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Archive for 21 marzo 2008


Amor López Jimeno ha preparado una edición muy interesante, en Akal/Clásica, sobre textos griegos de maleficio (Madrid, 2001).

Como nos explica Amor López, además de referencias en Platón y otros autores a magos de diversa naturaleza, se han encontrado documentos que prueban directamente la práctica de magia negra en la antigua Grecia. Son unas tablillas, casi siempre en bronce, en las que se escribían maldiciones o conjuros amatorios.

Al parecer, se escogía el plomo por su tacto frío, su color grisáceo y su pesadez, como se puede inferir por ejemplo de esta maldición:

(DTA 67) El Pireo, siglo III a.C.

«[…] Así como estas palabras están frías y al revés, así se vuelvan frías y al revés las palabras de Crates y de los delatores que están con aquéllos […]»

Como toda magia simpática, se espera proyectar las cualidades del objeto contra el sujeto. Es decir, se pretende convertirlo en plomo (supongo que por su color negro es fácil asociarlo a la putrefacción). Aunque sospecho que también influiría la naturaleza tóxica de este material pues si se tiene un contacto prolongado con el plomo se acumula en el cuerpo y puede dar lugar a todo tipo de molestias graves.

El caso es que estas maldiciones se escribían sobre todo en tablillas de bronce rectangulares, que luego se dejaban cerca algún difunto, a ser posible de muerte prematura (joven) o violenta, en corrientes de agua o pozos inutilizados, o en las proximidades de algún templo dedicado a una divinidad ctónica (de la tierra, el inframundo, como Gea, Hécate, Perséfone, Plutón, Tifón y, sobre todo Hermes Retenedor). De esta manera, se esperaba que el alma del difunto cooperase en la maldición obligada por el conjuro.

En muchas tablillas, la maldición es contra la lengua del maldecido, lo cual no es de extrañar si pensamos que en una sociedad como la griega, donde el chismorreo y la tertulia eran el principal canal de información, ser objeto de habladurías debía de resultar bastante molesto.

(DTA 96). El Pireo, siglo III a.C. Hallada en una tumba

«A Mición yo lo cogí y le até con un conjuro la lengua y el alma y las manos y los pies, y si va a pronunciar alguna palabra maligna sobre Filón, que su lengua se convierta en plomo. Pínchale además la lengua, y que sus bienes, ya sean los que posee ya sólo los que maneje, se le vuelvan vanos, se le echen a perder y le desaparezcan. MICIÓN».

Muchas maldiciones áticas van dirigidas contra abogados o personas con las que tienen algún tipo de conflicto legal.

(DTA 94). Patisia, siglo III a.C.

«Señor Retenedor, ato con un conjuro a Diocles, porque es mi oponente, la lengua y las entrañas y a todos los ayudantes de Diocles, y su discurso y sus testimonios y todas y cada una de las reclamaciones legales que esté preparando contra mí. Retenlo.

»Que Diocles no gane ninguno de los procesos que está preparando contra mí. Que los ayudantes de Diocles y el propio Diocles sean inferiores a mí ante todo el tribunal y que Diocles no alcance justicia alguna».

Pero otras muchas también van contra mujeres que trabajan en tabernas y burdeles, que en su mayoría parece que estaban regentados por las propias mujeres.

(DTA 68). El Pireo, siglo III a.C.

«[…] Dífila, manos y pies y lengua y pies y burdel y todas las cosas del burdel. Posis, manos y pies y lengua y el burdel y todas las cosas del burdel […]»

Además del texto de la tablilla, se debían realizar diversos rituales, pero parece que lo más importante era lo del nudo. Las maldiciones “atan” una y otra vez al maldecido con un elemento del reino de los muertos, ya sea un dios ctónico, un difunto prematuro o el propio plomo (frío e inanimado), como podemos leer en la siguiente maldición encontrada enrollada dentro de un cilindro.

(DTA 105). Ática, siglo III a.C.

«Hermes subterráneo, que Pitóteles quede atado mágicamente a Hermes subterráneo y a Hécate subterránea, su lengua y sus palabras y sus obras […]»

O en esta otra de un señor que debía de tener un mal carácter de cuidado:

(DT 50). Atenas, siglo IV a.C.

«Hermes Retenedor y Perséfone, retened el cuerpo y el alma y lengua y pies y obras y decisiones de Mirrina, la mujer de Hagnóteo de El Pireo hasta que descienda al Hades consumida.

»Hermes Retenedor y Perséfone, retened el alma y cuerpo y pies y manos y obras y decisiones y lengua de Partenio y de Apolonio, los hijos de Hagnóteo.

»Hermes Retenedor y Perséfone, retened el alma y cuerpo y pies y manos y obras y decisiones y lengua de Euxeno, el pariente de Mirrina, hasta que descienda al Hades.

»Hermes Retenedor y Perséfone, retened las obras y almas y lengua y decisiones de Hagnóteo y de Mirrina y de Partenio y de Apolonio y de todos los parientes de Hagnóteo, tanto presentes como antepasados.

»Y no ceséis hasta que desciendan al Hades».

Resulta curioso que en los textos áticos más tardíos uno de los dioses más invocados, junto a Hécate triforme, patrona de la magia oscura, sea el mismísimo Tifón.

 

(SGD 23). Atenas, siglo III

«Babarphorbarbabor (…) borfabaie, poderoso Tifón, te entrego a Eros, al que parió Isigenia, para que lo trastornes, a él y su mente, y (lo trastornes) en tu oscura atmósfera, y a los que están con él, para que los encadenes a la iniluminada eternidad del olvido, lo congeles, y destruyas todas las cosas que vaya a hacer; para que lo congeles y no permitas lo que va a hacer. Pero si Eros se empeña en lo que va a hacer, Morzoune Alchine Perperzarona Iayaye, te entrego a Eros, al que parió Isigenia, poderoso Tifón […]»

En resumen, un libro muy curioso que nos permite entender un poco mejor la concepción griega del mundo de los muertos.

Se puede encontrar más información en un interesante artículo de Ana María Vázquez Hoyos (a la que le estoy muy agradecido por el trabajo que realiza de divulgación on line):

Aspectos mágicos de la antigüedad III. La magia en las tabellae defixionum  hispanas

tablilla de plomo

Tablilla de plomo

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La muerte de Minos

Dédalo siguió huyendo hasta que llegó a Sicilia, donde se refugió en la corte del rey Cócalo, en Acragante. Minos, mientras tanto, había zarpado al mando de su flota y deambulaba de isla en isla preguntando si alguien le había visto. Para encontrarle prometió una gran recompensa a quien fuera capaz de atravesar una tortuosa caracola con un hilo, pues sabía que problema tan complicado solo lo podía resolver alguien con el talento de Dédalo.

En efecto, cuando llegó al palacio de Cócalo, el rey le dio a escondidas la caracola a Dédalo y el inventor consiguió atravesarla con un hilo que había atado a una hormiguita, la cual pudo pasar por todos los recovecos. Habían caído en la trampa: en cuanto Minos vio la caracola enhebrada exigió que le entregaran a Dédalo.

Descubrir a alguien escondido mediante una argucia que revele su verdadera naturaleza es algo recurrente en los mitos griegos. Así de memoria, recuerdo a Aquiles, que se había escondido con las mujeres para no ir a la guerra de Troya, pero que fue descubierto al escoger una espada entre diversos presentes, y a Odiseo, que tampoco quería ir a la guerra y se fingió loco, arando errático los campos, hasta que pusieron delante del arado a su hijo Telémaco. El mecanismo parece similar: los dos héroes se esconden en mundos opuestos a su naturaleza (las mujeres en el caso del gallardo y viril Aquiles; y la locura en el del sabio e ingenioso Odiseo), pero un elemento propio de ambos –la espada y el amor por su hijo– disipa el engaño.

En el caso de Dédalo ocurre algo similar. Encuentra la salida, mediante un hilo (igual que el entregado a Ariadna y Teseo), del microlaberinto que forman las oquedades del interior de la caracola. Pero ahora volvamos a Sicilia para saber cómo terminó la historia.

Impertérrito, Cócalo le felicitó por su argucia y le invitó a tomar un baño de agua caliente en compañía de sus hijas. A Minos, amante pasional, no hacía falta decirle mucho más para convencerle de que Dédalo podía esperar. Lo que sucedió a continuación no se sabe con certeza, pero parece ser que las hijas de Cócalo aprovecharon para escaldarlo vivo y, todo sea dicho, la verdad es que no se me ocurre una manera más infame de morir en el mundo griego. ¡En vez de morir luchando en épica batalla, Minos cayó a manos de unas pícaras adolescentes mientras se daba un baño! (Sobre el papel ridículo de Minos volveré más adelante cuando analice el mito).

Cretenses en Sicilia

Mientras tanto, aprovechando que los soldados de Minos habían acompañado al rey hasta el palacio de Cócalo, los sicilianos quemaron las naves de los cretenses. Cuando más tarde Cócalo les dijo que Minos había muerto resbalando en el baño se sintieron consternados y no tuvieron más remedio que quedarse a vivir en aquella isla.

Curiosa fue la sepultura que le dieron a Minos: lejos de toda pompa y gloria, escondieron sus restos en un templo de Afrodita para que la gente le honrase, sin saberlo, cuando fueran a llevar ofrendas a la diosa del amor. Cruel broma del destino que Minos, al que engañó su mujer por amor a un toro, al que engañó su hija por amor a Teseo, tuviera que refugiarse tras las faldas de Afrodita para ser honrado en su muerte.

Aquella expedición de cretenses fundó más tarde la ciudad de Minoa (cuya fundación real se atribuye a un grupo de colonos griegos de Selinunte durante el siglo VI a. C.), y más tarde levantaron un colosal templo a las misteriosas diosas Madre, unas divinidades propias de Creta que habían cuidado a Zeus cuando se escondió de niño en una cueva de la isla.

teatro de Minoa´

Restos del teatro de Heraclea Minoa, en Sicilia.

Notas

[1]. La muerte de Minos según Apolodoro.

«A Dédalo lo buscaba Minos: indagaba en todas las regiones una por una llevando una caracola y haciendo público que daría una gran paga a quien hiciera pasar un hilo a través de una concha, y por este procedimiento pensaba encontrar a Dédalo.

»Una vez que llegó a Cánico de Sicilia, se entrevisto con Cócalo, en cuya casa se escondía Dédalo, le mostró la concha. Él la tomó, le prometió hacer pasar el hilo y le entregó a Dédalo. Éste ató un hilo a una hormiga, la metió en la caracola y dejó que la recorriera. Cuando Minos comprobó que el hilo había pasado, se percató de que Dédalo estaba con él, así que lo reclamó en el acto.

»Cócalo prometió que se lo entregaría y lo invitó a su casa. Allí se hizo bañar por las hijas de Cócalo y quedó exánime. Según afirman algunos, murió abrasado por el hervor del agua».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (Epítomes; 1, 13).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

La muerte de Minos según Diodoro.

«Minos, rey de los cretenses, señor del mar en aquella época, cuando se enteró de la huida de Dédalo a Sicilia, decidió realizar una expedición contra la isla. Después de equipar unas fuerzas navales considerables, zarpó de Creta y arribó al territorio de Acragante, a un lugar que por él recibió el nombre de Minoa. Hizo desembarcar sus fuerzas y le envió mensajeros al rey Cócalo; le reclamaba a Dédalo para castigarlo.

»Cócalo le invitó a un encuentro y, después de prometerle que haría todo lo que le pedía, recibió a Minos con los ritos de hospitalidad. Y cuando Minos se bañaba, Cócalo lo retuvo demasiado tiempo en el agua caliente y así puso fin a su vida. Luego entregó su cuerpo a los cretenses y explicó la causa de su muerte diciendo que había resbalado en la sala de baños y que, al caer en el agua caliente, había encontrado la muerte.

»A continuación, sus compañeros de expedición enterraron el cuerpo del rey con magnificencia; tras construir un sepulcro doble, depositaron los huesos en la parte escondida mientras que en la descubierta erigieron un templo de Afrodita. Así Minos fue honrado por muchas generaciones, porque los habitantes del lugar ofrecían sacrificios allí en la creencia de que era un templo de Afrodita. Fue en tiempos más recientes, después de la fundación de Acragante, cuando, al descubrirse el depósito de los huesos, se desmanteló la tumba y los huesos fueron devueltos a los cretenses; esto ocurrió cuando Terón era señor de los acragantinos.

»Sin embargo, los cretenses que estaban en Sicilia, después de la muerte de Minos, disputaron entre sí a causa de la falta de un jefe, y, dado que sus naves habían sido incendiadas por los sicanos de Cócalo, renunciaron a regresar a su patria y decidieron establecerse en Sicilia. Unos edificaron allí una ciudad a la que dieron el nombre de Minoa en recuerdo de su rey, mientras que otros, después de andar errantes por el interior de la isla, ocuparon un lugar fortificado donde fundaron una ciudad que llamaron Engio a causa de la fuente que manaba en ella.

»Posteriormente, después de la caída de Troya, cuando el cretense Meriones fue a parar a Sicilia, acogieron, debido a su parentesco, a los cretenses que desembarcaron y les concedieron la ciudadanía; y, teniendo como base una ciudad fortificada, pelearon con algunos de sus vecinos y conquistaron así un territorio suficiente.

»Al ser cada vez más prósperos, construyeron un templo a las Madres y honraron a estas diosas de un modo especial, adornando su templo con numerosas ofrendas. Se dice que el culto a estas diosas fue importado de Creta, puesto que estas diosas son especialmente honradas entre los cretenses».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV; 79).
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos (Madrid, 2004)

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La muerte de Ícaro

Según la versión más aceptada, cuando el arrogante Minos descubrió que Teseo había matado al Minotauro y, encima, se había llevado a su hija montó en cólera y, por la ayuda prestada, encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto. (La madre de Ícaro era una esclava de Minos llamada Náucrate, de la que no tenemos más noticias).

En otras versiones se afirma que la disputa entre el rey y el inventor había sucedido mucho antes, cuando Dédalo había ayudado a Pasífae a acostarse con el toro sagrado, y desde entonces había permanecido escondido en la isla hasta que Teseo le rescató. Sin embargo, esta posibilidad plantea varios problemas: si Dédalo estaba escondido difícilmente habría podido construir el laberinto y su romance con Náucrate hubiera sido más complicado (es de suponer que ocurrió habiendo nacido ya el Minotauro, puesto que era un adolescente cuando huyeron y entre el parto de Pasífae y la llegada de Teseo pasaron unos 27 años, ya que iba en el tercer contingente de los que se había estipulado que se debían enviar cada nueve años). Podría ser que se hubiera fugado justo después de construir el laberinto y que se viera con Náucrate a escondidas, pero 27 años parecen muchos para que un hombre de su talento no hubiera encontrado la manera de escapar.

El caso es que para escapar de la isla, Dédalo construyó un par de alas uniendo plumas con cera. Antes de saltar, había avisado a su hijo de que ni se acercara mucho al sol, pues la cera podía derretirse, ni tampoco al agua del mar, ya que las alas se mojarían; pero cuando ya estaban volando lejos de Creta, Ícaro se entusiasmó tanto que quiso aproximarse al sol para verlo mejor. Al instante, el calor fundió la cera e Ícaro murió al caer contra el mar.

El cadáver del muchacho llegó luego a una isla, llamada Icaria en su honor, donde fue encontrado por Heracles, que le dio digna sepultura. Cuando mucho más tarde Dédalo se enteró de que había enterrado a su hijo, esculpió en Pisa una estatua en su honor, pero estaba tan bien hecha que Heracles pensó que era real y la destrozó de una pedrada.

Icaro

El lamento de Ícaro (1898). Herbert James Draper

Notas

[1]. Sobre la fuga de Dédalo e Ícaro nos cuenta Apolodoro:

«Se cuenta que Minos, al enterarse de la fuga de Teseo, encerró por su delito a Dédalo en el laberinto, junto con su hijo Ícaro, que había tenido de Náucrate, una esclava de Minos. Pero él fabricó unas alas para sí y para el muchacho. Al echar a volar, le instó a no hacerlo ni demasiado alto, para evitar que las alas se descompusieran al derretirse la cola por efecto del sol, ni cerca del mar, para que no se estropearan por la humedad. Pero Ícaro, ignorando a su padre, en su entusiasmo se dejó llevar cada vez más alto; hasta que se derritió la cola y murió en su caída al mar, que se llamó Icario en su memoria».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (Epítomes; 1, 12).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

Ver también Pausanias IX; 11, 4 y 5

«Cuando arribó a la isla de Dólique, al ver el cuerpo de Ícaro que había sido llevado hasta la playa, le dio sepultura y denominó a la isla Icaria en lugar de Dólique. Por ello Dédalo erigió en Pisa una estatua igual a Heracles, pero éste, durante la noche, creyéndola erróneamente viva, la golpeó arrojando contra ella una piedra».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (II; 6, 3).

Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

[2]. La otra versión de la fuga de Dédalo:

«Cuando Dédalo se enteró de las amenazas de Minos a causa de la construcción de la vaca, tuvo miedo, dicen, de la cólera del rey y zarpó de Creta con la ayuda de Pasífae que le dio un barco para que se hiciera a la mar. Con él huyó su hijo Ícaro y fueron llevados a una isla situada en alta mar. Cuando Ícaro desembarcaba en ella de un modo imprudente, cayó al mar y murió, por lo que el mar recibió el nombre de Icario y la isla fue llamada Icaria. Dédalo zarpó de esta isla y arribó a Sicilia, a una región en la que reinaba Cócalo, que acogió a Dédalo y lo hizo además su amigo en atención a su talento y a su fama.

»Algunos mitógrafos cuentan, sin embargo, que Dédalo permaneció un tiempo más en Creta escondido por Pasífae, y que el rey Minos, queriendo castigarlo y no pudiendo encontrarlo, mandó que todos los barcos de la isla lo buscaran y prometió entregar una gran cantidad de dinero a quien lograra descubrirlo. Entonces Dédalo renunció a su huida por mar y construyó de forma sorprendente unas alas ingeniosamente ideadas y maravillosamente ensambladas con cera. Las aplicó luego al cuerpo de su hijo y a su propio cuerpo y, de un modo increíble, las desplegaron y huyeron por encima del mar que rodea la isla de Creta.

»A causa de su inexperiencia juvenil, Ícaro elevó demasiado el vuelo y cayó al mar al fundirse la cera que unía las alas por efecto del sol. Dédalo, en cambio, volando cerca del mar y mojando a menudo sus alas, logró de manera sorprendente, llegar sano y salvo a Sicilia. Y aunque el mito que narra estos hechos resulta increíble, hemos decidido, sin embargo, no pasarlo por alto».

«Se cuenta que Minos, al enterarse de la fuga de Teseo, encerró por su delito a Dédalo en el laberinto, junto con su hijo Ícaro, que había tenido de Náucrate, una esclava de Minos. Pero él fabricó unas alas para sí y para el muchacho. Al echar a volar, le instó a no hacerlo ni demasiado alto, para evitar que las alas se descompusieran al derretirse la cola por efecto del sol, ni cerca del mar, para que no se estropearan por la humedad. Pero Ícaro, ignorando a su padre, en su entusiasmo se dejó llevar cada vez más alto; hasta que se derritió la cola y murió en su caída al mar, que se llamó Icario en su memoria».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV; 77, 5).
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos (Madrid, 2004)

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