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Androgeo

Androgeo, uno de los hijos de Minos, marchó hasta Atenas para participar en los juegos que se celebraban durante la fiesta de las Panateneas y allí se hizo muy amigo de Palante, que planeaba hacerse con el trono de Atenas en lugar de Egeo. Fuera por esta razón o por otra, hizo que asesinasen a Androgeo mientras iba hacia Tebas a participar de otra fiesta.

Cuando Minos se enteró montó en cólera y marchó con su poderosa flota contra las ciudades del Ática. Enfurecido, le pidió a los dioses que el hambre y la sequía cayeran sobre Atenas y su padre Zeus le escuchó. Tras consultar a varios oráculos que les conminaron a acceder a los deseos de Minos, los atenienses claudicaron y, a cambio de su perdón, el rey de Creta les pidió que entregaran cada 9 años un grupo de muchachos y muchachas para que sirvieran de pasto del Minotauro [1].

Escila

Durante aquella campaña militar sucedió una triste historia. La flota de Minos llegó hasta la ciudad de Megara pero no consiguió tomar la ciudad. Mientras su rey, Niso, conservara un mechón rojo que tenía en la cabeza nadie podría conquistarla.

Desde lo alto de un torreón, su hija Escila observaba la batalla y cuando vio a Minos se enamoró perdidamente de él, tanto que hasta casi deseaba que el rey de Creta saliera victorioso para que se la llevara como rehén. De hecho, pensó, como era probable que Megara terminara capitulando, lo mejor sería que se derramara la menor sangre posible. Y así siguió cavilando hasta que, llevada por el amor, decidió traicionar a su padre y ayudar a su amado.

Al caer la noche, entró a hurtadillas en la alcoba paterna y le cortó el mechón que protegía la ciudad y el ejército cretense pudo conquistarla al llegar la mañana. Luego marchó Escila hasta la tienda de Minos y le confesó lo que había hecho por amor. Espantado, el rey la insultó y ordenó a sus hombres que preparasen su barco para huir cuanto antes del lugar donde se había perpetrado semejante delito. (No olvidemos que nos encontramos en Grecia, donde las mujeres debían respetar sumisas a todas las figuras masculinas de su existencia y, sobre todo, al padre y al marido).

Al ver que el navío de Minos levaba anclas, Escila primero le insultó despechada, pero luego se agarró desesperada al espolón del barco dispuesta a morir ahogada con tal de no dejarle marchar. Mientras tanto, Niso se había convertido en un águila marina –por razones que desconozco, tal vez por el dolor de verse traicionado por su hija– y se lanzó contra ella con la intención de matarla a picotazos. Por fortuna, los dioses se apiadaron de la muchacha y la transformaron en un ave, llamada Ciris, que remontó el vuelo escapando de su iracundo padre [2].

Escila

Escila se arroja al mar persiguiendo a Minos.
Grabado de una edición de Ovidio del siglo XVI.

 

Notas

[1]. La muerte de Androgeo

«De los hijos de Minos, Androgeo se fue a Atenas, a la celebración de las Panateneas, cuando Egeo era el rey; venció a todos los atletas en los juegos y se hizo amigo de Palante. Entonces Egeo desconfió de esta amistad de Androgeo, por temor a que Minos ayudara a los hijos de Palante y le arrebatara el poder, y tramó una maquinación contra Androgeo: cuando éste se dirigía hacia Tebas a una fiesta, hizo que unos nativos lo asesinaran a traición cerca de Énoe, en el Ática.

»Minos, informado de la desgracia de su hijo, llegó a Atenas para pedir justicia por el asesinato de Androgeo. Al no ser atendido por nadie, declaró la guerra a los atenienses y profirió maldiciones pidiendo a Zeus que la sequía y el hambre se instalaran en la ciudad de los atenienses. Y dado que en seguida sobrevinieron sequías y destrucciones de cosechas en el Ática y en Grecia, los jefes de las ciudades se reunieron y preguntaron al dios cómo podrían librarse de aquellos males.

»El dios les respondió por medio de un oráculo diciéndoles que fueran a ver a Éeaco, hijo de Zeus y de Egina, la hija de Asopo, y le pidieran que elevara plegarias en su nombre. Ellos hicieron lo que se les ordenaba. Éaco realizó las plegarias, y la sequía paró para el resto de los griegos, pero persistió de modo aislado para los atenienses.

»Por esta razón, los atenienses se vieron obligados a preguntar al dios respecto al modo de librarse de sus males. Entonces el dios les respondió por medio de un oráculo que se librarían si daban a Minos la satisfacción que pidiera por el asesinato de Androgeo.

»Los atenienses obedecieron al dios y Minos les ordenó que entregaran cada nueve años, como alimento del Minotauro, durante todo el tiempo que el monstruo viviera. Una vez que los hubieron entregado, los habitantes del Ática se vieron libres de aquellos males, y Minos puso fin a la guerra contra Atenas».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 60, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

Pausanias, sin embargo, sostiene otra versión más interesante. Androgeo habría muerto asesinado por el toro de Poseidón que Minos no había sacrificado y que Heracles había llevado hasta la Grecia continental. Una vez más, el delito de Minos se vuelve contra él provocando la desgracia en su linaje:

«En Creta, un toro devastaba todo el país, y especialmente la región del río Tetris. Antiguamente las fieras eran temibles para los hombres, como el león de Nemea y el del Parnaso, las serpientes de muchos lugares de Grecia, el jabalí de Calidón, el del Erimanto y el del Cromión en la tierra corintia, de modo que incluso se decía que algunas fieras nacían de la tierra, que otras estaban consagradas a los dioses, y que otras habían sido enviadas para castigo de los hombres; este toro dicen los cretenses que se lo envió a ellos Posidón porque Minos, que dominaba el mar griego, tributaba a Posidón un culto menos importante que a cualquier otro dios.

»Dicen que este toro fue llevado al Peloponeso desde Creta y que fue uno de los llamados doce trabajos de Heracles; y cuando fue soltado en la llanura de Argos, escapó a través del Istmo de Corinto hasta el territorio del Ática y hasta el demo de Maratón en el Ática, y dio muerte a todos los que encontraba y también a Androgeo, el hijo de Minos.

»Minos navegó con sus naves, contra Atenas, -pues no creía que ellos eran inocentes de la muerte de Androgeo- y devastó el país hasta que se le concedió llevar a Creta siete muchachos e igual número de muchachas para el legendario Minotauro, a vivir en el Laberinto de Cnoso.

»Se dice que después Teseo empujó al toro que estaba en Maratón hasta la Acrópolis y lo sacrificó a la diosa; la ofrenda es del pueblo de Maratón».

Pausanias. Descripción de Grecia (Libro I. 27, 10).
Traducción de María Cruz Herrero Ingelmo. Gredos, Madrid 1994.

En Apolodoro encontramos la versión de Pausanias, pero también otra en la que se culpabilizaba a unos rivales celosos del éxito de Androgeo:

«Egeo llegó a Atenas y organizó el certamen de las Panateneas, en el que Androgeo, hijo de Minos, venció a todos. Egeo lo envió contra el toro de Maratón, que lo aniquiló. Pero algunos aseguran que cuando viajaba hacia Tebas para participar en los juegos en honor de Layo, sus rivales le tendieron por envidia una emboscada y lo mataron.

»Cuando se tuvo noticia de su muerte, Minos que estaba en Paros ofreciendo un sacrificio a las Gracias, se quitó la corona de su cabeza e hizo parar las flautas, pero no realizó el sacrificio peor. Por eso incluso en la actualidad en Paros se les ofrecen sacrificios a las Gracias sin coronas ni flautas».

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 7).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993

[2]. Escila

La historia narrada por Ovidio sea quizá un poco extensa para leerla en un monitor, pero vale la pena el esfuerzo. Me gusta sobre todo la manera en que trata de que comprendamos las razones de Escila.

«Entretanto Minos saquea las costas de los Léleges,
y prueba su potencial bélico contra la ciudad
de Alcátoe, donde reina Niso. Tenía éste en plena coronilla,
en medio de sus venerables canas, un cabello resplandeciente
de púrpura, talismán de su invencible reinado.

»Por sexta vez reaparecían los cuernos de la luna creciente,
y aún era incierto el resultado de la guerra: largas horas
la Victoria sobrevuela ambos bandos con alas vacilantes.

»Había en palacio una torre, adosada a musicales murallas,
en las que el vástago de Leto, cuentan depósito
su lira de oro; sus tañidos quedaron adheridos a la piedra.
Allí solía subir con frecuencia la hija de Niso y golpeaba
los resonantes sillares con un diminuto guijarro, en tiempos
de paz; también en la guerra solía contemplar desde allí
los combates del fiero Marte, y ya conocía, dada la duración
de la contienda, los nombres de los paladines, y sus armas,
sus corceles, sus ropajes y sus aljabas de Cidonia. Conocía
más que ninguna otra la figura del caudillo hijo de Europa,
más incluso de lo que hubiera debido conocerla. Si Minos
había guarecido su cabeza bajo un casco con penacho de plumas,
ella lo encontraba hermoso bajo su yelmo; y si había embrazado
su escudo reluciente de bronce, le sentaba bien embrazar
el escudo. Si enarbolaba y arrojaba su flexible lanza,
la joven celebraba su fuerza y su destreza. Si montaba
una flecha y curvaba su descomunal arco, juraba ella
que tal era la pose de Febo cuando echa mano de sus flechas.
Pero cuando se quitaba el yelmo y descubría su rostro,
y, vestido de púrpura, montaba a lomos de su caballo blanco,
engalanado con bordadas gualdrapas, y gobernaba su hocico
espumeante, apenas era dueña de sí, apenas se mantenía
en su sano juicio. Feliz jabalina llamaba ella a la que él tocase,
y felices riendas a las que él empuñase en su mano.

»Ganas tiene, si pudiera, de llevar a través del ejército
enemigo sus pasos de doncella, ganas tiene de arrojarse
desde lo alto de la torre al campamento gnosio,
o incluso de abrir al enemigo las puertas de bronce,
o cualquier otra cosa que Minos quiera. Y estando sentada
contemplando la blanca tienda del rey dicteo, dice:
“No sé si alegrarme o lamentarme de que tenga lugar esta guerra
deplorable, lamento que Minos sea enemigo de quien le ama.
Pero si no hubiera guerra, jamás le habría conocido.
Ahora bien, podría aceptarme como rehén y abandonar
la guerra; me tendría como compañera y como prenda de paz.
Si la que te parió era tal cual tú eres, tú el más hermoso
de los reyes, con razón el dios se inflamó de amor por ella.
Tres veces dichosa, si pudiera deslizarme por los aires con alas,
posarme en el real del rey de Cnosos, confesarle quién soy
y mi pasión, y preguntarle por qué dote estaría dispuesto
a dejarse comprar, con tal de que no exigiera la ciudadela de mi padre.

»Porque, ¡al cuerno mis esperanzas de matrimonio antes que
alcanzarlas con la traición! Aunque muchas veces la clemencia
de un vencedor magnánimo hizo buena para muchos la derrota.
Justa es, sí, la guerra que libra por el asesinato de su hijo; tiene
la fuerza de su causa y la de las armas que sostienen su causa.
Seremos vencidos, creo. Y si ésa es la suerte que espera
a la ciudad, ¿por qué ha de ser su poderío bélico quien abra
estas murallas mías y no mi amor? Más vale que pueda vences
sin carnicería, sin demora y sin coste de su propia sangre.
Así al menos no habría de temer que algún ignorante hiera
tu pecho, Minos; pues, ¿quién hay tan cruel que ose dirigir
contra ti su mortífera lanza a sabiendas de quién eres?

»Me agrada el plan; estoy resuelta a entregarme y conmigo
a mi patria como dote, y a poner así fin a la guerra.
Pero no basta con querer. Un guardia custodia la entrada,
y las llaves de la puerta las tiene mi padre, sólo a él temo,
desdichada de mí, sólo él frena mis deseos. ¡Ojalá los dioses
hubieran querido que no tuviera padre! En realidad cada cual
es su propio dios; la Fortuna rechaza las súplicas de los cobardes.
Otra mujer, inflamada por tamaña pasión, hace ya tiempo que
habría destruido con placer cualquier cosa que obstaculizara
su amor. ¿Y por qué habría de ser otra más valiente que yo?
Me atrevería a pasar entre fuegos y espadas; pero en esto
no hay necesidad de fuegos ni espadas; sí necesito el cabello
de mi padre. Ese cabello es para mí más valioso que el oro,
esa púrpura me va a hacer dichosa y dueña de lo que ansío”.

»Mientras decía esto, sobrevino la noche, la mejor nodriza
de las cuitas, y con las tinieblas creció su audacia.
Era la primera hora del sueño, cuando el sopor se apodera
de los corazones fatigados por las cuitas del día; penetra
sigilosa en la alcoba paterna, y, ¡ay crimen!, la hija despoja
a su padre del cabello fatal, y, dueña de su criminal botín,
se lleva rauda consigo el despojo, rebasa la puerta, cruza
las líneas enemigas (tan grande es la confianza en sus servicios)
y llega hasta el rey, que se sobresalta cuando ella le dice:
“El amor me ha impulsado al crimen. Yo, Escila, hija del rey
Niso, te entrego los penates de mi patria y de mi hogar.
No pido ninguna recompensa, sólo a ti. Como prenda de mi amor
toma este cabello purpúreo, y no creas que te estoy entregando
un cabello, sino la vida de mi padre”. Y su mano parricida
le alargó el obsequio; Minos retrocedió ante el presente,
y, espantado ante la vista de aquel crimen inaudito, respondió:
“¡Que los dioses te destierren de su mundo, infamia
de nuestro siglo, y la tierra y el mar te sean negados”
Yo al menos no toleraré que la cuna de Júpiter, Creta,
que es mi mundo, sea tocada por tan abominable monstruo”.
Dijo y, tras imponer aquel justísimo legislados sus términos a los
enemigos capturados, ordenó soltar las amarras de su escuadra
e impulsar a fuerza de remos su naves de broncíneos espolones.

»Escila, visto que los bajeles habían sido botados y flotaban
en el mar, y que el rey no le daba el premio por su crimen,
agotadas las súplicas, da paso a un estallido de cólera,
y tendiendo las manos, fuera de sí, con los cabellos sueltos,
grita: “¿Adónde huyes, abandonando a la que tanto debes,
tú, a quien yo he antepuesto a mi patria y a mi progenitor?
¿Adónde huyes, cruel, tú cuya victoria es a la vez mi crimen
y mi buena acción? El obsequio que te he dado, mi amor,
mis esperanzas puestas todas en ti sólo, ¿no te conmueven?
Porque, si tú me dejas, ¿adónde voy a regresar? ¿A mi patria?
¡Vencida yace! Pero supón que subsistiera; por mi traición
está cerrada para mí. ¿Ante la presencia de mi padre?
¡El que yo te entregué! Mis paisanos me odian con razón;
los pueblos vecinos temen el ejemplo; del mundo entero
me desahucian, de suerte que sólo Creta está abierta para mí.
Si también de aquí tu me rechazas y me abandonas, ingrato,
no es Europa tu madre, sino la inhóspita Sirte, las tigresas
armenias y Caribdis alborotada por el Austro. Ni eres hijo
de Júpiter ni tu madre fue seducida por la imagen de un toro;
es falsa esa leyenda sobre tu linaje. Un toro de verdad,
un toro bravo y que jamás fue presa del amor de una novilla,
fue quien te engendró. ¡Castígame, Niso, padre mío! ¡Alegráos
de mis males, murallas que acabo de traicionar! Porque,
lo confieso, me he portado mal y merezco morir. Pero al menos,
¡que sea alguno de aquellos a quienes con mi impiedad
causé daño quien me dé muerte! ¿Por qué eres tú, que venciste
gracias a mi crimen, quien castigas mi crimen? ¡Que esta maldad
para con mi patria y mi padre sea para ti un buen servicio!
Bien digna de tener por esposo es la adúltera que engañó
con madera a un fiero toro y llevó en su vientre un feto híbrido.
¿Por ventura llegan a tus oídos mis palabras, o los vientos
se las llevan inanes, esos mismos vientos que se llevan, ingrato,
tus bajeles? Ya no me sorprende que Pasifae prefiriera,
antes que ti, al toro; tú tenías mayor ferocidad.

»¡Desdichada de mí! ¡Les ordena acelerar! Resuena el mar,
hendido por los remos, y la tierra, y yo con ella, ¡ay!, nos alejamos.
Nada conseguirás, Minos, en vano olvidado de mis favores.
Te seguiré a tu pesar, y abrazada a tu recurva popa, me dejaré
arrastrar por el vasto mar”. Apenas dicho esto, salta
al agua y nada en pos de los barcos (su pasión le da fuerzas),
y se aferra, odiosa compañía, al bajel del rey de Cnosos.

»Cuando le avista su padre (pues ya se cernía en los aires
recién convertido en un águila marina de alas leonadas),
se lanza sobre la aferrada con la intención de desgarrarla
con su curvo pico. Soltó ella, de miedo, la popa, y al caer
pareció que una ligera brisa la sostenía evitando que tocara
el mar. Eran sus alas; transformada en ave con plumas, Ciris
se llama; recibió este nombre por el cabello que cortó.
Minos cumplió su voto para con Júpiter, una hecatombe
nada más desembarcar y alcanzar la tierra de los Curetes,
y decoró su palacio colgando los despojos de guerra».

Ovidio, Metamorfosis. Libro VIII (5).
Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, Madrid 1995.

Apolodoro, sin duda menos romántico que Ovidio, sostiene por el contrario que fue Minos quien mató a Escila atándola a la popa de su barco.

«No mucho después, habiéndose adueñado [Minos] del mar, atacó con su escuadra a Atenas, tomó Megara durante el reinado de Niso, hijo de Pandión, y mató a Megareo, hijo de Hipómenes, que había acudido en auxilio de Niso por la traición de su hija. Pues tenía en medio de su cabeza un cabello purpúreo y existía un oráculo según el cual moriría si se le arrancaba. Pero su hija Escila, que se había enamorado de Minos, se lo arrancó. Minos, una vez que se hubo adueñado de Megara, ató a la muchacha por los pies a la popa y la hundió bajo el agua».

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 8).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993.

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