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Posts Tagged ‘Minos’

Minos, ese patán


Los griegos tenían una percepción contradictoria del rey Minos. Por un lado –sobre todo en las fuentes más antiguas, como Homero– aparece como un sabio, un gran legislador de tan alta fama que junto con su hermano Radamantis se encarga de legislar el reino de los muertos. Hijo y confidente de Zeus, se le hacía el primer gran rey de la historia, fundador de ciudades, azote de piratas, señor de los mares: todo lo cual quizá sea recuerdo del apogeo minoico, la primera civilización europea. Pero al mismo tiempo se le muestra como un mentecato orgulloso: peca de hybris (arrogancia) frente a Poseidón, su mujer le engaña con un toro y encima le maldice de una forma espantosa, su hija le deja por un extranjero, sin saber bien qué ha sucedido con su hijo Androgeo organiza una campaña militar contra todo el Ática, se muestra ingrato con Poliidoro, le dan furibundos celos los logros de Radamantis, pierde la cabeza por las mujeres, Dédalo le toma el pelo, Teseo consigue derrotarle, muere ¡en la bañera! a manos de unas adolescentes… en fin, es un auténtico desastre.

De hecho, en el Minos de pseudo Platón ya se señalaba esta contradicción en un diálogo clave para intuir cómo percibían a Minos en la Atenas clásica. Sócrates le explica a un anónimo discípulo que de Minos tenían muy alta concepción Homero y Hesíodo, como prueba, entre otras cosas, que le hicieran tan amigo de su padre Zeus, al que consultaba una vez cada nueve años. Entonces, le pregunta perplejo el discípulo:

«Discípulo. –Entonces, Sócrates, ¿por qué se ha difundido esta fama de Minos como persona ignorante y cruel?

»Sócrates. –Por la misma razón por la que tú, mi buen amigo, y cualquier otra persona que tenga interés en mantener su buena reputación, te guardarás muy mucho de hacerte odioso a ningún poeta. Pues los poetas tienen mucho poder en el prestigio de las personas, según el sentido en que compongan sus poemas, elogiando o hablando mal de la gente. Es precisamente en eso en lo que cometió un error Minos, haciendo la guerra a esta ciudad [Atenas], en la que, entre una gran cantidad de sabios, hay también toda clase de poetas de todo género, y especialmente trágicos» [1].

Y también Plutarco se hace eco de esta contradicción entre el Minos que nos cuentan los antiguos mitos y la imagen que había quedado de él tras su paso por la Atenas clásica:

«Parece, pues, que es realmente grave ser mal visto por una ciudad que tiene voz y arte. Así Minos siempre ha sido zaherido e insultado en los teatros áticos, y ni Hesíodo le sirvió de ayuda al llamarle con el epíteto de “el más regio”, ni Homero con el de “íntimo de Zeus”, sino que prevalecieron los trágicos difundiendo desde el estrado y la escena mucha infamia contra él, como si hubiera sido cruel y violento». (Vidas paralelas, Teseo, 16, 3)

Así pues, podemos imaginarnos ya un poco mejor qué pensaban en Atenas, motor de la cultura griega, cada vez que Minos aparecía en una narración. Los eruditos, como Tucídides, podían reconocerle una aureola de prestigio por su condición de monarca y legislador, pero parece ser que para la mayoría era el malvado de la película. Parte de sus acciones se explican, por tanto, por su propia naturaleza. Es al despótico Minos, y no al Minotauro, a quien hay que derrotar. Minos es un arrogante rey injusto, uno que pierde toda dignidad por ir detrás de las mujeres, es de torpe inteligencia, ingrato. Sí, los cretenses podrían disfrutar de un pasado legendario, alardear de su isla, cuna de dioses, pero su monarca más renombrado es un auténtico patán, todo lo contrario que el héroe por excelencia de Atenas, Teseo.

Y lo que es aún más importante: en el siglo V a.C. Esparta, la archienemiga de Atenas, se vanagloriaba de que su Constitución era de origen cretense. Así, por ejemplo, dice Plutarco refiriéndose a Licurgo, el proverbial legislador espartano:

«De este modo partió y, primeramente, llegó a Creta. Y tras conocer las instituciones de allí y entrar en contacto con los hombres de fama más sobresaliente, de unas leyes sintió admiración y las tomó con la idea de trasladarlas a la patria y servirse de ellas, a otras no les dio importancia» [2].

Por tanto, podríamos inferir que los atenienses no solo estaban caricaturizando el pasado mítico de los cretenses, sino también (¿y sobre todo?) el de los espartanos. Esparta, que tan orgullosa se mostraba de sus férreas leyes, de su sabio Licurgo, debía su organización al más patán y cruel de los monarcas, a Minos, al gran derrotado por los dos atenienses Teseo y Dédalo. Y este detalle, seguro, no escapaba a los sagaces ciudadanos de Atenas, donde el reflexionar sobre cada matiz de un mito o discurso era costumbre desde el alba hasta el anochecer.

Notas

[1]. Pseudo Platón. Minos, 318 y ss.
Traducción de Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó. Madrid, Gredos, 1992

[2]. Plutarco, Vidas paralelas, Licurgo 4, 1.
Traducción de Aurelio Pérez Jiménez. Gredos, Madrid, 2000

// Entrada original publicada en mi web: www.mmfilesi.com

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La muerte de Minos

Dédalo siguió huyendo hasta que llegó a Sicilia, donde se refugió en la corte del rey Cócalo, en Acragante. Minos, mientras tanto, había zarpado al mando de su flota y deambulaba de isla en isla preguntando si alguien le había visto. Para encontrarle prometió una gran recompensa a quien fuera capaz de atravesar una tortuosa caracola con un hilo, pues sabía que problema tan complicado solo lo podía resolver alguien con el talento de Dédalo.

En efecto, cuando llegó al palacio de Cócalo, el rey le dio a escondidas la caracola a Dédalo y el inventor consiguió atravesarla con un hilo que había atado a una hormiguita, la cual pudo pasar por todos los recovecos. Habían caído en la trampa: en cuanto Minos vio la caracola enhebrada exigió que le entregaran a Dédalo.

Descubrir a alguien escondido mediante una argucia que revele su verdadera naturaleza es algo recurrente en los mitos griegos. Así de memoria, recuerdo a Aquiles, que se había escondido con las mujeres para no ir a la guerra de Troya, pero que fue descubierto al escoger una espada entre diversos presentes, y a Odiseo, que tampoco quería ir a la guerra y se fingió loco, arando errático los campos, hasta que pusieron delante del arado a su hijo Telémaco. El mecanismo parece similar: los dos héroes se esconden en mundos opuestos a su naturaleza (las mujeres en el caso del gallardo y viril Aquiles; y la locura en el del sabio e ingenioso Odiseo), pero un elemento propio de ambos –la espada y el amor por su hijo– disipa el engaño.

En el caso de Dédalo ocurre algo similar. Encuentra la salida, mediante un hilo (igual que el entregado a Ariadna y Teseo), del microlaberinto que forman las oquedades del interior de la caracola. Pero ahora volvamos a Sicilia para saber cómo terminó la historia.

Impertérrito, Cócalo le felicitó por su argucia y le invitó a tomar un baño de agua caliente en compañía de sus hijas. A Minos, amante pasional, no hacía falta decirle mucho más para convencerle de que Dédalo podía esperar. Lo que sucedió a continuación no se sabe con certeza, pero parece ser que las hijas de Cócalo aprovecharon para escaldarlo vivo y, todo sea dicho, la verdad es que no se me ocurre una manera más infame de morir en el mundo griego. ¡En vez de morir luchando en épica batalla, Minos cayó a manos de unas pícaras adolescentes mientras se daba un baño! (Sobre el papel ridículo de Minos volveré más adelante cuando analice el mito).

Cretenses en Sicilia

Mientras tanto, aprovechando que los soldados de Minos habían acompañado al rey hasta el palacio de Cócalo, los sicilianos quemaron las naves de los cretenses. Cuando más tarde Cócalo les dijo que Minos había muerto resbalando en el baño se sintieron consternados y no tuvieron más remedio que quedarse a vivir en aquella isla.

Curiosa fue la sepultura que le dieron a Minos: lejos de toda pompa y gloria, escondieron sus restos en un templo de Afrodita para que la gente le honrase, sin saberlo, cuando fueran a llevar ofrendas a la diosa del amor. Cruel broma del destino que Minos, al que engañó su mujer por amor a un toro, al que engañó su hija por amor a Teseo, tuviera que refugiarse tras las faldas de Afrodita para ser honrado en su muerte.

Aquella expedición de cretenses fundó más tarde la ciudad de Minoa (cuya fundación real se atribuye a un grupo de colonos griegos de Selinunte durante el siglo VI a. C.), y más tarde levantaron un colosal templo a las misteriosas diosas Madre, unas divinidades propias de Creta que habían cuidado a Zeus cuando se escondió de niño en una cueva de la isla.

teatro de Minoa´

Restos del teatro de Heraclea Minoa, en Sicilia.

Notas

[1]. La muerte de Minos según Apolodoro.

«A Dédalo lo buscaba Minos: indagaba en todas las regiones una por una llevando una caracola y haciendo público que daría una gran paga a quien hiciera pasar un hilo a través de una concha, y por este procedimiento pensaba encontrar a Dédalo.

»Una vez que llegó a Cánico de Sicilia, se entrevisto con Cócalo, en cuya casa se escondía Dédalo, le mostró la concha. Él la tomó, le prometió hacer pasar el hilo y le entregó a Dédalo. Éste ató un hilo a una hormiga, la metió en la caracola y dejó que la recorriera. Cuando Minos comprobó que el hilo había pasado, se percató de que Dédalo estaba con él, así que lo reclamó en el acto.

»Cócalo prometió que se lo entregaría y lo invitó a su casa. Allí se hizo bañar por las hijas de Cócalo y quedó exánime. Según afirman algunos, murió abrasado por el hervor del agua».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (Epítomes; 1, 13).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

La muerte de Minos según Diodoro.

«Minos, rey de los cretenses, señor del mar en aquella época, cuando se enteró de la huida de Dédalo a Sicilia, decidió realizar una expedición contra la isla. Después de equipar unas fuerzas navales considerables, zarpó de Creta y arribó al territorio de Acragante, a un lugar que por él recibió el nombre de Minoa. Hizo desembarcar sus fuerzas y le envió mensajeros al rey Cócalo; le reclamaba a Dédalo para castigarlo.

»Cócalo le invitó a un encuentro y, después de prometerle que haría todo lo que le pedía, recibió a Minos con los ritos de hospitalidad. Y cuando Minos se bañaba, Cócalo lo retuvo demasiado tiempo en el agua caliente y así puso fin a su vida. Luego entregó su cuerpo a los cretenses y explicó la causa de su muerte diciendo que había resbalado en la sala de baños y que, al caer en el agua caliente, había encontrado la muerte.

»A continuación, sus compañeros de expedición enterraron el cuerpo del rey con magnificencia; tras construir un sepulcro doble, depositaron los huesos en la parte escondida mientras que en la descubierta erigieron un templo de Afrodita. Así Minos fue honrado por muchas generaciones, porque los habitantes del lugar ofrecían sacrificios allí en la creencia de que era un templo de Afrodita. Fue en tiempos más recientes, después de la fundación de Acragante, cuando, al descubrirse el depósito de los huesos, se desmanteló la tumba y los huesos fueron devueltos a los cretenses; esto ocurrió cuando Terón era señor de los acragantinos.

»Sin embargo, los cretenses que estaban en Sicilia, después de la muerte de Minos, disputaron entre sí a causa de la falta de un jefe, y, dado que sus naves habían sido incendiadas por los sicanos de Cócalo, renunciaron a regresar a su patria y decidieron establecerse en Sicilia. Unos edificaron allí una ciudad a la que dieron el nombre de Minoa en recuerdo de su rey, mientras que otros, después de andar errantes por el interior de la isla, ocuparon un lugar fortificado donde fundaron una ciudad que llamaron Engio a causa de la fuente que manaba en ella.

»Posteriormente, después de la caída de Troya, cuando el cretense Meriones fue a parar a Sicilia, acogieron, debido a su parentesco, a los cretenses que desembarcaron y les concedieron la ciudadanía; y, teniendo como base una ciudad fortificada, pelearon con algunos de sus vecinos y conquistaron así un territorio suficiente.

»Al ser cada vez más prósperos, construyeron un templo a las Madres y honraron a estas diosas de un modo especial, adornando su templo con numerosas ofrendas. Se dice que el culto a estas diosas fue importado de Creta, puesto que estas diosas son especialmente honradas entre los cretenses».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV; 79).
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos (Madrid, 2004)

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La muerte de Ícaro

Según la versión más aceptada, cuando el arrogante Minos descubrió que Teseo había matado al Minotauro y, encima, se había llevado a su hija montó en cólera y, por la ayuda prestada, encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto. (La madre de Ícaro era una esclava de Minos llamada Náucrate, de la que no tenemos más noticias).

En otras versiones se afirma que la disputa entre el rey y el inventor había sucedido mucho antes, cuando Dédalo había ayudado a Pasífae a acostarse con el toro sagrado, y desde entonces había permanecido escondido en la isla hasta que Teseo le rescató. Sin embargo, esta posibilidad plantea varios problemas: si Dédalo estaba escondido difícilmente habría podido construir el laberinto y su romance con Náucrate hubiera sido más complicado (es de suponer que ocurrió habiendo nacido ya el Minotauro, puesto que era un adolescente cuando huyeron y entre el parto de Pasífae y la llegada de Teseo pasaron unos 27 años, ya que iba en el tercer contingente de los que se había estipulado que se debían enviar cada nueve años). Podría ser que se hubiera fugado justo después de construir el laberinto y que se viera con Náucrate a escondidas, pero 27 años parecen muchos para que un hombre de su talento no hubiera encontrado la manera de escapar.

El caso es que para escapar de la isla, Dédalo construyó un par de alas uniendo plumas con cera. Antes de saltar, había avisado a su hijo de que ni se acercara mucho al sol, pues la cera podía derretirse, ni tampoco al agua del mar, ya que las alas se mojarían; pero cuando ya estaban volando lejos de Creta, Ícaro se entusiasmó tanto que quiso aproximarse al sol para verlo mejor. Al instante, el calor fundió la cera e Ícaro murió al caer contra el mar.

El cadáver del muchacho llegó luego a una isla, llamada Icaria en su honor, donde fue encontrado por Heracles, que le dio digna sepultura. Cuando mucho más tarde Dédalo se enteró de que había enterrado a su hijo, esculpió en Pisa una estatua en su honor, pero estaba tan bien hecha que Heracles pensó que era real y la destrozó de una pedrada.

Icaro

El lamento de Ícaro (1898). Herbert James Draper

Notas

[1]. Sobre la fuga de Dédalo e Ícaro nos cuenta Apolodoro:

«Se cuenta que Minos, al enterarse de la fuga de Teseo, encerró por su delito a Dédalo en el laberinto, junto con su hijo Ícaro, que había tenido de Náucrate, una esclava de Minos. Pero él fabricó unas alas para sí y para el muchacho. Al echar a volar, le instó a no hacerlo ni demasiado alto, para evitar que las alas se descompusieran al derretirse la cola por efecto del sol, ni cerca del mar, para que no se estropearan por la humedad. Pero Ícaro, ignorando a su padre, en su entusiasmo se dejó llevar cada vez más alto; hasta que se derritió la cola y murió en su caída al mar, que se llamó Icario en su memoria».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (Epítomes; 1, 12).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

Ver también Pausanias IX; 11, 4 y 5

«Cuando arribó a la isla de Dólique, al ver el cuerpo de Ícaro que había sido llevado hasta la playa, le dio sepultura y denominó a la isla Icaria en lugar de Dólique. Por ello Dédalo erigió en Pisa una estatua igual a Heracles, pero éste, durante la noche, creyéndola erróneamente viva, la golpeó arrojando contra ella una piedra».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (II; 6, 3).

Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

[2]. La otra versión de la fuga de Dédalo:

«Cuando Dédalo se enteró de las amenazas de Minos a causa de la construcción de la vaca, tuvo miedo, dicen, de la cólera del rey y zarpó de Creta con la ayuda de Pasífae que le dio un barco para que se hiciera a la mar. Con él huyó su hijo Ícaro y fueron llevados a una isla situada en alta mar. Cuando Ícaro desembarcaba en ella de un modo imprudente, cayó al mar y murió, por lo que el mar recibió el nombre de Icario y la isla fue llamada Icaria. Dédalo zarpó de esta isla y arribó a Sicilia, a una región en la que reinaba Cócalo, que acogió a Dédalo y lo hizo además su amigo en atención a su talento y a su fama.

»Algunos mitógrafos cuentan, sin embargo, que Dédalo permaneció un tiempo más en Creta escondido por Pasífae, y que el rey Minos, queriendo castigarlo y no pudiendo encontrarlo, mandó que todos los barcos de la isla lo buscaran y prometió entregar una gran cantidad de dinero a quien lograra descubrirlo. Entonces Dédalo renunció a su huida por mar y construyó de forma sorprendente unas alas ingeniosamente ideadas y maravillosamente ensambladas con cera. Las aplicó luego al cuerpo de su hijo y a su propio cuerpo y, de un modo increíble, las desplegaron y huyeron por encima del mar que rodea la isla de Creta.

»A causa de su inexperiencia juvenil, Ícaro elevó demasiado el vuelo y cayó al mar al fundirse la cera que unía las alas por efecto del sol. Dédalo, en cambio, volando cerca del mar y mojando a menudo sus alas, logró de manera sorprendente, llegar sano y salvo a Sicilia. Y aunque el mito que narra estos hechos resulta increíble, hemos decidido, sin embargo, no pasarlo por alto».

«Se cuenta que Minos, al enterarse de la fuga de Teseo, encerró por su delito a Dédalo en el laberinto, junto con su hijo Ícaro, que había tenido de Náucrate, una esclava de Minos. Pero él fabricó unas alas para sí y para el muchacho. Al echar a volar, le instó a no hacerlo ni demasiado alto, para evitar que las alas se descompusieran al derretirse la cola por efecto del sol, ni cerca del mar, para que no se estropearan por la humedad. Pero Ícaro, ignorando a su padre, en su entusiasmo se dejó llevar cada vez más alto; hasta que se derritió la cola y murió en su caída al mar, que se llamó Icario en su memoria».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV; 77, 5).
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos (Madrid, 2004)

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Androgeo

Androgeo, uno de los hijos de Minos, marchó hasta Atenas para participar en los juegos que se celebraban durante la fiesta de las Panateneas y allí se hizo muy amigo de Palante, que planeaba hacerse con el trono de Atenas en lugar de Egeo. Fuera por esta razón o por otra, hizo que asesinasen a Androgeo mientras iba hacia Tebas a participar de otra fiesta.

Cuando Minos se enteró montó en cólera y marchó con su poderosa flota contra las ciudades del Ática. Enfurecido, le pidió a los dioses que el hambre y la sequía cayeran sobre Atenas y su padre Zeus le escuchó. Tras consultar a varios oráculos que les conminaron a acceder a los deseos de Minos, los atenienses claudicaron y, a cambio de su perdón, el rey de Creta les pidió que entregaran cada 9 años un grupo de muchachos y muchachas para que sirvieran de pasto del Minotauro [1].

Escila

Durante aquella campaña militar sucedió una triste historia. La flota de Minos llegó hasta la ciudad de Megara pero no consiguió tomar la ciudad. Mientras su rey, Niso, conservara un mechón rojo que tenía en la cabeza nadie podría conquistarla.

Desde lo alto de un torreón, su hija Escila observaba la batalla y cuando vio a Minos se enamoró perdidamente de él, tanto que hasta casi deseaba que el rey de Creta saliera victorioso para que se la llevara como rehén. De hecho, pensó, como era probable que Megara terminara capitulando, lo mejor sería que se derramara la menor sangre posible. Y así siguió cavilando hasta que, llevada por el amor, decidió traicionar a su padre y ayudar a su amado.

Al caer la noche, entró a hurtadillas en la alcoba paterna y le cortó el mechón que protegía la ciudad y el ejército cretense pudo conquistarla al llegar la mañana. Luego marchó Escila hasta la tienda de Minos y le confesó lo que había hecho por amor. Espantado, el rey la insultó y ordenó a sus hombres que preparasen su barco para huir cuanto antes del lugar donde se había perpetrado semejante delito. (No olvidemos que nos encontramos en Grecia, donde las mujeres debían respetar sumisas a todas las figuras masculinas de su existencia y, sobre todo, al padre y al marido).

Al ver que el navío de Minos levaba anclas, Escila primero le insultó despechada, pero luego se agarró desesperada al espolón del barco dispuesta a morir ahogada con tal de no dejarle marchar. Mientras tanto, Niso se había convertido en un águila marina –por razones que desconozco, tal vez por el dolor de verse traicionado por su hija– y se lanzó contra ella con la intención de matarla a picotazos. Por fortuna, los dioses se apiadaron de la muchacha y la transformaron en un ave, llamada Ciris, que remontó el vuelo escapando de su iracundo padre [2].

Escila

Escila se arroja al mar persiguiendo a Minos.
Grabado de una edición de Ovidio del siglo XVI.

 

Notas

[1]. La muerte de Androgeo

«De los hijos de Minos, Androgeo se fue a Atenas, a la celebración de las Panateneas, cuando Egeo era el rey; venció a todos los atletas en los juegos y se hizo amigo de Palante. Entonces Egeo desconfió de esta amistad de Androgeo, por temor a que Minos ayudara a los hijos de Palante y le arrebatara el poder, y tramó una maquinación contra Androgeo: cuando éste se dirigía hacia Tebas a una fiesta, hizo que unos nativos lo asesinaran a traición cerca de Énoe, en el Ática.

»Minos, informado de la desgracia de su hijo, llegó a Atenas para pedir justicia por el asesinato de Androgeo. Al no ser atendido por nadie, declaró la guerra a los atenienses y profirió maldiciones pidiendo a Zeus que la sequía y el hambre se instalaran en la ciudad de los atenienses. Y dado que en seguida sobrevinieron sequías y destrucciones de cosechas en el Ática y en Grecia, los jefes de las ciudades se reunieron y preguntaron al dios cómo podrían librarse de aquellos males.

»El dios les respondió por medio de un oráculo diciéndoles que fueran a ver a Éeaco, hijo de Zeus y de Egina, la hija de Asopo, y le pidieran que elevara plegarias en su nombre. Ellos hicieron lo que se les ordenaba. Éaco realizó las plegarias, y la sequía paró para el resto de los griegos, pero persistió de modo aislado para los atenienses.

»Por esta razón, los atenienses se vieron obligados a preguntar al dios respecto al modo de librarse de sus males. Entonces el dios les respondió por medio de un oráculo que se librarían si daban a Minos la satisfacción que pidiera por el asesinato de Androgeo.

»Los atenienses obedecieron al dios y Minos les ordenó que entregaran cada nueve años, como alimento del Minotauro, durante todo el tiempo que el monstruo viviera. Una vez que los hubieron entregado, los habitantes del Ática se vieron libres de aquellos males, y Minos puso fin a la guerra contra Atenas».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 60, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

Pausanias, sin embargo, sostiene otra versión más interesante. Androgeo habría muerto asesinado por el toro de Poseidón que Minos no había sacrificado y que Heracles había llevado hasta la Grecia continental. Una vez más, el delito de Minos se vuelve contra él provocando la desgracia en su linaje:

«En Creta, un toro devastaba todo el país, y especialmente la región del río Tetris. Antiguamente las fieras eran temibles para los hombres, como el león de Nemea y el del Parnaso, las serpientes de muchos lugares de Grecia, el jabalí de Calidón, el del Erimanto y el del Cromión en la tierra corintia, de modo que incluso se decía que algunas fieras nacían de la tierra, que otras estaban consagradas a los dioses, y que otras habían sido enviadas para castigo de los hombres; este toro dicen los cretenses que se lo envió a ellos Posidón porque Minos, que dominaba el mar griego, tributaba a Posidón un culto menos importante que a cualquier otro dios.

»Dicen que este toro fue llevado al Peloponeso desde Creta y que fue uno de los llamados doce trabajos de Heracles; y cuando fue soltado en la llanura de Argos, escapó a través del Istmo de Corinto hasta el territorio del Ática y hasta el demo de Maratón en el Ática, y dio muerte a todos los que encontraba y también a Androgeo, el hijo de Minos.

»Minos navegó con sus naves, contra Atenas, -pues no creía que ellos eran inocentes de la muerte de Androgeo- y devastó el país hasta que se le concedió llevar a Creta siete muchachos e igual número de muchachas para el legendario Minotauro, a vivir en el Laberinto de Cnoso.

»Se dice que después Teseo empujó al toro que estaba en Maratón hasta la Acrópolis y lo sacrificó a la diosa; la ofrenda es del pueblo de Maratón».

Pausanias. Descripción de Grecia (Libro I. 27, 10).
Traducción de María Cruz Herrero Ingelmo. Gredos, Madrid 1994.

En Apolodoro encontramos la versión de Pausanias, pero también otra en la que se culpabilizaba a unos rivales celosos del éxito de Androgeo:

«Egeo llegó a Atenas y organizó el certamen de las Panateneas, en el que Androgeo, hijo de Minos, venció a todos. Egeo lo envió contra el toro de Maratón, que lo aniquiló. Pero algunos aseguran que cuando viajaba hacia Tebas para participar en los juegos en honor de Layo, sus rivales le tendieron por envidia una emboscada y lo mataron.

»Cuando se tuvo noticia de su muerte, Minos que estaba en Paros ofreciendo un sacrificio a las Gracias, se quitó la corona de su cabeza e hizo parar las flautas, pero no realizó el sacrificio peor. Por eso incluso en la actualidad en Paros se les ofrecen sacrificios a las Gracias sin coronas ni flautas».

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 7).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993

[2]. Escila

La historia narrada por Ovidio sea quizá un poco extensa para leerla en un monitor, pero vale la pena el esfuerzo. Me gusta sobre todo la manera en que trata de que comprendamos las razones de Escila.

«Entretanto Minos saquea las costas de los Léleges,
y prueba su potencial bélico contra la ciudad
de Alcátoe, donde reina Niso. Tenía éste en plena coronilla,
en medio de sus venerables canas, un cabello resplandeciente
de púrpura, talismán de su invencible reinado.

»Por sexta vez reaparecían los cuernos de la luna creciente,
y aún era incierto el resultado de la guerra: largas horas
la Victoria sobrevuela ambos bandos con alas vacilantes.

»Había en palacio una torre, adosada a musicales murallas,
en las que el vástago de Leto, cuentan depósito
su lira de oro; sus tañidos quedaron adheridos a la piedra.
Allí solía subir con frecuencia la hija de Niso y golpeaba
los resonantes sillares con un diminuto guijarro, en tiempos
de paz; también en la guerra solía contemplar desde allí
los combates del fiero Marte, y ya conocía, dada la duración
de la contienda, los nombres de los paladines, y sus armas,
sus corceles, sus ropajes y sus aljabas de Cidonia. Conocía
más que ninguna otra la figura del caudillo hijo de Europa,
más incluso de lo que hubiera debido conocerla. Si Minos
había guarecido su cabeza bajo un casco con penacho de plumas,
ella lo encontraba hermoso bajo su yelmo; y si había embrazado
su escudo reluciente de bronce, le sentaba bien embrazar
el escudo. Si enarbolaba y arrojaba su flexible lanza,
la joven celebraba su fuerza y su destreza. Si montaba
una flecha y curvaba su descomunal arco, juraba ella
que tal era la pose de Febo cuando echa mano de sus flechas.
Pero cuando se quitaba el yelmo y descubría su rostro,
y, vestido de púrpura, montaba a lomos de su caballo blanco,
engalanado con bordadas gualdrapas, y gobernaba su hocico
espumeante, apenas era dueña de sí, apenas se mantenía
en su sano juicio. Feliz jabalina llamaba ella a la que él tocase,
y felices riendas a las que él empuñase en su mano.

»Ganas tiene, si pudiera, de llevar a través del ejército
enemigo sus pasos de doncella, ganas tiene de arrojarse
desde lo alto de la torre al campamento gnosio,
o incluso de abrir al enemigo las puertas de bronce,
o cualquier otra cosa que Minos quiera. Y estando sentada
contemplando la blanca tienda del rey dicteo, dice:
“No sé si alegrarme o lamentarme de que tenga lugar esta guerra
deplorable, lamento que Minos sea enemigo de quien le ama.
Pero si no hubiera guerra, jamás le habría conocido.
Ahora bien, podría aceptarme como rehén y abandonar
la guerra; me tendría como compañera y como prenda de paz.
Si la que te parió era tal cual tú eres, tú el más hermoso
de los reyes, con razón el dios se inflamó de amor por ella.
Tres veces dichosa, si pudiera deslizarme por los aires con alas,
posarme en el real del rey de Cnosos, confesarle quién soy
y mi pasión, y preguntarle por qué dote estaría dispuesto
a dejarse comprar, con tal de que no exigiera la ciudadela de mi padre.

»Porque, ¡al cuerno mis esperanzas de matrimonio antes que
alcanzarlas con la traición! Aunque muchas veces la clemencia
de un vencedor magnánimo hizo buena para muchos la derrota.
Justa es, sí, la guerra que libra por el asesinato de su hijo; tiene
la fuerza de su causa y la de las armas que sostienen su causa.
Seremos vencidos, creo. Y si ésa es la suerte que espera
a la ciudad, ¿por qué ha de ser su poderío bélico quien abra
estas murallas mías y no mi amor? Más vale que pueda vences
sin carnicería, sin demora y sin coste de su propia sangre.
Así al menos no habría de temer que algún ignorante hiera
tu pecho, Minos; pues, ¿quién hay tan cruel que ose dirigir
contra ti su mortífera lanza a sabiendas de quién eres?

»Me agrada el plan; estoy resuelta a entregarme y conmigo
a mi patria como dote, y a poner así fin a la guerra.
Pero no basta con querer. Un guardia custodia la entrada,
y las llaves de la puerta las tiene mi padre, sólo a él temo,
desdichada de mí, sólo él frena mis deseos. ¡Ojalá los dioses
hubieran querido que no tuviera padre! En realidad cada cual
es su propio dios; la Fortuna rechaza las súplicas de los cobardes.
Otra mujer, inflamada por tamaña pasión, hace ya tiempo que
habría destruido con placer cualquier cosa que obstaculizara
su amor. ¿Y por qué habría de ser otra más valiente que yo?
Me atrevería a pasar entre fuegos y espadas; pero en esto
no hay necesidad de fuegos ni espadas; sí necesito el cabello
de mi padre. Ese cabello es para mí más valioso que el oro,
esa púrpura me va a hacer dichosa y dueña de lo que ansío”.

»Mientras decía esto, sobrevino la noche, la mejor nodriza
de las cuitas, y con las tinieblas creció su audacia.
Era la primera hora del sueño, cuando el sopor se apodera
de los corazones fatigados por las cuitas del día; penetra
sigilosa en la alcoba paterna, y, ¡ay crimen!, la hija despoja
a su padre del cabello fatal, y, dueña de su criminal botín,
se lleva rauda consigo el despojo, rebasa la puerta, cruza
las líneas enemigas (tan grande es la confianza en sus servicios)
y llega hasta el rey, que se sobresalta cuando ella le dice:
“El amor me ha impulsado al crimen. Yo, Escila, hija del rey
Niso, te entrego los penates de mi patria y de mi hogar.
No pido ninguna recompensa, sólo a ti. Como prenda de mi amor
toma este cabello purpúreo, y no creas que te estoy entregando
un cabello, sino la vida de mi padre”. Y su mano parricida
le alargó el obsequio; Minos retrocedió ante el presente,
y, espantado ante la vista de aquel crimen inaudito, respondió:
“¡Que los dioses te destierren de su mundo, infamia
de nuestro siglo, y la tierra y el mar te sean negados”
Yo al menos no toleraré que la cuna de Júpiter, Creta,
que es mi mundo, sea tocada por tan abominable monstruo”.
Dijo y, tras imponer aquel justísimo legislados sus términos a los
enemigos capturados, ordenó soltar las amarras de su escuadra
e impulsar a fuerza de remos su naves de broncíneos espolones.

»Escila, visto que los bajeles habían sido botados y flotaban
en el mar, y que el rey no le daba el premio por su crimen,
agotadas las súplicas, da paso a un estallido de cólera,
y tendiendo las manos, fuera de sí, con los cabellos sueltos,
grita: “¿Adónde huyes, abandonando a la que tanto debes,
tú, a quien yo he antepuesto a mi patria y a mi progenitor?
¿Adónde huyes, cruel, tú cuya victoria es a la vez mi crimen
y mi buena acción? El obsequio que te he dado, mi amor,
mis esperanzas puestas todas en ti sólo, ¿no te conmueven?
Porque, si tú me dejas, ¿adónde voy a regresar? ¿A mi patria?
¡Vencida yace! Pero supón que subsistiera; por mi traición
está cerrada para mí. ¿Ante la presencia de mi padre?
¡El que yo te entregué! Mis paisanos me odian con razón;
los pueblos vecinos temen el ejemplo; del mundo entero
me desahucian, de suerte que sólo Creta está abierta para mí.
Si también de aquí tu me rechazas y me abandonas, ingrato,
no es Europa tu madre, sino la inhóspita Sirte, las tigresas
armenias y Caribdis alborotada por el Austro. Ni eres hijo
de Júpiter ni tu madre fue seducida por la imagen de un toro;
es falsa esa leyenda sobre tu linaje. Un toro de verdad,
un toro bravo y que jamás fue presa del amor de una novilla,
fue quien te engendró. ¡Castígame, Niso, padre mío! ¡Alegráos
de mis males, murallas que acabo de traicionar! Porque,
lo confieso, me he portado mal y merezco morir. Pero al menos,
¡que sea alguno de aquellos a quienes con mi impiedad
causé daño quien me dé muerte! ¿Por qué eres tú, que venciste
gracias a mi crimen, quien castigas mi crimen? ¡Que esta maldad
para con mi patria y mi padre sea para ti un buen servicio!
Bien digna de tener por esposo es la adúltera que engañó
con madera a un fiero toro y llevó en su vientre un feto híbrido.
¿Por ventura llegan a tus oídos mis palabras, o los vientos
se las llevan inanes, esos mismos vientos que se llevan, ingrato,
tus bajeles? Ya no me sorprende que Pasifae prefiriera,
antes que ti, al toro; tú tenías mayor ferocidad.

»¡Desdichada de mí! ¡Les ordena acelerar! Resuena el mar,
hendido por los remos, y la tierra, y yo con ella, ¡ay!, nos alejamos.
Nada conseguirás, Minos, en vano olvidado de mis favores.
Te seguiré a tu pesar, y abrazada a tu recurva popa, me dejaré
arrastrar por el vasto mar”. Apenas dicho esto, salta
al agua y nada en pos de los barcos (su pasión le da fuerzas),
y se aferra, odiosa compañía, al bajel del rey de Cnosos.

»Cuando le avista su padre (pues ya se cernía en los aires
recién convertido en un águila marina de alas leonadas),
se lanza sobre la aferrada con la intención de desgarrarla
con su curvo pico. Soltó ella, de miedo, la popa, y al caer
pareció que una ligera brisa la sostenía evitando que tocara
el mar. Eran sus alas; transformada en ave con plumas, Ciris
se llama; recibió este nombre por el cabello que cortó.
Minos cumplió su voto para con Júpiter, una hecatombe
nada más desembarcar y alcanzar la tierra de los Curetes,
y decoró su palacio colgando los despojos de guerra».

Ovidio, Metamorfosis. Libro VIII (5).
Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, Madrid 1995.

Apolodoro, sin duda menos romántico que Ovidio, sostiene por el contrario que fue Minos quien mató a Escila atándola a la popa de su barco.

«No mucho después, habiéndose adueñado [Minos] del mar, atacó con su escuadra a Atenas, tomó Megara durante el reinado de Niso, hijo de Pandión, y mató a Megareo, hijo de Hipómenes, que había acudido en auxilio de Niso por la traición de su hija. Pues tenía en medio de su cabeza un cabello purpúreo y existía un oráculo según el cual moriría si se le arrancaba. Pero su hija Escila, que se había enamorado de Minos, se lo arrancó. Minos, una vez que se hubo adueñado de Megara, ató a la muchacha por los pies a la popa y la hundió bajo el agua».

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 8).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993.

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Pasifae y Procris

Pasifae debía de ser una mujer de gran carácter, no en vano era hija de Helios, que no duda en saltarse todas las normas sociales para satisfacer sus deseos (cometiendo así adulterio y, encima, con un animal). Además, al igual que su hermana Circe, debía de tener amplios conocimientos de hechicería, como comprobó muy a su pesar el funesto Minos [1].

Pasifae y el Minotauro

El Minotauro en el regazo de Pasifae. Kylyx de figuras rojas (c. 330 a. C). Bibliothèque Nationale, París (Paris Bib.1066).

Me llama mucho la atención esta representación, en la que se humaniza cariñosamente a un sonriente Minotauro cuidado con mimo por su madre. La cesta quizá sea una de las que usaban los antiguos griegos para los bebés, pero el cisne no entiendo muy bien qué pinta ahí. Debo investigarlo.

El rey de Creta era un apasionado amante y un día, todo celos, Pasifae le lanzó una maldición. Cuando se acostaba con otra mujer, eyaculaba serpientes y escorpiones que perseguían a sus amantes hasta descuartizarlas.

Curioso fue el romance que tuvieron Minos y la hermosa Procris, una de las hijas de Erecteo, el mítico rey de Atenas. Procris estaba casada con Céfalo, pero a cambio de una corona de oro se acostó con Pteleón. El marido se enfadó, pues no en vano las mujeres gozaban de mucha menos libertad que los hombres, y Procris tuvo que huir hasta Creta.

Allí fue bien acogida por Minos, que se enamoró de ella. A cambio de un perro que jamás dejaba escapar las presas que perseguía y una jabalina que siempre acertaba en el blanco, Procris le dio una hierba de Circe con la que contrarrestar la maldición y se acostó con él [2].

Temerosa de que Pasifae se vengara cuando se enterase de la aventura de su marido, Procris marchó hasta Atenas, donde se reconcilió con Céfalo. Le dio entonces a la mujer un extraño ataque de celos y comenzó a espiar a su marido. Un día le siguió a escondidas cuando iba a cazar y por error, creyendo que tras unos matorrales se agazapaba una presa, Céfalo la mató con la portentosa jabalina [3]. 

procris

Piero de Cosimo. La muerte de Procris. National Gallery, Londres.

En una de las fábulas de Higinio se recoge una versión un poco distinta del mito de Procris y Céfalo pero que parece más coherente. En vez de Minos, es Artemisa quien le dio los regalos a Procris, que había huido hasta Creta por un desliz matrimonial provocado por Eos: como la diosa del alba quería acostarse con Céfalo pero él quería mantenerse fiel a su esposa, le propuso un acuerdo maquiavélico para disipar sus escrúpulos. Si Procris era la primera en irse con otro hombre, él debía irse con ella. Además, le entregó unos presentes con los que comprar los favores de su mujer y le cambió de aspecto para que nadie le reconociera.

Llegó así Céfalo a su casa y simulando ser un forastero le propuso a su esposa que se acostase con él a cambio de unos regalos. Ella aceptó y, tras darse un revolcón, Eos levantó el disfraz de Céfalo.

Asustada, Procris huyó hasta Creta, donde Artemisa se apiadó de ella y el regaló dos cosas con las que deslumbrar a su marido, cazador de profesión: una jabalina que nunca fallaba el blanco y un perro que siempre atrapaba sus presas.

Céfalo se rapó la cabeza, se vistió como un hombre y regresó junto a Céfalo para desafiarle. Sin reconocerla, aceptó el duelo y salieron a cazar los dos. A la vuelta, maravillado ante las proezas del forastero, Céfalo le pidió que le vendiera el perro y la jabalina, a lo que Procris respondió que solo lo haría si antes se acostaban juntos. Céfalo aceptó y cuando vio al forastero desnudo descubrió que era su esposa. Es de suponer que Artemisa también la habría camuflado de alguna manera pues de lo contrario vaya desastre de esposo que se había echado Procris, que solo la reconocía desnuda; pero en cualquier caso no deja de ser curioso que sea mediante un disfraz con lo que se deshace el entuerto causado, precisamente, por otro disfraz.

Ambos se reconciliaron y la historia podría haber tenido un final feliz si a Procris no le hubiera entrado un ataque fatal de celos. Desconfiando de que su marido se fuera con Eos, le siguió cuando salió de caza y él la mató por accidente con la jabalina de Artemisa [4].

Notas

[1]. Hay algo en la relación de Minos y Pasifae que me recuerda a la de Zeus con Hera. Un estudio interesante es comparar a Minos con Zeus, lo dejo para otro momento.

[2]. Son curiosos los presentes que acepta Procris a cambio de sus favores sexuales: una corona y útiles para la caza, todos correspondientes a la esfera masculina (las mujeres –aparte de Artemisa, la diosa cazadora– ni cazaban ni, mucho menos, tenían poder político alguno salvo en los mitos). Aunque quizá solo sea el resultado de una pretensión literaria, hacer que la mujer impía muera por la causa de su delito, la jabalina, una vez más vemos asociados elementos masculinos a una mujer que se escapaba de las convenciones sociales.

Por otra parte, Céfalo también había protagonizado otro episodio en el que había asumido un rol femenino: cuando había sido raptado por Eos, la diosa de la aurora.

[3]. Fuentes

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (3)

«Procris se casó con Céfalo, hijo de Deyón, y, tras aceptar una corona de oro, se acostó con Pteleón, pero descubierta por Céfalo se refugió junto a Minos, que se enamoró de ella e intentó seducirla.

»Pero si una mujer hacía el amor con Minos era imposible que conservara la vida; pues Pasifae, dado que Minos acostumbraba a tener relaciones amorosas con muchas mujeres, lo había hechizado y cada vez que se acostaba con alguna, lanzaba contra sus miembros fieras salvajes, y de esta forma perecían.

»Minos poseía un perro veloz y una jabalina certera y a cambio de ellos Procris se acostó con él, dándole a beber la raíz circea para que nada le dañara.

»Pero más tarde, por temor a la esposa de Minos se marchó a Atenas y, habiéndose reconciliado con Céfalo, acudió en su compañía a una cacería, pues era aficionada a la caza. Mientras ella perseguía una presa entre la maleza, Céfalo, sin reconocerla, lanzó contra ella su jabalina y acertándola la mató. Juzgado en el Areópago, fue condenado a destierro perpetuo».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

 

La muerte de Procris

Ovidio nos cuenta, en boca de Céfalo el fatal accidente que puso fin a la vida de Procris. Ella escuchó como su amado alababa la brisa y pensó que se trataba de una mujer llamada Brisa. Celosa, le siguió para descubrir a la tal Brisa y él la mató pensando que era una presa de caza.

«Mis alegrías, Foco, son el principio de mis penas;
primero te contaré aquéllas. Me agrada recordar, hijo de Éaco
una época dichosa, nuestros primeros años, cuando yo era feliz
con mi mujer y ella con su marido, como debe ser entre esposos.
Un afecto mutuo y el amor conyugal nos poseía a ambos;
ni ella hubiera preferido el matrimonio con Júpiter a mi amor,
ni había otra que me cautivara, aunque viniese la mismísima
Venus; llamas igual inflamaban nuestros corazones.

»Apenas el sol hería las cumbres con sus primeros rayos,
solía ir yo a cazar a los bosques con espíritu jovial,
y no solían acompañarme sirvientes ni caballos ni perros
de agudo olfato, ni tampoco las nudosas redes de lino;
estaba yo seguro con mi jabalina. Pero cuando mi diestra
estaba ya cansada de abatir fieras, buscaba yo el frescor
de la sombras y la brisa proveniente de los fríos valles.
Acalorado, era esta suave brisa lo que yo buscaba, la brisa
lo que yo esperaba, era ella el descanso de mis fatigas.
“Brisa, ven”, solía yo cantar (¡cómo me acuerdo!),
“deléitame y entra en mi regazo, deliciosa,
y, como sueles, alivia gustosa los ardores que me abrasan”.
Tal vez añadiera yo (así me arrastraba mi destino)
mil requiebros y acostumbrara a decir “tú eres
mi gran deleite, tú me reconfortas y acaricias,
tú haces que ame las selvas y los parajes solitarios,
y que ese aliento tuyo siempre lo aspire mi boca”. Alguien
prestó oídos a estas palabras ambiguas y las malinterpretó;
tomando el nombre tantas veces invocado de “brisa”
por el de una ninfa me cree enamorado de esta ninfa.

»Al punto, este imprudente delator de una culpa supuesta
corre a ver a Procris y entre susurros le cuenta lo oído.
Crédula cosa es el amor; por causa del repentino disgusto
cayó –según me cuentan- desvanecida, y cuando por fin volvió
en sí, se llamó desgraciada y mujer de infausto destino,
se quejó de mi perfidia y, espoleada por una culpa imaginaria,
temió lo inexistente, temió un nombre sin cuerpo, y sufre
la desdichada como si realmente hubiera una rival. Aun así,
muchas veces duda y en su angustia abriga la esperanza
de equivocarse, rehúsa dar crédito al delator, y si ella misma
no lo ve, no está dispuesta a condenar las faltas de su marido.

»Al día siguiente, la luminosa Aurora había ahuyentado la noche;
salgo, voy al bosque y, satisfecho por la caza, me tumbé
en la hierba y dije: “ven brisa, y alivia mi fatiga”.
De pronto me pareció oír como gemidos entre mis palabras;
aun así dije: “ven, grata como ninguna”.
Una hoja, al caer, produjo de nuevo un ligero ruido;
yo creí que era una fiera y lancé mi volandera jabalina;
era Procris, que, sujetándose la herida en medio del pecho,
grita: “Ay de mí”. Reconocí la voz de mi fiel esposa,
y corrí hacia su voz desesperado y enloquecido. Moribunda
la encuentro, sus ropas manchadas y salpicadas de sangre,
intentando arrancarse de la herida (¡desgraciado de mí!)
su propio regalo; levanto delicadamente en mis brazos su cuerpo
más querido que el mío, y rasgando su ropa desde el pecho,
vendo su cruel herida y trato de restañar la sangre
y le suplico que no me abandone convertido en criminal
por su muerte. Sin fuerzas y a punto de morir se esforzó
por decir estas pocas palabras: “por nuestros lazos conyugales,
por los dioses celestiales y los ya míos, los infernales,
por el bien que pueda haberte hecho y por el amor que aun
ahora al morir te profeso y es la causa de mi muerte, te ruego,
te suplico, que no permitas que Brisa ocupe mi lugar de esposa”.

»Así dijo, y entonces comprendí que había una confusión
de nombres, y se lo expliqué. ¿Pero de qué servía explicárselo?
Se derrumba, y sus pocas fuerzas huyen con su sangre,
y mientras aún puede mirar, me mira a mí, y en mí
y en mis labios exhala la desdichada su último aliento;
y por la expresión alegre de su rostro parece morir tranquila».

Ovidio, Metamorfosis. Libro VII (795).
Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, Madrid 1995.

 

[4]. «Procris, hija de Pandión. Céfalo, hijo de Deión, se casó con ella y, como se profesaban amor mutuo, se prometieron que ninguno de los dos yacería con otro.

»Pero Céfalo era aficionado a la caza y, al salir un día al monte muy de mañana, se enamoró de él Aurora [Eos], esposa de Títono, quien le pidió acostarse con él, a lo cual se negó Céfalo porque se lo había prometido a Procris.

»Entones Aurora dijo: “no quiero que faltes a tu juramento antes de que ella lo haya roto primero”. Así pues, lo convirtió en forastero y le dio bonitos presentes para que se los diera a Procris. Cuando Céfalo se presentó bajo esa apariencia, entregó a Procris los regalos y se acostó con ella. Entonces Aurora le privó de su imagen de forastero.

»Cuando ella vio a Céfalo, se dio cuenta de que había sido engañada por Aurora y huyó a la isla de Creta, donde cazaba Diana (Artemisa). Cuando Diana la vio, le dijo: “Sólo las vírgenes cazan conmigo y tú no eres virgen. Aléjate de esta reunión”.

»Procris le explicó sus desgracias y que había sido engañada por Aurora. Diana, movida por la misericordia, le entregó un venablo que nadie podía esquivar y el perro Lélape, al que no podía escapar ninguna fiera y le ordenó marchar y luchar contra Céfalo.

»Ella, por voluntad de Diana, se presentó ante Céfalo con la cabeza rapada y con vestidos de hombre, lo desafió y lo superó en la caza. Céfalo, cuando vio cuánto poder tenía el venablo y el perro pidió a su huésped, sin sospechar que era su esposa, que le vendiese el venablo y el perro.

»Ella se negó en principio, pero dijo: “Si de verdad deseas poseer esto, hazme el amor”. Él, inflamado por el ansia del venablo y el perro, prometió que lo haría.

»Cuando llegaron al lecho, Procris levantó su túnica y le hizo ver que era una mujer y su esposa. Aceptados los regalos, Céfalo se reconcilió con ella.

»Ella, desconfiando por completo de Aurora, lo siguió un día por mañana para espiarle y se escondió en la espesura. Al ver Céfalo moverse las ramas, lanzó su venablo infalible y mató a Procris, su cónyugue.

»Céfalo tuvo de ella a Arcesio y de éste nacería Laertes, el padre de Odiseo».

Traducción de Santiago Rubio Fenaz. Ediciones Clásicas, Madrid.

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Ya que hemos retrocedido en el tiempo para conocer algunos sucesos previos al fatal desenlace del mito del Minotauro, aprovechemos para ver algunos episodios significativos de Minos y su peculiar familia antes de la llegada de Teseo a la isla de Creta.

1.3. Glauco

A Crateo le pasaron algunos hechos curiosos que veremos más adelante; a Deucalión le cupo el honor de ser padre de Creta e Idomeneo, uno de los pretendientes de Helena, que ganó merecida gloria durante la guerra de Troya; y Androgeo murió joven por los recelos del rey de Atenas, Egeo. Ahora bien, al cuarto hijo de Minos, a Glauco, el destino le deparaba protagonizar un suceso asombroso: regresar de la muerte.

Cuenta Apolodoro que, cuando era aún un niño, Glauco se cayó en una enorme tinaja de miel mientras perseguía un ratón. Cuando advirtieron su ausencia, Minos consultó a los Curetes [1] dónde podía encontrarlo y estas extrañas criaturas le aconsejaron que reuniera a cuanto adivino se encontrase y les preguntara de qué color era una vaca tricolor que tenía en sus rebaños [2].

Así lo hizo Minos y fue el renombrado Poliido quien supo la respuesta: la vaca era del color de la zarzamora, cuyo fruto cambia de color a lo largo de la estación. Asombrado, Minos le preguntó dónde estaba su hijo Glauco y Poliido no tardó en descubrirlo gracias a su prodigiosa habilidad.

Tras sacar al niño muerto de la tinaja, Minos encerró al adivino con el cadáver en una tumba y le ordenó que lo devolviera a la vida. Ya a solas, Poliido estaba consternado. ¿Cómo iba a conseguir algo así? Vaticinar el futuro no era tan complicado para quien poseía el don y el conocimiento, pero rescatar a alguien de entre los muertos no era tarea baladí.

De pronto, una serpiente se acercó al cadáver. Temeroso de que Minos se enfadase si descubriera el cuerpo maltratado, Poliido mató a la serpiente de una pedrada. Entonces apareció una segunda serpiente que llevaba en la boca con un poco de hierba con la que recubrió a la primera, que al poco resucitó. Maravillado, Poliido cogió un poco de esa hierba y la puso encima del cadáver de Glauco que, como la serpiente, no tardó en volver a la vida [3].

Generoso debería haber sido Minos con Poliido por dvolverle a su hijo, pero ya hemos visto que era bastante ingrato y, en vez de premiarle, le amenazó con la muerte si no le enseñaba a Glauco el arte de la adivinación.

Como no le quedaba más remedio, Poliido le contó sus secretos a Glauco y se embarcó rumbo a Argos. Pero justo antes de partir le dijo al niño que escupiera en su boca y al hacerlo Glauco se olvidó de todo lo que había aprendido [4].

poliido y Glauco

Poliido y Glauco en la tumba. Kylix (c. 460 a.C.). British Museum, Londres.

En el interior de una tumba acampanada, Poliido a la derecha observa el suelo. Glauco está envuelto en un sudario y en la parte de abajo se distinguen las dos serpientes.

 

[1]. Los Curetes eran unos seres divinos que habían cuidado a Zeus cuando su padre, Cronos, quería matarlo. Lo custodiaron en una cueva muy profunda de la isla de Creta y para que Cronos no pudiera escuchar los infantiles lloros de Zeus se pasaban el día danzando y montando jaleo.

[2]. En la Antigüedad abundaban los augures. A diferencia de la religión católica, en la que los dioses rara vez hablan a los hombres, en Grecia y Roma los dioses estaban mucho más cerca de los humanos y se les consultaba cada vez que se iba a realizar una empresa importante. Algunos adivinos trabajaban en los templos y era casi el dios quien hablaba por su boca, pero además se encontraban en aldeas y ciudades gran cantidad de profesionales de la adivinación. (Te recomiendo que leas El asno de oro, de Apuleyo, si te interesa saber más sobre el mundo de los augures en la Antigüedad).

[3]. Según otras versiones, fue Asclepio, padre de la medicina, quien resucitó al pequeño Glauco, lo cual encajaría mejor con la aparición de una serpiente, animal con el que estaba asociado (como Atenea a la lechuza). Sin embargo, en muchas mitologías, no es raro que la serpiente aparezca en mitos relacionados con la muerte y la resurrección (lo que quizá se explique en parte por sus periódicas mudas de piel, el veneno con el que paraliza a sus víctimas, que luego pueden volver a la vida, y sus costumbres subterráneas).

[4]. Fuentes

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (3).

«Glauco murió cuando todavía era un niño al caer dentro de una vasija de miel mientras perseguía a un ratón. Ante su desaparición, Minos emprendió una afanosa búsqueda y consultó a los adivinos sobre la forma de hallarlo. Los Curetes le dijeron que entre sus rebaños poseía una vaca tricolor y que aquel que lograra adivinar su colorido también lograría devolverle vivo a su hijo.

»De entre todos los adivinos convocados Poliido, hijo de Cérano, comparó el color de la vaca con el del fruto de la zarzamora; y obligado a buscar al niño, logró hallarlo por medio de adivinación. Le dijo a Minos que debía recuperarlo vivo y lo encerró en compañía de un cadáver. Cuando se encontraba sumido en una gran perplejidad vio que una serpiente se aproximaba al cadáver; la mató de una pedrada, temeroso de morir también él si algo le sucedía al cadáver.

»Viene entonces otra serpiente y al ver el cadáver de la anterior se aleja, pero regresa en seguida trayendo hierba con la que recubre todo el cuerpo de la otra; y en cuanto la hierba fue depositada, resucitó. Poliido, tras contemplar aquello admirado, colocó la misma hierba sobre el cuerpo de Glauco y lo hizo revivir.

»Cuando Minos recobró al niño, no permitió a Poliido marchar a Argos sin que antes le enseñase a Glauco el arte de la adivinación y Poliido, forzado a ello, se la enseñó. Pero cuando estaba a punto de zarpar le ordenó a Glauco escupir en su boca; al hacerlo así Glauco olvidó el arte de la adivinación».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

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Me perdonará ahora el atento lector que abandone las ensangrentadas llanuras de Troya y, en vez de seguir analizando las Posthoméricas (a las que volveré más adelante), marche hasta Creta para empezar un viaje por uno de los mitos más fascinantes de la Antigüedad: la historia del Minotauro.

1. El mito

1.1. El extraño amor de Pasifae

La historia del Minotauro se remonta a mucho tiempo atrás, cuando Zeus se enamoró de la hermosa Europa, hija de Agénor, y para seducirla se transformó en un toro manso. Europa se subió entonces a su lomo, encandilada por la belleza del animal, y Zeus aprovechó para llevarla hasta las costas de Creta, donde se acostó con ella. De aquella unión nacieron 3 hijos, Minos, Sarpedón y Radamante, a los que el rey de Creta, Asterión, crió como propios.

El rapto de Europa

Hídria. Museo del Louvre, París.

Una de las representaciones más habituales del mito: Europa a lomos de Zeus metamorfoseado en un manso toro cruzando el mar. En otras más tardías, por el contrario, el toro aparece embravecido y Europa, en vez de ir montada sobre el animal, se encuentra flotando a su vera sujetándose a uno de los cuernos (lo que tal vez tendría una connotación sexual si se acepta que el cuerno simboliza el falo del dios) [1].

Europa es raptada por Zeus, que se ha transformado en un manso toro

Ya de jóvenes, los hermanos se enfrentaron a causa de un muchacho llamado Mileto del que se habían enamorado los tres. Como el chico prefería a Sarpedón, el poderoso Minos luchó contra ellos y todos debieron huir de sus furiosos celos. Mileto marchó hasta Caria, donde fundó la ciudad homónima, cuna de grandes pensadores; Sarpedón luchó como mercenario a las órdenes de Cílix y consiguió ser rey de Licia; y Radamantis se exilió a Beocia hasta que a su muerte se convirtió en uno de los legisladores del inframundo, al servicio de Hades.

Mientras tanto, Minos se casó con Pasifae, hija del dios solar Helios y Perseida (una de las hijas de Océano y Tetis), y hermana por tanto de la maga Circe. Juntos tuvieron cuatro hijos (Crateo, Deucalión, Glauco y Andogeo) y cuatro hijas (Acale, Jenódice, Ariadna y Fedra) [2].

Cuando murió Asterión, Minos aspiró a ser rey de Creta y para justificar sus pretensiones aseguró que así lo preferían los dioses. Como prueba, dijo que los dioses le concederían cualquier deseo y le pidió a Poseidón, señor de los mares, que le entregara un toro para sacrificarlo. El dios consintió a sus deseos y del mar salió un espléndido toro.

Minos se quedó maravillado ante la belleza del animal y, en vez de sacrificarlo, lo guardó entre sus rebaños [3]. Molesto ante semejante afrenta, el soberano del mar le castigó insuflando a su esposa Pasifae una pasión desenfrenada por el toro sagrado. Para satisfacer su deseo, la reina pidió ayuda a Dédalo, un genial inventor que acababa de llegar a Creta desde Atenas huyendo de un horrible crimen.  

A Dédalo, genial escultor, artífice de autómatas y estatuas que parecían casi vivas, apenas le costó esfuerzo construir un artefacto con el que engañar al toro: una vaca de madera en cuyo interior se escondió la reina. Al ver la estatua abandonada en un prado, el animal cayó en el engaño y dio rienda suelta a su natural fogosidad. Pasifae aplacó así su deseo, pero no calculó bien las consecuencias pues unos meses después dio a luz a una bestia mitad hombre mitad toro: el Minotauro, al que llamaron Asterión.

Alertado por unos oráculos, Minos no se atrevió a matar a la extraña criatura y le pidió a Dédalo que construyera un lugar donde albergarle lejos de cualquier mirada humana. Dédalo se puso manos a la obra y diseñó un intrincado laberinto de piedra en el que vivió desde entonces el Minotauro [4].

Pasifae y Dédalo

Dédalo le muestra su vaca artificial a Pasifae.

Fresco de Pompeya (Nápoles).

Notas

[1]. Un análsisis muy interesante sobre la representación del rapto de Europa en la Antigüedad es el artículo de G. López Monteagudo y M. P. San Nicolás Pedraz: El mito de Europa en los mosaicos hispano-romanos. Análisis iconográfico e interpretativo.

El otro modelo básico de representación, con Europa agarrada al cuerno del toro, lo vemos por ejemplo en esta vaso griego de figuras rojas (c. 490 a. C.) que se conserva en el Museo Nazionale Tarquiniese (Tarquinia, Italia).

Europa y Zeus

[2]. Linaje de Minos (principales personajes mencionados en esta exposición)

linaje de Minos

[3]. El toro del mar

Según algunas versiones, este toro sagrado, magnífica bestia de color blanco que despedía fuego por las fosas nasales, aún protagonizó otro par de episodios dignos de mención. Una de las doce tareas que Euristeo le encargó a Heracles fue traerle, precisamente, el toro divino. Minos le dijo que podía llevárselo si era capaz de capturarlo, lo cual no le costó demasiado al infatigable héroe. Luego, se lo llevó a Grecia, tal vez, montado a su lomo para cruzar el mar. Euristeo quiso sacrificar el toro en honor de Hera, pero la celosa diosa no aceptó el presente al provenir de su odiado Heracles y el héroe lo dejó marchar en libertad.

El animal vagó entonces a sus anchas hasta que llegó a la llanura de Maratón, en el Ática, donde sembró el terror entre los paisanos hasta que fue capturado y sacrificado por Teseo.  

De alguna manera, se cierran así dos círculos: el iniciado por el viaje de Europa a lomos del toro en que se había metamorfoseado Zeus y el de las funestas consecuencias derivadas del sacrificio hurtado a Poseidón. Teseo, no solo pone fin a la vida del Minotauro, sino también cierra la herida que había provocado Minos al haberse quedado con el toro destinado al sacrificio.

Heracles y el toro de Creta

Heracles y el toro de Creta.
Kylix ático de figuras rojas (c. 510 a. C.). Tampa Museum of Art, Florida (Tampa 86.85)

[4]. Fuentes

Lo narrado hasta este momento puede leerse, por ejemplo, en el Libro III de la Biblioteca mitológica:

2. «Asterión, soberano de los cretenses, se casó con Europa y crió a sus hijos. Cuando ellos llegaron a la edad adulta riñeron entre sí, pues ambos estaban enamorados de un muchacho llamado Mileto, hijo de Apolo y de Aría hija de Cléoco. Como el muchacho sintiera mayor inclinación por Sarpedón, Minos entabló combate y resultó vencedor, los otros huyeron, Mileto arribó a Caria fundando allí la ciudad de Mileto a partir de su propio nombre y Sarpedón, a cambio de una porción de territorio, combatió en las filas de Cílix, que mantenía una guerra contra los licios y llegó a ser rey de Licia. Zeus le concedió vivir a lo largo de tres generaciones.

»Sin embargo algunos afirman que ellos estaban enamorados de Antimnio, hijo de Zeus y Casiopea, y que por su causa riñeron.

»Radamantis legisló para los isleños y, tras exiliarse de nuevo a Beocia, desposó a Alcmena; desde su a paso a la otra vida administra justicia en el Hades junto con Minos. Éste, establecido en Creta, redactó leyes y desposó a Pasífae, hija de Helio y Perseide; no obstante Asclepiades dice que desposó a Creta, la hija de Asterio, engendró hijos, Crateo, Deucalión, Glauco y Androgeo, e hijas, Acale, Jenódice, Ariadna y Fedra; y de una ninfa paria tuvo a Eurimedonte, Nefalión, Crises y Filolao; y de Dexítea a Euxantio.

3. »Al morir Asterión sin descendencia, Minos pretendió reinar en Creta, pero se topó con resistencias a sus pretensiones. Aseguraba que había recibido el trono de los dioses y para que se confiara en él, afirmaba que sucedería lo que el pidiera. Cuando se hallaba ofreciendo un sacrificio a Poseidón, le suplicó que apareciera de las profundidades marinas un toro y le prometió que lo sacrificaría en cuanto apareciese. Poseidón hizo aparecer un magnífico toro y Minos consiguió así el reino, pero envió el toro con sus rebaños y ofreció otro en sacrificio.

»Minos fue el primero en detentar el dominio marítimo y extendió su poder sobre casi todas las islas. Irritado con él Poseidón por no haberle sacrificado el toro, lo volvió salvaje e hizo que Pasífae concibiera por él un amor apasionado.

»En su amor por el toro, contó con la complicidad de Dédalo, que era arquitecto y había huido de Atenas por un asesinato. Éste construyó una vaca de madera con ruedas, la ahuecó por dentro, la recubrió con la piel de una vaca que había desollado y, colocándola en el prado en el que el toro acostumbraba a pacer, introdujo dentro de ella a Pasífae. Cuando el toro llegó, yació con ella tomándola por una vaca de verdad.

»Pasífae parió a Asterión, llamado Minotauro, que tenía el rostro de toro y el resto humano. Minos, en atención a ciertos oráculos, lo encerró dentro del laberinto y lo mantenía bajo custodia. El laberinto, construido por Dédalo, era un edificio que hacía equivocarse en la salida con sus intrincados pasadizos».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

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