelarse fueron eliminados por él, así que obtuvo en solitario el poder absoluto.

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Epítomes  (8).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993

[10]. Resulta muy interesante analizar algunas cerámicas griegas en las que se describe el momento en que Teseo abandona a Ariadna, pues además de Dioniosio, el dios del sueño Hypnos (la figura alada) y los dos jóvenes, aparece Atenea. Por lo menos iconográficamente, parece claro que en el suceso intervinieron los dioses. Algunos ejemplos:

a) Teseo abandona a Ariadna bajo la atenta mirda de una diosa, que podría ser Atenea por la lanza y la cabeza de Medusa que lleva en la armadura. Hypnos sobrevuela a una despeinada Ariadna. (Stamnos de figuras rojas,  c. 400 a.C., Museum Collection: Museum of Fine Arts, Boston).

ariadna abandonada por Teseo

 

b) Esta vez sí que parece más claro que sea Atenea, con su inconfundible casco. (Lekythos de figuras rojas, c.460 a.C., Museo Archeologico Nazionale,
Taranto, Italia)

teseo y ariadna

 

c) Teseo se despide de Atenea mientras Dionisio se lleva a Ariadna, que inclina la cabeza como una bacante.

teseo y ariadna

 

d) Hermes, Teseo, Ariadna e Hypnos. (Kylyx ático de figuras rojas Tarquinia Museo Nazionale, Tarquinia, Italia. c. 490 a.C.)

teseo y ariadna

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La muerte del Minotauro

Desde la muerte de Androgeo, por dos veces cada nueve años salió de Atenas un barco con siete muchachos y siete muchachas rumbo a Creta para ser sacrificados en el laberinto donde moraba el Minotauro. Pero cuando llegó el momento de enviar un tercer contingente, Teseo, el hijo de Egeo, se ofreció voluntario con la intención de poner fin al funesto castigo.

Antes de marchar, acordó con su padre que la nave alzaría velas blancas si volvía victorioso y negras si fracasaba en el intento.

ariadna

  Jhon William Waterhouse. Ariadna (1898)

Ariadna, rodeada de leopardos (quizá en referencia a los que más tarde se encontrará en el séquito de Dionisios) se encuentra en el palacio de Cnosos, al que acaba de llegar Teseo (en el navío que vemos al fondo).

Al desembarcar en Cnosos, capital de Creta, sedujo a Ariadna, una de las hijas de Minos, y la convenció de que le ayudara a cambio de llevársela consigo. Ariadna, enamorada, le pidió a su vez ayuda a Dédalo y entregó a Teseo un ovillo mágico que le permitiría encontrar la salida siguiendo el hilo desenrollado.

Teseo se adentró en el laberinto y, tal vez con una espada, tal vez con una maza, o incluso a puñetazos, terminó con la vida del aciago Minotauro. Luego recogió a Ariadna y partió rumbo a Atenas cuando la noche aún protegía sus pasos [1].

Teseo luchando contra el Minotauro

Teseo luchando contra el Minotauro. Krátera de figuras rojas (c. 470 a. C.)

En muchas cerámicas griegas se suele representar a Teseo a la izquierda sujetando por la cabeza al Minotauro que se encuentra a la derecha. Puede haberle clavado ya o no la espada, pero casi siempre empuña una, lo cual no deja de ser curioso pues en las fuentes suelen decir que lo mató con las manos o con una maza. El Minotauro a veces sujeta una piedra con la mano (recordemos en la Ilíada las pedradas que se metían los héroes cuando no disponían de un arma mejor)

En esta ocasión, el que aparece a la derecha del Minotauro parece ser que es Minos, pero en otras ocasiones se encuentran los muchachos y doncellas que acompañaron a Teseo (ánfora ática, c. 540 a.C., Museum of Fine Arts, Boston):

Teseo y el Minotauro

Además, también hay otras versiones en las que se dibuja una estructura simulando el laberinto (kylix ático de figuras rojas, British Museum, Londres):

teseo y el minotauro

En un ejemplar muy curioso que se conserva en el Museo Arqueológico de Madrid, Atenea acompaña a Teseo (kylix ático de figuras rojas, c. 410 a.C.):

teseo y el minotauro

 

Notas

[1]. Entre las diversas fuentes, valga como ejemplo el siguiente pasaje de Diodoro de Sicilia

«Al cabo de nueve años, Minos se presentó de nuevo en el Ática con una gran flota y recibió los catorce jóvenes que había pedido. Pero dado que Teseo estaba entre los que iban a embarcarse, Egeo acordó con el capitán del barco que, si Teseo lograba vencer al Minotauro, harían la travesía de regreso con las velas blancas izadas, mientras que si moría, lo haría con las negras, según la costumbre que ya había adquirido antes».

»Cuando hubieron desembarcado en Creta, Ariadna, la hija de Minos, se enamoró de Teseo, que se distinguía por su gallardía, y Teseo, después de conversar con ella y conseguir su ayuda, mató al Minotauro e, instruido por ella respecto a la salida del laberinto pudo salir sano y salvo».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

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Me perdonará ahora el atento lector que abandone las ensangrentadas llanuras de Troya y, en vez de seguir analizando las Posthoméricas (a las que volveré más adelante), marche hasta Creta para empezar un viaje por uno de los mitos más fascinantes de la Antigüedad: la historia del Minotauro.

1. El mito

1.1. El extraño amor de Pasifae

La historia del Minotauro se remonta a mucho tiempo atrás, cuando Zeus se enamoró de la hermosa Europa, hija de Agénor, y para seducirla se transformó en un toro manso. Europa se subió entonces a su lomo, encandilada por la belleza del animal, y Zeus aprovechó para llevarla hasta las costas de Creta, donde se acostó con ella. De aquella unión nacieron 3 hijos, Minos, Sarpedón y Radamante, a los que el rey de Creta, Asterión, crió como propios.

El rapto de Europa

Hídria. Museo del Louvre, París.

Una de las representaciones más habituales del mito: Europa a lomos de Zeus metamorfoseado en un manso toro cruzando el mar. En otras más tardías, por el contrario, el toro aparece embravecido y Europa, en vez de ir montada sobre el animal, se encuentra flotando a su vera sujetándose a uno de los cuernos (lo que tal vez tendría una connotación sexual si se acepta que el cuerno simboliza el falo del dios) [1].

Europa es raptada por Zeus, que se ha transformado en un manso toro

Ya de jóvenes, los hermanos se enfrentaron a causa de un muchacho llamado Mileto del que se habían enamorado los tres. Como el chico prefería a Sarpedón, el poderoso Minos luchó contra ellos y todos debieron huir de sus furiosos celos. Mileto marchó hasta Caria, donde fundó la ciudad homónima, cuna de grandes pensadores; Sarpedón luchó como mercenario a las órdenes de Cílix y consiguió ser rey de Licia; y Radamantis se exilió a Beocia hasta que a su muerte se convirtió en uno de los legisladores del inframundo, al servicio de Hades.

Mientras tanto, Minos se casó con Pasifae, hija del dios solar Helios y Perseida (una de las hijas de Océano y Tetis), y hermana por tanto de la maga Circe. Juntos tuvieron cuatro hijos (Crateo, Deucalión, Glauco y Andogeo) y cuatro hijas (Acale, Jenódice, Ariadna y Fedra) [2].

Cuando murió Asterión, Minos aspiró a ser rey de Creta y para justificar sus pretensiones aseguró que así lo preferían los dioses. Como prueba, dijo que los dioses le concederían cualquier deseo y le pidió a Poseidón, señor de los mares, que le entregara un toro para sacrificarlo. El dios consintió a sus deseos y del mar salió un espléndido toro.

Minos se quedó maravillado ante la belleza del animal y, en vez de sacrificarlo, lo guardó entre sus rebaños [3]. Molesto ante semejante afrenta, el soberano del mar le castigó insuflando a su esposa Pasifae una pasión desenfrenada por el toro sagrado. Para satisfacer su deseo, la reina pidió ayuda a Dédalo, un genial inventor que acababa de llegar a Creta desde Atenas huyendo de un horrible crimen.  

A Dédalo, genial escultor, artífice de autómatas y estatuas que parecían casi vivas, apenas le costó esfuerzo construir un artefacto con el que engañar al toro: una vaca de madera en cuyo interior se escondió la reina. Al ver la estatua abandonada en un prado, el animal cayó en el engaño y dio rienda suelta a su natural fogosidad. Pasifae aplacó así su deseo, pero no calculó bien las consecuencias pues unos meses después dio a luz a una bestia mitad hombre mitad toro: el Minotauro, al que llamaron Asterión.

Alertado por unos oráculos, Minos no se atrevió a matar a la extraña criatura y le pidió a Dédalo que construyera un lugar donde albergarle lejos de cualquier mirada humana. Dédalo se puso manos a la obra y diseñó un intrincado laberinto de piedra en el que vivió desde entonces el Minotauro [4].

Pasifae y Dédalo

Dédalo le muestra su vaca artificial a Pasifae.

Fresco de Pompeya (Nápoles).

Notas

[1]. Un análsisis muy interesante sobre la representación del rapto de Europa en la Antigüedad es el artículo de G. López Monteagudo y M. P. San Nicolás Pedraz: El mito de Europa en los mosaicos hispano-romanos. Análisis iconográfico e interpretativo.

El otro modelo básico de representación, con Europa agarrada al cuerno del toro, lo vemos por ejemplo en esta vaso griego de figuras rojas (c. 490 a. C.) que se conserva en el Museo Nazionale Tarquiniese (Tarquinia, Italia).

Europa y Zeus

[2]. Linaje de Minos (principales personajes mencionados en esta exposición)

linaje de Minos

[3]. El toro del mar

Según algunas versiones, este toro sagrado, magnífica bestia de color blanco que despedía fuego por las fosas nasales, aún protagonizó otro par de episodios dignos de mención. Una de las doce tareas que Euristeo le encargó a Heracles fue traerle, precisamente, el toro divino. Minos le dijo que podía llevárselo si era capaz de capturarlo, lo cual no le costó demasiado al infatigable héroe. Luego, se lo llevó a Grecia, tal vez, montado a su lomo para cruzar el mar. Euristeo quiso sacrificar el toro en honor de Hera, pero la celosa diosa no aceptó el presente al provenir de su odiado Heracles y el héroe lo dejó marchar en libertad.

El animal vagó entonces a sus anchas hasta que llegó a la llanura de Maratón, en el Ática, donde sembró el terror entre los paisanos hasta que fue capturado y sacrificado por Teseo.  

De alguna manera, se cierran así dos círculos: el iniciado por el viaje de Europa a lomos del toro en que se había metamorfoseado Zeus y el de las funestas consecuencias derivadas del sacrificio hurtado a Poseidón. Teseo, no solo pone fin a la vida del Minotauro, sino también cierra la herida que había provocado Minos al haberse quedado con el toro destinado al sacrificio.

Heracles y el toro de Creta

Heracles y el toro de Creta.
Kylix ático de figuras rojas (c. 510 a. C.). Tampa Museum of Art, Florida (Tampa 86.85)

[4]. Fuentes

Lo narrado hasta este momento puede leerse, por ejemplo, en el Libro III de la Biblioteca mitológica:

2. «Asterión, soberano de los cretenses, se casó con Europa y crió a sus hijos. Cuando ellos llegaron a la edad adulta riñeron entre sí, pues ambos estaban enamorados de un muchacho llamado Mileto, hijo de Apolo y de Aría hija de Cléoco. Como el muchacho sintiera mayor inclinación por Sarpedón, Minos entabló combate y resultó vencedor, los otros huyeron, Mileto arribó a Caria fundando allí la ciudad de Mileto a partir de su propio nombre y Sarpedón, a cambio de una porción de territorio, combatió en las filas de Cílix, que mantenía una guerra contra los licios y llegó a ser rey de Licia. Zeus le concedió vivir a lo largo de tres generaciones.

»Sin embargo algunos afirman que ellos estaban enamorados de Antimnio, hijo de Zeus y Casiopea, y que por su causa riñeron.

»Radamantis legisló para los isleños y, tras exiliarse de nuevo a Beocia, desposó a Alcmena; desde su a paso a la otra vida administra justicia en el Hades junto con Minos. Éste, establecido en Creta, redactó leyes y desposó a Pasífae, hija de Helio y Perseide; no obstante Asclepiades dice que desposó a Creta, la hija de Asterio, engendró hijos, Crateo, Deucalión, Glauco y Androgeo, e hijas, Acale, Jenódice, Ariadna y Fedra; y de una ninfa paria tuvo a Eurimedonte, Nefalión, Crises y Filolao; y de Dexítea a Euxantio.

3. »Al morir Asterión sin descendencia, Minos pretendió reinar en Creta, pero se topó con resistencias a sus pretensiones. Aseguraba que había recibido el trono de los dioses y para que se confiara en él, afirmaba que sucedería lo que el pidiera. Cuando se hallaba ofreciendo un sacrificio a Poseidón, le suplicó que apareciera de las profundidades marinas un toro y le prometió que lo sacrificaría en cuanto apareciese. Poseidón hizo aparecer un magnífico toro y Minos consiguió así el reino, pero envió el toro con sus rebaños y ofreció otro en sacrificio.

»Minos fue el primero en detentar el dominio marítimo y extendió su poder sobre casi todas las islas. Irritado con él Poseidón por no haberle sacrificado el toro, lo volvió salvaje e hizo que Pasífae concibiera por él un amor apasionado.

»En su amor por el toro, contó con la complicidad de Dédalo, que era arquitecto y había huido de Atenas por un asesinato. Éste construyó una vaca de madera con ruedas, la ahuecó por dentro, la recubrió con la piel de una vaca que había desollado y, colocándola en el prado en el que el toro acostumbraba a pacer, introdujo dentro de ella a Pasífae. Cuando el toro llegó, yació con ella tomándola por una vaca de verdad.

»Pasífae parió a Asterión, llamado Minotauro, que tenía el rostro de toro y el resto humano. Minos, en atención a ciertos oráculos, lo encerró dentro del laberinto y lo mantenía bajo custodia. El laberinto, construido por Dédalo, era un edificio que hacía equivocarse en la salida con sus intrincados pasadizos».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

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