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Pasifae y Procris

Pasifae debía de ser una mujer de gran carácter, no en vano era hija de Helios, que no duda en saltarse todas las normas sociales para satisfacer sus deseos (cometiendo así adulterio y, encima, con un animal). Además, al igual que su hermana Circe, debía de tener amplios conocimientos de hechicería, como comprobó muy a su pesar el funesto Minos [1].

Pasifae y el Minotauro

El Minotauro en el regazo de Pasifae. Kylyx de figuras rojas (c. 330 a. C). Bibliothèque Nationale, París (Paris Bib.1066).

Me llama mucho la atención esta representación, en la que se humaniza cariñosamente a un sonriente Minotauro cuidado con mimo por su madre. La cesta quizá sea una de las que usaban los antiguos griegos para los bebés, pero el cisne no entiendo muy bien qué pinta ahí. Debo investigarlo.

El rey de Creta era un apasionado amante y un día, todo celos, Pasifae le lanzó una maldición. Cuando se acostaba con otra mujer, eyaculaba serpientes y escorpiones que perseguían a sus amantes hasta descuartizarlas.

Curioso fue el romance que tuvieron Minos y la hermosa Procris, una de las hijas de Erecteo, el mítico rey de Atenas. Procris estaba casada con Céfalo, pero a cambio de una corona de oro se acostó con Pteleón. El marido se enfadó, pues no en vano las mujeres gozaban de mucha menos libertad que los hombres, y Procris tuvo que huir hasta Creta.

Allí fue bien acogida por Minos, que se enamoró de ella. A cambio de un perro que jamás dejaba escapar las presas que perseguía y una jabalina que siempre acertaba en el blanco, Procris le dio una hierba de Circe con la que contrarrestar la maldición y se acostó con él [2].

Temerosa de que Pasifae se vengara cuando se enterase de la aventura de su marido, Procris marchó hasta Atenas, donde se reconcilió con Céfalo. Le dio entonces a la mujer un extraño ataque de celos y comenzó a espiar a su marido. Un día le siguió a escondidas cuando iba a cazar y por error, creyendo que tras unos matorrales se agazapaba una presa, Céfalo la mató con la portentosa jabalina [3]. 

procris

Piero de Cosimo. La muerte de Procris. National Gallery, Londres.

En una de las fábulas de Higinio se recoge una versión un poco distinta del mito de Procris y Céfalo pero que parece más coherente. En vez de Minos, es Artemisa quien le dio los regalos a Procris, que había huido hasta Creta por un desliz matrimonial provocado por Eos: como la diosa del alba quería acostarse con Céfalo pero él quería mantenerse fiel a su esposa, le propuso un acuerdo maquiavélico para disipar sus escrúpulos. Si Procris era la primera en irse con otro hombre, él debía irse con ella. Además, le entregó unos presentes con los que comprar los favores de su mujer y le cambió de aspecto para que nadie le reconociera.

Llegó así Céfalo a su casa y simulando ser un forastero le propuso a su esposa que se acostase con él a cambio de unos regalos. Ella aceptó y, tras darse un revolcón, Eos levantó el disfraz de Céfalo.

Asustada, Procris huyó hasta Creta, donde Artemisa se apiadó de ella y el regaló dos cosas con las que deslumbrar a su marido, cazador de profesión: una jabalina que nunca fallaba el blanco y un perro que siempre atrapaba sus presas.

Céfalo se rapó la cabeza, se vistió como un hombre y regresó junto a Céfalo para desafiarle. Sin reconocerla, aceptó el duelo y salieron a cazar los dos. A la vuelta, maravillado ante las proezas del forastero, Céfalo le pidió que le vendiera el perro y la jabalina, a lo que Procris respondió que solo lo haría si antes se acostaban juntos. Céfalo aceptó y cuando vio al forastero desnudo descubrió que era su esposa. Es de suponer que Artemisa también la habría camuflado de alguna manera pues de lo contrario vaya desastre de esposo que se había echado Procris, que solo la reconocía desnuda; pero en cualquier caso no deja de ser curioso que sea mediante un disfraz con lo que se deshace el entuerto causado, precisamente, por otro disfraz.

Ambos se reconciliaron y la historia podría haber tenido un final feliz si a Procris no le hubiera entrado un ataque fatal de celos. Desconfiando de que su marido se fuera con Eos, le siguió cuando salió de caza y él la mató por accidente con la jabalina de Artemisa [4].

Notas

[1]. Hay algo en la relación de Minos y Pasifae que me recuerda a la de Zeus con Hera. Un estudio interesante es comparar a Minos con Zeus, lo dejo para otro momento.

[2]. Son curiosos los presentes que acepta Procris a cambio de sus favores sexuales: una corona y útiles para la caza, todos correspondientes a la esfera masculina (las mujeres –aparte de Artemisa, la diosa cazadora– ni cazaban ni, mucho menos, tenían poder político alguno salvo en los mitos). Aunque quizá solo sea el resultado de una pretensión literaria, hacer que la mujer impía muera por la causa de su delito, la jabalina, una vez más vemos asociados elementos masculinos a una mujer que se escapaba de las convenciones sociales.

Por otra parte, Céfalo también había protagonizado otro episodio en el que había asumido un rol femenino: cuando había sido raptado por Eos, la diosa de la aurora.

[3]. Fuentes

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (3)

«Procris se casó con Céfalo, hijo de Deyón, y, tras aceptar una corona de oro, se acostó con Pteleón, pero descubierta por Céfalo se refugió junto a Minos, que se enamoró de ella e intentó seducirla.

»Pero si una mujer hacía el amor con Minos era imposible que conservara la vida; pues Pasifae, dado que Minos acostumbraba a tener relaciones amorosas con muchas mujeres, lo había hechizado y cada vez que se acostaba con alguna, lanzaba contra sus miembros fieras salvajes, y de esta forma perecían.

»Minos poseía un perro veloz y una jabalina certera y a cambio de ellos Procris se acostó con él, dándole a beber la raíz circea para que nada le dañara.

»Pero más tarde, por temor a la esposa de Minos se marchó a Atenas y, habiéndose reconciliado con Céfalo, acudió en su compañía a una cacería, pues era aficionada a la caza. Mientras ella perseguía una presa entre la maleza, Céfalo, sin reconocerla, lanzó contra ella su jabalina y acertándola la mató. Juzgado en el Areópago, fue condenado a destierro perpetuo».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

 

La muerte de Procris

Ovidio nos cuenta, en boca de Céfalo el fatal accidente que puso fin a la vida de Procris. Ella escuchó como su amado alababa la brisa y pensó que se trataba de una mujer llamada Brisa. Celosa, le siguió para descubrir a la tal Brisa y él la mató pensando que era una presa de caza.

«Mis alegrías, Foco, son el principio de mis penas;
primero te contaré aquéllas. Me agrada recordar, hijo de Éaco
una época dichosa, nuestros primeros años, cuando yo era feliz
con mi mujer y ella con su marido, como debe ser entre esposos.
Un afecto mutuo y el amor conyugal nos poseía a ambos;
ni ella hubiera preferido el matrimonio con Júpiter a mi amor,
ni había otra que me cautivara, aunque viniese la mismísima
Venus; llamas igual inflamaban nuestros corazones.

»Apenas el sol hería las cumbres con sus primeros rayos,
solía ir yo a cazar a los bosques con espíritu jovial,
y no solían acompañarme sirvientes ni caballos ni perros
de agudo olfato, ni tampoco las nudosas redes de lino;
estaba yo seguro con mi jabalina. Pero cuando mi diestra
estaba ya cansada de abatir fieras, buscaba yo el frescor
de la sombras y la brisa proveniente de los fríos valles.
Acalorado, era esta suave brisa lo que yo buscaba, la brisa
lo que yo esperaba, era ella el descanso de mis fatigas.
“Brisa, ven”, solía yo cantar (¡cómo me acuerdo!),
“deléitame y entra en mi regazo, deliciosa,
y, como sueles, alivia gustosa los ardores que me abrasan”.
Tal vez añadiera yo (así me arrastraba mi destino)
mil requiebros y acostumbrara a decir “tú eres
mi gran deleite, tú me reconfortas y acaricias,
tú haces que ame las selvas y los parajes solitarios,
y que ese aliento tuyo siempre lo aspire mi boca”. Alguien
prestó oídos a estas palabras ambiguas y las malinterpretó;
tomando el nombre tantas veces invocado de “brisa”
por el de una ninfa me cree enamorado de esta ninfa.

»Al punto, este imprudente delator de una culpa supuesta
corre a ver a Procris y entre susurros le cuenta lo oído.
Crédula cosa es el amor; por causa del repentino disgusto
cayó –según me cuentan- desvanecida, y cuando por fin volvió
en sí, se llamó desgraciada y mujer de infausto destino,
se quejó de mi perfidia y, espoleada por una culpa imaginaria,
temió lo inexistente, temió un nombre sin cuerpo, y sufre
la desdichada como si realmente hubiera una rival. Aun así,
muchas veces duda y en su angustia abriga la esperanza
de equivocarse, rehúsa dar crédito al delator, y si ella misma
no lo ve, no está dispuesta a condenar las faltas de su marido.

»Al día siguiente, la luminosa Aurora había ahuyentado la noche;
salgo, voy al bosque y, satisfecho por la caza, me tumbé
en la hierba y dije: “ven brisa, y alivia mi fatiga”.
De pronto me pareció oír como gemidos entre mis palabras;
aun así dije: “ven, grata como ninguna”.
Una hoja, al caer, produjo de nuevo un ligero ruido;
yo creí que era una fiera y lancé mi volandera jabalina;
era Procris, que, sujetándose la herida en medio del pecho,
grita: “Ay de mí”. Reconocí la voz de mi fiel esposa,
y corrí hacia su voz desesperado y enloquecido. Moribunda
la encuentro, sus ropas manchadas y salpicadas de sangre,
intentando arrancarse de la herida (¡desgraciado de mí!)
su propio regalo; levanto delicadamente en mis brazos su cuerpo
más querido que el mío, y rasgando su ropa desde el pecho,
vendo su cruel herida y trato de restañar la sangre
y le suplico que no me abandone convertido en criminal
por su muerte. Sin fuerzas y a punto de morir se esforzó
por decir estas pocas palabras: “por nuestros lazos conyugales,
por los dioses celestiales y los ya míos, los infernales,
por el bien que pueda haberte hecho y por el amor que aun
ahora al morir te profeso y es la causa de mi muerte, te ruego,
te suplico, que no permitas que Brisa ocupe mi lugar de esposa”.

»Así dijo, y entonces comprendí que había una confusión
de nombres, y se lo expliqué. ¿Pero de qué servía explicárselo?
Se derrumba, y sus pocas fuerzas huyen con su sangre,
y mientras aún puede mirar, me mira a mí, y en mí
y en mis labios exhala la desdichada su último aliento;
y por la expresión alegre de su rostro parece morir tranquila».

Ovidio, Metamorfosis. Libro VII (795).
Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, Madrid 1995.

 

[4]. «Procris, hija de Pandión. Céfalo, hijo de Deión, se casó con ella y, como se profesaban amor mutuo, se prometieron que ninguno de los dos yacería con otro.

»Pero Céfalo era aficionado a la caza y, al salir un día al monte muy de mañana, se enamoró de él Aurora [Eos], esposa de Títono, quien le pidió acostarse con él, a lo cual se negó Céfalo porque se lo había prometido a Procris.

»Entones Aurora dijo: “no quiero que faltes a tu juramento antes de que ella lo haya roto primero”. Así pues, lo convirtió en forastero y le dio bonitos presentes para que se los diera a Procris. Cuando Céfalo se presentó bajo esa apariencia, entregó a Procris los regalos y se acostó con ella. Entonces Aurora le privó de su imagen de forastero.

»Cuando ella vio a Céfalo, se dio cuenta de que había sido engañada por Aurora y huyó a la isla de Creta, donde cazaba Diana (Artemisa). Cuando Diana la vio, le dijo: “Sólo las vírgenes cazan conmigo y tú no eres virgen. Aléjate de esta reunión”.

»Procris le explicó sus desgracias y que había sido engañada por Aurora. Diana, movida por la misericordia, le entregó un venablo que nadie podía esquivar y el perro Lélape, al que no podía escapar ninguna fiera y le ordenó marchar y luchar contra Céfalo.

»Ella, por voluntad de Diana, se presentó ante Céfalo con la cabeza rapada y con vestidos de hombre, lo desafió y lo superó en la caza. Céfalo, cuando vio cuánto poder tenía el venablo y el perro pidió a su huésped, sin sospechar que era su esposa, que le vendiese el venablo y el perro.

»Ella se negó en principio, pero dijo: “Si de verdad deseas poseer esto, hazme el amor”. Él, inflamado por el ansia del venablo y el perro, prometió que lo haría.

»Cuando llegaron al lecho, Procris levantó su túnica y le hizo ver que era una mujer y su esposa. Aceptados los regalos, Céfalo se reconcilió con ella.

»Ella, desconfiando por completo de Aurora, lo siguió un día por mañana para espiarle y se escondió en la espesura. Al ver Céfalo moverse las ramas, lanzó su venablo infalible y mató a Procris, su cónyugue.

»Céfalo tuvo de ella a Arcesio y de éste nacería Laertes, el padre de Odiseo».

Traducción de Santiago Rubio Fenaz. Ediciones Clásicas, Madrid.

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Libro II

El combate de Aquiles contra Menmón

La llegada de Memnón supuso un gran alivio para los troyanos. Le acompañaba una hueste numerosa de etíopes, que en este caso podrían ser un pueblo de medio oriente, aunque en general los griegos llamaban etíopes a todos los pueblos del África negra. ¿Acaso podría este legendario héroe parar por fin al tremendo Aquiles?

Tras un breve descanso, se reanuda la batalla y Memnón avanza imparable por la llanura troyana. De entre las filas aqueas, se adelanta para hacerle frente Antíloco, hijo del sabio Néstor, rey de Pilos [1]. Antíloco arroja su lanza, pero Memnón la esquiva y alcanza a su querido amigo Étope de Pírraso. Enfurecido, Memnón carga contra Antíloco y le atraviesa el corazón [2].

Destrozado al ver morir a su hijo, Néstor llamó a Trasimedes, otro de sus vástagos, y junto con Fereo, un vasallo de Antíloco, marchó contra Memnón. Pero nada pudieron contra el fiero rey de los etíopes, que trató de que Néstor se alejase de la batalla para no luchar contra quien tanto aventajaba por edad.  

Y así fueron retrocediendo los aqueos cada vez más ante la furia de Memnón hasta que el mismo Aquiles le plantó cara por petición de Néstor. Comenzó entonces uno de los combates más reñidos de toda la guerra de Troya. A un lado se encontraba Aquiles y al otro Memnón, ambos acompañados por sus respectivas madres -Tetis y Eos-, que contemplaban horrorizadas la pelea [3].

Durante mucho tiempo lucharon sin que ninguno de los dos consiguiera ventaja, embistiéndose por el mar de sangre y cadáveres que inundaba la llanura de Troya, hasta la Discordia movió la balanza de la batalla y Aquiles le clavó su espada en el pecho a Memnón.

Según Quinto Esmirna, bajaron entonces el Céfiro, el Bóreas y el Noto, los poderosos vientos hijos de Eos, a recoger el cuerpo de su hermano Memnón y lo llevaron hasta un lugar del río Esepo, cerca del estrecho de Dardanelos, custodiado por Ninfas y densas arboledas. Y mientras las gotas de sangre de Memnón que caían a tierra se transformaban en ríos pestilentes de aguas negras, todos los etíopes que le habían acompañado se volvieron invisibles y, transportados por los vientos, llegaron hasta su tumba, donde se transformaron en “memnones” (¿cuervos?) [4].

Hasta allí fue a llorarle Eos, acompañada de sus doce hijas -las Horas-, y aquella noche su hermana Selene ocultó todos los astros en señal de duelo. Las lágrimas que derramó por su querido hijo se transformaron en el rocío con el que despertamos desde entonces a cada amanecer [5].

Eos y Memnón

Eos recoge el cadáver de Memnón.
Kylix ático (c. 485 a. C). Museo del Louvre, París (Louvre G115).

[1]. Como se manifiesta simbólicamente en su avanzada edad, el anciano Néstor era el más sabio de todos los aqueos, lo cual quizá se corresponda con

el antiguo brillo cultural de la ciudad de Pilos, de donde le hacían rey. Como sabes, en la Ilíada -transmitida oralmente durante generaciones- se mezclan dos épocas históricas: el período micénico y la edad oscura. En la actualidad, en la ciudad de Pilos se han descubierto un sinfín de tablillas sobre los más variados temas (administración, religión, impuestos, etcétera), que revelan la intensa actividad de la ciudad. Si Pilos era un gran centro cultural de la época micénica, quizá no resulte extraño que a sus reyes legendarios les atribuyesen estas cualidades.

[2]. El poeta Píndaro nos cuenta que Antíloco murió por salvar a su padre, que trataba de huir de la embestida de Memnón tras haber perdido, asaeteados por Paris, los caballos de su carro.

Estr. IV

«Vivió también antes Antíloco el fuerte y tenía este mismo pensar;
que murió por su padre, haciéndole frente
al caudillo de los Etíopes, asesino de hombres,
a Memnón. Pues herido el caballo por los dardos de Paris
retrasaba de Néstor el carro y Memnón dirigía
contra Néstor la lanza potente. Del anciano Mesenio
el agitada alma a gritos llamaba a su hijo,

Estr. V

»y no cayó a tierra la voz que lanzó: allí aguantando el divino héroe
compró con su muerte la salvación del padre,
y pareció en la raza de antaño
a los jóvenes, por haber realizado una hazaña gigante,
ser el más excelso en virtud por amor a los padres».

Píticas VI.

Píndaro, Odas y fragmentos. Gredos. Madrid, 2002. Traducción de Alfonso Ortega.

[3]. Probablemente, habría varias versiones del combate entre Aquiles y Memnón. En el Museum of Fine Arts de Boston, Massachusetts, se conserva un Calyx datado hacia el año 490 a. C. (Boston 97.368 ) en el que la diosa Tetis es reemplazada por Atenea. En el suelo yace un héroe troyano llamado Melanippo.

boston-97368 / la muerte de Memnón

Atenea
Aquiles

atenea

aquiles
   
Eos
Memnón
eos
memnón

[4]. Machetes pugnax, bandadas de aves que al parecer luchan ferozmente entre grupos distintos por la posesión de un territorio.

[5]. En el Libro XIII de las Metamorfosis (576), Ovidio describe la muerte de Memnón, las bandadas de enemistadas aves Memnones que surgieron de la pira funeraria del héroe y cómo las lágrimas vertidas por Eos ante la muerte de su hijo se transformaron en el rocío del alba.

«No tuvo tiempo la Aurora, aunque había apoyado a aquel bando, de lamentar la caída de Troya y la tragedia de Hécuba. Una angustia más cercana, un luto familiar la acongoja, la pérdida de Memnón, a quien su dorada madre había visto sucumbir en los campos frigios bajo la pica de Aquiles; lo vio, y ese color con rojean las primeras luces del alba palideció y el cielo quedó oculto entre nubes.

»No pudo soportar la madre el espectáculo de aquel cuerpo depositado sobre la pira funeraria, y con el cabello suelto, tal como estaba, no juzgó indigno postrarse a las rodillas del gran Júpiter [Zeus] y añadir a sus lágrimas estas súplicas:

»Aunque inferior a todas las que el áureo cielo sustenta (pues son contados los templos que poseo en todo el mundo), diosa soy, con todo, y no he venido para que me des santuarios, días de sacrificio o altares que ardan con fuego; aunque si reparas en los servicios que te presto, aun siendo hembra, cuando al alba preservo las fronteras de la noche, estimarías que merezco una recompensa. Pero no es eso lo que me preocupa, ni está la Aurora como para reclamar merecidos honores. Vengo huérfana de mi Memnón, que en vano tomó valerosas armas en favor de su tío y en edad juvenil sucumbió (así lo quisiste) a manos del bravo Aquiles. Dale, te lo ruego, algún honor como consuelo de su muerte, supremo soberano de los dioses, y alivia mis heridas de madre.

»Había asentido Júpiter, cuando la elevada pira de Memnón se desplomó entre altas llamaradas, y negras volutas de humos oscurecieron el día, como cuando los ríos exhalan neblinas que en ellos se forman y que no dejan pasar los rayos del sol. Negras cenizas revolotean y se aglomeran y se condensan formando un solo cuerpo que toma forma y cobra del fuego calor y vida; su propia liviandad le dio alas, y, con aspecto de ave al princpio, luego verdadera ave, aleteó con sus remos; al unísono aletearon innumerables hermanas cuyo nacimiento y origen es el mismo; tres veces sobrevuelan la pira y tres veces sus lamentos resonaron por los aires al unísono; a la cuarta pasada dividen la formación; partiendo entonces de dos sitios diferentes las dos bandadas se hacen una guerra feroz, se ensañan con sus picos y corvas garras y entrechocan alas y pechos, y caen, como fúnebres ofrendas a las cenizas del muerto, sus parientes, recordando que habían nacido de un valeroso héroe. A estos repentinos pájaros les dio nombre su progenitor; por él se llaman Memnónides, y cuando el sol ha recorrido los doce signos, cual aniversario fúnebre, reanudan la lucha dispuestos a morir.

»Por eso mientras a otros pareció lastimoso que ladrase la hija de Dimas, la Aurora se entregó a su dolor y aún hoy derrama maternales lágrimas y destila rocío en el orbe entero».

Ovidio. Metamorfosis. Alianza Editorial, Madrid 1995. Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín.

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Libro II

Eos y Titono

Al amanecer, los troyanos aún no se habían repuesto de la muerte de Pentesilea y su derrota les parecía cada vez más cercana; incluso, el anciano Polidamante le recriminó a París que no entregara a la hermosa Helena. Pero al poco una buena noticia les devolvió la esperanza: a las puertas de la ciudad llamaba el gran Memnón, que con sus numerosos etíopes acudía en ayuda de su primo Príamo.

Memnón era hijo de la diosa de la aurora, Eos, y Titono, hijo a su vez de Laomedonte. La historia de sus progenitores es realmente trágica [1]: Eos se enamoró de Titono, un príncipe troyano de ascendencias divinas, le raptó, se lo llevó al Olimpo y le pidió al padre de los dioses, Zeus, que le concediera la inmortalidad. Pero por un despiste se le olvidó pedirle también que le concediera la eterna juventud, por lo que Titono fue envejeciendo a medida que pasaba el tiempo.

Llegó un momento en que ya ni siquiera podía salir del tálamo nupcial y la pobre Eos se conformaba con escuchar su voz y así siguió marchitándose cada vez más hasta que estaba ya tan arrugado que, como los bebés, cabía en una pequeña cesta. Por fin, Eos terminó con la agonía de su amado y le transformó en cigarra [2].

eos y t�tono

Louis-Jean-François (1725-1805). Le Lever de l’Aurore : elle quitte la couche du vieux Triton – Lagrenée (1763).

«Eos se levantaba del lecho, de estar junto al ilustre Titono,
para llevar la luz a los mortales y los inmortales». (Ilíada 1.1.)

Resulta muy interesante la fogosidad de esta diosa, tal vez fruto de una maldición de Afrodita (enfadada por sus devaneos con Ares), pues también protagonizó otros dos raptos: el del gigante Orión, hijo de Poseidón, y el de Céfalo, un cazador que tras pasar una temporada con ella consiguió regresar de nuevo entre los mortales. Aunque abundan las veces en que un personaje masculino persiga a una diosa o una mortal, es muy extraño que se produzca la situación inversa.

En un mundo tan dominado por los hombres, como era la antigua Grecia, el comportamiento de la bella Eos de dedos rosados debía causar un gran estupor (por poner un ejemplo, es como si descubriéramos que la virgen María se dedicaba a perseguir lindos jóvenes). Es cierto que hay muchas diosas que se acuestan con mortales, pero los seducen, los enamoran, casi nunca los raptan.

Tal vez, y esto es solo una conjetura, sea porque la diosa del amanecer se muestra un tanto ambigua, a medio camino entre su hermana –Selene, la diosa de la Luna- y Elios -el dios del Sol-, por lo que puede permitirse ciertos comportamientos reservados a los hombres. En fin, lo que sí sabemos con certeza es que su vida sentimental fue un desastre: Titono envejeció hasta convertirse en cigarra, Céfalo la abandonó para volver con los mortales y Orión murió por las afrentas que cometió contra Artemisa. ¿Tal vez sea el castigo por comportarse de forma masculina?

El rapto de Titono

Oinochoe ático de figuras rojas (c. 470 a.C.). Museo del Louvre, París.
En esta jarra ática vemos una de las representaciones habituales del rapto de Titono (que se distingue del de Céfalo porque en estos últimos casos el acosado mortal viste como un cazador): la diosa, caracterizada con dos alas persigue a Titono, al que ya casi ha alcanzado.

eos y titono

Curiosamente, a su hermana Selene le pasó algo parecido. Se enamoró con locura de un hermoso pastor llamado Endimión. Por petición de Selene, Zeus le concedió un deseo y el joven le pidió dormir sin perder la juventud por toda la eternidad [3]. Es decir, mientras que el amante de Eos conservó la mente y perdió el cuerpo y el de Selene perdió la mente aunque conservó el cuerpo.

endimion

Endimion en el Monte Latmos. John Atkinson Grimshaw

[1]. El texto clásico más extenso al respecto es un fragmento del Canto V, A Afrodita, de los Himnos homéricos.

[2]. Alicia Esteban Santos ha escrito un excelente artículo donde analiza las distintas facetas de Eos y los principales personajes que la rodean: Eos, el dominio fugaz de la Aurora. (Cuadernos de Filología Clásica nº 12, 2002. UCM, Madrid).

[3]. Ver, por ejemplo, Apolodoro, Biblioteca mitológica (I, 7).

«Hijo de Cálice y Aetlio era Endimión, quien trajo a los eolios desde Tesalia y fundó Élis; sin embargo algunos cuentan que era hijo de Zeus. Como éste destacara por su belleza, Selene se enamoró de él y Zeus le otorgó que escogiera lo que desease. Él escogió dormir eternamente, permaneciendo inmortal y sin envejecer».

Traducción de Julia García Montero en Apolodoro, Biblioteca mitológica. Alianza Editorial, Madrid

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