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Archive for 3 marzo 2009

El Laberinto


Hace ya tiempo que no actualizo nada de este blog. La razón es que durante el último año he estado muy liado preparando un libro que acaba de publicarse: El laberinto, historia y mito. Puedes encontrar información sobre el libro en un nuevo blog que acabo de estrenar, El laberinto (^^ eso es originalidad, eh?). Está en: www.mmfilesi.com


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Minos, ese patán


Los griegos tenían una percepción contradictoria del rey Minos. Por un lado –sobre todo en las fuentes más antiguas, como Homero– aparece como un sabio, un gran legislador de tan alta fama que junto con su hermano Radamantis se encarga de legislar el reino de los muertos. Hijo y confidente de Zeus, se le hacía el primer gran rey de la historia, fundador de ciudades, azote de piratas, señor de los mares: todo lo cual quizá sea recuerdo del apogeo minoico, la primera civilización europea. Pero al mismo tiempo se le muestra como un mentecato orgulloso: peca de hybris (arrogancia) frente a Poseidón, su mujer le engaña con un toro y encima le maldice de una forma espantosa, su hija le deja por un extranjero, sin saber bien qué ha sucedido con su hijo Androgeo organiza una campaña militar contra todo el Ática, se muestra ingrato con Poliidoro, le dan furibundos celos los logros de Radamantis, pierde la cabeza por las mujeres, Dédalo le toma el pelo, Teseo consigue derrotarle, muere ¡en la bañera! a manos de unas adolescentes… en fin, es un auténtico desastre.

De hecho, en el Minos de pseudo Platón ya se señalaba esta contradicción en un diálogo clave para intuir cómo percibían a Minos en la Atenas clásica. Sócrates le explica a un anónimo discípulo que de Minos tenían muy alta concepción Homero y Hesíodo, como prueba, entre otras cosas, que le hicieran tan amigo de su padre Zeus, al que consultaba una vez cada nueve años. Entonces, le pregunta perplejo el discípulo:

«Discípulo. –Entonces, Sócrates, ¿por qué se ha difundido esta fama de Minos como persona ignorante y cruel?

»Sócrates. –Por la misma razón por la que tú, mi buen amigo, y cualquier otra persona que tenga interés en mantener su buena reputación, te guardarás muy mucho de hacerte odioso a ningún poeta. Pues los poetas tienen mucho poder en el prestigio de las personas, según el sentido en que compongan sus poemas, elogiando o hablando mal de la gente. Es precisamente en eso en lo que cometió un error Minos, haciendo la guerra a esta ciudad [Atenas], en la que, entre una gran cantidad de sabios, hay también toda clase de poetas de todo género, y especialmente trágicos» [1].

Y también Plutarco se hace eco de esta contradicción entre el Minos que nos cuentan los antiguos mitos y la imagen que había quedado de él tras su paso por la Atenas clásica:

«Parece, pues, que es realmente grave ser mal visto por una ciudad que tiene voz y arte. Así Minos siempre ha sido zaherido e insultado en los teatros áticos, y ni Hesíodo le sirvió de ayuda al llamarle con el epíteto de “el más regio”, ni Homero con el de “íntimo de Zeus”, sino que prevalecieron los trágicos difundiendo desde el estrado y la escena mucha infamia contra él, como si hubiera sido cruel y violento». (Vidas paralelas, Teseo, 16, 3)

Así pues, podemos imaginarnos ya un poco mejor qué pensaban en Atenas, motor de la cultura griega, cada vez que Minos aparecía en una narración. Los eruditos, como Tucídides, podían reconocerle una aureola de prestigio por su condición de monarca y legislador, pero parece ser que para la mayoría era el malvado de la película. Parte de sus acciones se explican, por tanto, por su propia naturaleza. Es al despótico Minos, y no al Minotauro, a quien hay que derrotar. Minos es un arrogante rey injusto, uno que pierde toda dignidad por ir detrás de las mujeres, es de torpe inteligencia, ingrato. Sí, los cretenses podrían disfrutar de un pasado legendario, alardear de su isla, cuna de dioses, pero su monarca más renombrado es un auténtico patán, todo lo contrario que el héroe por excelencia de Atenas, Teseo.

Y lo que es aún más importante: en el siglo V a.C. Esparta, la archienemiga de Atenas, se vanagloriaba de que su Constitución era de origen cretense. Así, por ejemplo, dice Plutarco refiriéndose a Licurgo, el proverbial legislador espartano:

«De este modo partió y, primeramente, llegó a Creta. Y tras conocer las instituciones de allí y entrar en contacto con los hombres de fama más sobresaliente, de unas leyes sintió admiración y las tomó con la idea de trasladarlas a la patria y servirse de ellas, a otras no les dio importancia» [2].

Por tanto, podríamos inferir que los atenienses no solo estaban caricaturizando el pasado mítico de los cretenses, sino también (¿y sobre todo?) el de los espartanos. Esparta, que tan orgullosa se mostraba de sus férreas leyes, de su sabio Licurgo, debía su organización al más patán y cruel de los monarcas, a Minos, al gran derrotado por los dos atenienses Teseo y Dédalo. Y este detalle, seguro, no escapaba a los sagaces ciudadanos de Atenas, donde el reflexionar sobre cada matiz de un mito o discurso era costumbre desde el alba hasta el anochecer.

Notas

[1]. Pseudo Platón. Minos, 318 y ss.
Traducción de Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó. Madrid, Gredos, 1992

[2]. Plutarco, Vidas paralelas, Licurgo 4, 1.
Traducción de Aurelio Pérez Jiménez. Gredos, Madrid, 2000

// Entrada original publicada en mi web: www.mmfilesi.com

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