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Archive for 28 febrero 2008


Ariadna

Camino de Atenas, decidieron descansar en la isla de Naxos (Día, que la llamaban los antiguos) y Teseo y Ariadna disfrutaron de una apasionada noche. Sin embargo a la mañana siguiente, cuando Ariadna despertó, descubrió que Teseo la había abandonado y el barco se alejaba sin ella [1].

No sabemos con certeza las razones por las que Teseo dejó a Ariadna en tierra. Algunas versiones sostienen que estaba tan conmocionado por la lucha contra el Minotauro y su regreso triunfal que, sencillamente, se olvidó de la muchacha, pero parece un argumento bastante débil. No me cuadra con la belleza del mito, que se muestra muy coherente en todos los aspectos narrativos de la trama (no hay acontecimiento importante que no sea provocado por un sentimiento humano o divino de mayor envergadura que el mero descuido: el amor, los celos, la envidia, el dolor por la pérdida de un hijo, etcétera).

Más razonable resultan otras versiones en las que Dionisio visita a Teseo por la noche y le ordena que deje a Ariadna en la isla pues se ha enamorado de ella [2].

De hecho, mientras Ariadna vagaba desesperada por la playa, desnuda y con el pelo revuelto, escuchó de pronto el creciente sonar de flautas, timbales y címbalos: era Dionisio, acompañado por su corte de faunos, bacantes, tigres y panteras, que venía a casarse con ella [3].

Dionisios y Ariadna

Tiziano, Ariadna y Baco (Dionisios), 1520-1522, National Gallery, Londres.

Lo que ocurrió después tampoco está claro. Tal vez se casaron, y durante la boda Afrodita regaló a Ariadna su famosa corona, trabajada durante nueve años por el mismo Hefesto [4]; o quizá, como sostiene Homero, Artemisa mató a la muchacha por petición de Dioniso (que este dios salvaje, a medio camino entre el mundo de los vivos y el de los muertos decida matar a Ariadna quizá no sea tan extraño, tal vez porque así la transforma en inmortal) [5].

Sin embargo, a pesar de Homero, hay varios indicios de que sí estuvieron juntos durante una larga temporada, entre otras razones, porque tuvieron varios hijos: Toante, Estáfilo, Enopión y Pepareto, según Apolodoro; y también el insigne Céramo, según Pausanias [6]. (Además, una tradición la hacía acompañante de Dionisio durante su enfrentamiento con Perseo).

Lo que sí parece cierto es que tras su muerte, Dionisio llevó a su amada al firmamento, junto a la constelación de la Corona de Ariadna (aunque Odiseo la vio en el Infierno), y que fue adorada en varios lugares, sobre todo en Naxos, Chipre y Delos.

Plutarco recoge además una tradición local muy curiosa de Peón el amatusio: Ariadna estaba muy mareada por el fuerte oleaje de una tormenta, por lo que desembarcaron en la isla de Chipre para que descansara y luego Teseo se alejó en su barco para ponerlo a salvo. Como tardaba en regresar, Ariadna estaba desconsolada y las mujeres de la isla le escribían cartas fingiendo que eran de Teseo para consolarla [7].

Según esta versión, Ariadna estaba embarazada y murió durante el parto cuando iba a dar a luz, lo cual resulta muy interesante pues a la madre de Dionisio, Semele, le sucedió algo parecido. Semele era una mortal, hija de Cadmo y Harmonía, de la que Zeus estaba tan enamorado que no le podía negar nada. Inducida por la celosa Hera, Semele pidió a Zeus que se mostrase tal cual era y, al verle en todo su esplendor, rodeado de rayos, murió achicharrada. Entonces Zeus sacó al hijo de ambos, Dionisios, de su vientre y se lo cosió al muslo donde lo llevó hasta que nació. Ésta es una de las pistas que le lleva al genial Walter F. Otto a demostrar la afinidad entre las dos mujeres (Dionisio, mito y culto, pág. 135 y ss. Siruela, Madrid 2007).

Egeo

Fuera por despiste, fuera por obedecer a Dionisio, el caso es que Teseo siguió rumbo a Atenas sin Ariadna y, tan afligida estaba la tripulación por este percance, que se olvidaron del código que habían establecido con Egeo -velas negras si volvían derrotados y blancas si habían conseguido derrotar al Minotauro- y no las cambiaron (lo cual también pudo deberse a una maldición que le lanzó la desesperada Ariadna).

Al ver las velas negras, Egeo pensó que su hijo había muerto y se suicidó lanzándose desde una torre contra el mar [8], que desde entonces lleva su nombre. Teseo fue nombrado rey al llegar a Atenas y tras vencer a sus rivales políticos, los 50 hijos de Palante, realizó grandes empresas, algunas de las cuales veremos más adelante [9].

 

Notas

[1]. Mapa con los principales lugares mencionados en el mito

mapa con el viaje de Teseo a Creta

 

[2]. La versión del rapto de Ariadna por parte de Dioniso aparece, por ejemplo, en Diodoro:

«Al regresar a su patria, raptó a Ariadna, se hizo a la mar de noche sin ser visto, y arribó a una isla que por entonces se llamaba Día y que hoy recibe el nombre de Naxos. Por el mismo tiempo, cuentan los mitos, apareció Dionisio y, a causa de la belleza de Ariadna, arrebató la muchacha a Teseo y la tomó por esposa legítima dado que estaba extraordinariamente enamorado de ella.

»Después de su muerte, en efecto, debido a su vivo amor por ella, la consideró digna de honores inmortales y fijó entre los astros del cielo la corona de Adriana».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

[3]. Una de las cartas de las Heroínas de Ovidio es la de Ariadna a Teseo y al parecer se inspiró en un poema de Cátulo (64), del que cito los fragmentos relativos a nuestro mito (es algo largo, pero vale la pena leerlo).

Durante la boda de Tetis con Peleo, una colcha cubría el lecho nupcial:

«Esta colcha bordada con figuras de hombres de otro tiempo explica las hazañas de los héroes con arte admirable. En efecto, observando en la costa resonante de Día, ve a Teseo alejarse con su flota veloz Ariadna con indomables explosiones de cólera en su corazón, todavía, incluso no se cree que ve lo que está viendo, puesto que ella, despierta apenas entonces de un sueño engañoso, se contempla digna de lástima, abandonada en una playa solitaria. Por otra parte, el joven desmemoriado golpea en su huida las aguas con los remos, dejando unas promesas para disiparse en los vientos de la tormenta.

»La de Minos lo ve desde las algas de la playa, a lo lejos, con sus ojitos tristes, como la estatua de piedra de una bacante, ay, lo ve, y se agita en medio de las grandes olas de sus afanes, no sujeta en su rubia cabellera la cofia de fino tejido, ni protege su pecho con el ligero velo que lo cubre, ni somete sus tetillas en leche a la delicada faja, con toda la ropa que se le había caído por todo el cuerpo sin ningún orden delante de sus propios pies las saladas olas jugueteaban. Pero ella, sin cuidarse entonces ni de la cofia, ni del velo que revolotea, estaba pendiente de ti, Teseo, perdida con todo su corazón, con toda su alma, con todo su pensamiento. Ay, desdichada, a quien con repetidos ataques abatió Eicina [Afrodita], sembrando en su pecho las espinas del amor, en aquella época, desde el momento en que el arrogante Teseo, después de haber salido de las curvadas costas del Pireo, tocó los templos de Gortina [Knossos], los territorios de un rey injusto.

»Pues cuentan que, un día, forzada por cruel peste a pagar la culpa del asesinato de Androgeo, Cecropia [Atenas] acostumbraba a entregar a jóvenes escogidas a la par que lo más honroso de sus doncellas, de banquete para el Minotauro. Mientras sus estrechos muros eran vejados por estas desgracias, Teseo en persona deseó entregar su propio cuerpo por su querida Atenas antes de que tales cadáveres vivientes de Cecropia fueran transportados a Creta.

»Y así, navegando en ligera nave y con suaves brisas, llegó ante el soberbio palacio del magnánimo Minos. En cuanto con sensual mirada lo vio la princesa a la que un casto lecho que exhalaba suaves perfumes todavía criaba en el blando regazo de su madre, como los mirtos que ciñen la corriente del Eurotas o la brisa primaveral que hace brotar variados colores, no apartó él sus ardientes ojos, hasta que concibió desde sus entrañas por todo su cuerpo una llama y en sus profundas médulas ardió entera. Ay, niño divino, que desdichadamente provocas locos amores con tu cruel corazón y mezclas en los hombres gozos y cuidados y tú, la que gobiernas Golgos [Afrodita] y el frondoso Idalio, ¡en medio de qué oleaje habéis arrojado a una niña, puro fuego en su corazón, y que suspira sin cesar por su rubio huésped! ¡Cuántos miedos soportó ella con su corazón desfallecido! ¡Cuánto más que el oro amarillento quedó pálida en repetidas ocasiones, mientras Teseo, deseoso de enfrentarse con el monstruo cruel, buscaba o la muerte o el premio de la gloria!

»Con todo, sin prometer ofrendas desagradables a los dioses, que podían resultar vanas, formuló sus votos con silencioso labio, pues, como a la encina que agita sus ramas en la cumbre de Tauro o al pino piñonero de corteza resinosa un indomable huracán con sus soplos de viento retorciendo sus troncos los arranca, así Teseo, después de domar el cuerpo del monstruo, le hizo hincar sus rodillas, embistiendo en vano con sus cuernos a los vientos sin resistencia. Luego se retiró a salvo con su gran gloria guiando sus pasos errantes con fino hilo, no fuera que el difícil trazado del palacio le burlase al salir del complicado laberinto.

»Pero, ¿Por qué yo, apartándome del tema de mis primeros versos, voy a recordar más cosas: cómo la hija, esquivando la mirada de su padre, el abrazo de su hermana y, finalmente el de su madre, que, desdichada, se alegraba apasionadamente con esta hija, prefirió el dulce amor de Teseo a todos ellos o cómo transportada en barco llegó a las espumosas playas de Día o cómo a ella, vencidos sus ojos por el sueño, la abandonó su amante al marcharse desmemoriado?

»Se cuenta que ella una y otra vez se enfureció con su corazón en llamas y dejó escapar de lo más profundo de su pecho agudos gritos y que luego escalaba triste montañas escarpadas desde donde dirigía su mirada hacia el inmenso oleaje del piélago, después corría al encuentro de las opuestas aguas del mar agitado, recogiéndose el fino vestido sobre sus desnudas piernas y, entristecida, había proferido estas palabras entre lamentos de muerte, emitiendo escalofriantes sollozos con el rostro húmedo de llanto:

»¿Así, tú, pérfido, a mí, llevada lejos de los altares de mi patria, me has abandonado en una playa desierta, pérfido Teseo? ¿Así, al marcharte, despreciada la voluntad de los dioses, desmemoriado, ay, llevas a casas perjurios sacrílegos? ¿Nada pudo doblegar la decisión de tu mente cruel? ¿Ningún tipo de clemencia tuviste presente que indujera a tu duro corazón a compadecerte de mí?

»Pero no fueron éstas las promesas que me hiciste en otro tiempo con halagüeñas palabras; no fueron éstas las que me mandabas esperar en mi desdicha, sino un matrimonio alegre, unas anheladas bodas, promesas todas vanas que los vientos disipan en el aire. Ahora ya ninguna mujer se fíe del juramento de un hombre, ninguna espere que las palabras de un hombre le resulten fieles. Mientras su alma deseosa de algo quiere con fuerza conseguirlo, no tienen miedo a jurar, no se abstienen de prometer; pero, tan pronto como el capricho de su codiciosa mente se ha saciado, no temen a sus palabras, nada le preocupan los perjurios.

»Por cierto que yo te salvé a ti, embustero, en el momento supremo. En pago a esto yo voy a ser entregada al desgarro de las fieras y como botín de las aves de presa y, muerta, no me va a cubrir ni un puñado de tierra. ¿Qué leona te parió al pie de la solitaria roca? ¿Qué mar te concibió y te escupió de sus espumosas aguas? ¿Qué Sirtes, qué voraz Escila, qué colosal Caribdis te engendraron a ti, que devuelves en pago de tu dulce vida semejantes premios?

»Aunque no te hubiese agradado el matrimonio conmigo porque temblabas ante las severas órdenes de un padre anciano, pudiste, al menos, llevarme a tu palacio, para que te sirviera de esclava con un trabajo alegre, acariciando las blancas plantas de tus pies con limpias aguas, cubriendo tu cama de colcha escarlata. Pero, ¿a qué lamentarme en vano, abatida por mi desgracia, a unos aires insensibles, privados de todos los sentidos, que ni pueden oír mis quejas, ni contestar a mis palabras?

»Y él ya casi se encuentra en mitad del mar y ningún mortal aparece en la costa vacía. Así una suerte cruel, ensañándose en exceso en mi última hora, quita oídos a mis quejas. Júpiter todopoderoso, ¡ojalá desde el primer momento no hubiesen tocado las naves cecropias las costas de Gnosos, ni, llevando crueles tributos al toro indomable, el pérfido marinero hubiese atado amarras en Creta, ni este malvado, ocultando con suave apariencia crueles proyectos, hubiese descansado en mi palacio como huésped!

»Pues, ¿a dónde volveré? Perdida, ¿a qué esperanza me puedo agarrar en mi perdición? ¿Buscaré en las montañas del Ilda? Pero apartándome con hondo abismo me separa la amenazadora superficie del mar. ¿Podría esperar la ayuda de mi padre? ¿No lo abandoné yo misma por seguir a un joven manchado con la sangre de mi hermano? ¿No era tal el que huye curvando en el abismo sus flexibles remos?

»Además, esta isla solitaria no está habitada de ningún albergue humano, ni se ofrece posibilidad de salida del mar con las aguas que la ciñen. Ningún medio de fuga, ninguna esperanza. Todo está en silencio, todo desierto, todo es una ostentación de la muerte. Sin embargo, mis ojos no languidecerán con ella, ni mis sentidos se retirarán de mi agotado cuerpo, sin que, traicionada, reclame a los dioses un justo castigo y suplique su fidelidad en mi última hora.

»Por ello, Euménides [Furias], que castigáis los delitos de los hombres con pena vengadora, cuya frente coronada de una cabellera de serpientes muestra la las iras que brotan del corazón, aquí, aquí, allegaos, oíd mis lamentos, que yo, ay, desdichada, me veo obligada a sacar de mis profundas entrañas, sin recursos, enardecida y ciega de un furor que me enloquece. Ya que estas verdades nacen de lo más hondo de mi corazón, vosotras no consintáis que mi dolor se disipe, sino que con la misma memoria con que Teseo me dejó sola, con esta memoria, diosas, lleve el luto a sí mismo y a los suyos.

»Una vez que profirió estas palabras de su entristecido corazón, exigiendo, desesperada, castigo para tan crueles acciones asintió con su invencible poder el rey de los dioses. Ante este asentimiento, la tierra y los encrespados mares temblaron y sacudió sus estrellas brillantes la bóveda celeste. Teseo mismo, rociada su mente con una niebla cegadora, dejó escapar de su ofuscado pecho todos los encargos que antes mantenía con firme pensamiento y, sin izar la dulce señal de victoria para su preocupado padre, no dio a entender que él divisaba el puerto de Erecteo sano y salvo. Pues cuentan que en otro tiempo, cuando Egeo confiaba a los vientos a su hijo que dejaba en nave los muros de la diosa, abrazando al joven le dio los siguientes encargos:

»Oh, mi único hijo, más querido que mi larga vida, hijo a quien yo me veo obligado a despedir para una arriesgada aventura, devuelto a mí hace poco, precisamente en el último límite de mi vejez, puesto que mi desdicha y tu ardiente valor te arrancan de mi lado en contra de mi voluntad, cuando mis ojos ya cansados todavía no se han saciado de la querida figura de mi hijo, yo no te despediré con el corazón gozoso ni alegre, ni permitiré que lleves señales de una fortuna favorable, sino que, primero, haré salir de mi alma muchos lamentos, mancillaré mis canas echándoles tierra y polvo encima. Luego colgaré una vela negra del mástil viajero, de forma que la vela oscurecida por la herrumbre ibera indique mi dolor y el ardor de mi pensamiento. Y si a ti te otorga la habitante del santo Itono [Atenea], que consintió en defender nuestra raza y las mansiones de Erecteo, que empapes con la sangre del toro tu diestra, entonces procura que prevalezcan para ti, recordándolos, estos encargos míos grabados en tu corazón y que el tiempo no los borre, de forma que, tan pronto como tus ojos divisen nuestras colinas, todos los mástiles arríen las velas de muerte, e icen banderas blancas los retorcidos cordajes, para que yo, viéndolas cuanto antes, conozca el éxito con alegría, puesto que una época feliz te devuelve.

»Estos encargos que Teseo retenía antes con toda la firmeza de su pensamiento lo abandonaron como las nubes disueltas por el soplo de los vientos abandonan la elevada cumbre de un monte nevado. Por otra parte, su padre, mientras observaba desde lo más alto de la ciudadela, consumiendo sus ojos anhelantes en continuos llantos, tan pronto como vio los lienzos de la vela de luto se arrojó de cabeza desde la punta de los escollos, creyendo a Teseo traicionado por un destino cruel. Así, al penetrar en su palacio de luto por la muerte de su padre, el arrogante Teseo recibió en sí mismo un dolor tal como el que había ocasionado a la de Minos con su pérdida de memoria. Ésta, luego, triste al ver que la quilla se retiraba, revolvía herida múltiples cuidados en su alma.

»Pero en otro recuadro de la colcha, Yaco (Dioniso), en la flor de su juventud, corría veloz con su cortejo de sátiros y de silenos de Nisa, buscándote, Ariadna, y enardecido por ti amor*** Éstas, entonces, alegres por doquier, con su mente borracha se enfurecían, evoé, gritaban las bacantes, evoé, sacudiendo sus cabezas. Unas agitaban sus tirsos de punta cubiertas de hojas; otras arrojaban los miembros de un ternero descuartizado; otras se ceñían de serpientes enroscadas; otras veneraban sagrados objetos en cestos profundos, objetos que en vano deseaban conocer los profanos; otras con las palmas abiertas batían los tímpanos o sacaban del bronce redondeado agudos chirridos; muchas soplaban cuernos que producían roncos zumbidos y la bárbara flauta resonaba con terrible canto.»

Traducción de Arturo Soler Ruiz. Gredos, Madrid, 2000.

[4]. Eratóstenes, un rector de la Biblioteca de Alejandría que vivió hacia la segunda mitad del siglo III a. C., escribió un breve tratado sobre los mitos de los astros del firmamento, en el que se encuentra la historia de la corona de Ariadna. Me llama mucho la atención que recoja una versión en la que, en vez del hilo, fuera el fulgor de la corona lo que permitió a Teseo encontrar la salida pues alguien como Eratóstenes se tenía que haber dado cuenta de la incongruencia temporal: si la corona se la había regalado Afrodita durante su boda con Dionisio, no podía tenerla cuando Teseo estaba en Creta, antes de que se fuera con él y la dejara abandonada en Naxos.

La Corona

«Se dice que es la corona de Ariadna; fue el dios Dionisio quien la instaló en el cielo. Cuando los dioses festejaban la boda de Dionisio y Ariadna en la isla de Día, la novia se coronó con ella tras haberla recibido como regalo de las Horas y de Afrodita.

»El autor de las Créticas cuenta que era obra de Hefesto, labrada en oro fundido y empedrada de pedrería de la India. También narra que gracias al brillo con que refulgía consiguió Teseo escapar del laberinto.

»Se dice también que su trenza es lo que vemos sobre la cola del león.

»La Corona posee nueve estrellas dispuestas en forma de círculo; de ellas son muy brillantes las tres que están frente a la cabeza de la serpiente que se encuentra entre las dos Osas.

Eratóstenes. Mitología del firmamento (Catasterismos). (5)
Traducción de Antonio Guzmán Guerra. Alianza, Madrid, 1999.

[5]. Homero narra otra versión en la que Ariadna es asesinada por Artemisa, por una razón que no termina de explicar, por petición de Dionisios.

Odiseo cuenta que cuando descendió al infierno:

«También vi a Fedra y a Procris, y a la hermosa Ariadna, hija del funesto Minos, a quien otro tiempo llevó Teseo de Creta al elevado suelo de la sagrada Atenas, pero no la disfrutó que antes la mató Artemis en Dia (Naxos), rodeada de corrientes, por petición de Dionisios».

Homero. Odisea. Canto XI (322)

[6]. Céramo:

El lugar del Cerámico [el barrio de los alfareros, en Atenas] tiene este nombre por el héroe Céramo, del que se dice que es hijo de Dionisio y Ariadna».

Pausanias, Descripción de Grecia (I, 3, 1)
Traducción de María Cruz Herrero Ingelmo. Gredos, Madrid, 1994.

[7]. Ariadna en Chipre

«Pero, sobre estos sucesos, Peón, el amatusio, ha publicado una peculiar historia:

»Dice que, arrojado Teseo a Chipre por una tormenta con Ariadna embarazada, como se encontraba mal por causa del oleaje y ya no aguantaba, la desembarcó a ella sola, y él, con la intención de salvar la nave, de nuevo puso rumbo a alta mar, lejos de tierra. Entonces las mujeres del lugar recogieron a Ariadna y la consolaban en su aflicción por la soledad; le llevaban cartas fingidas, como si las escribiera Teseo y, en el momento del parto, la acompañaban en su dolor y asistían; pero muerta sin dar a luz, la enterraron.

»Cuando llegó Teseo, embargado completamente por el dolor, dejó sus riquezas a los del lugar, encargándoles que hicieran sacrificios en memoria de Ariadna y que le erigieran dos pequeñas estatuillas, una de plata y otra de bronce. Y, en la fiesta del día dos del mes gorpieo, un jovencito, tumbado, da gritos y se comporta como las parturientas. Al bosque donde muestran la tumba, lo llaman los amatusios de Ariadna Afrodita».

Plutarco, Vidas paralelas (Teseo, 20, 4).
Traducción de Aurelio Pérez Jiménez. Gredos, Madrid, 2000.

[8]. Sobre el suicidio de Egeo nos da noticia Diodoro:

«Teseo, dicen, y los que le acompañaban, profundamente afectados por el rapto de la muchacha, olvidaron debido a su dolor la promesa hecha a Egeo e hicieron rumbo a la costa del Ática con las velas negras. Egeo, al contemplar el retorno de la nave y pensar que su hijo había muerto, realizó un acto a la vez heroico y desgraciado; subió a la acrópolis y, perdida toda su apetencia de vivir a causa de su enorme dolor, se arrojó al vacío.

»Después de la muerte de Egeo, Teseo le sucedió en el trono, gobernó al pueblo de acuerdo con las leyes e hizo mucho por la prosperidad de su patria».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

[9]. La versión de Apolodoro recoge lo visto hasta ahora:

«Teseo es incluido en el tercer tributo al Minotauro o, según dicen otros, se ofreció voluntario. Como la nave tenía velamen negro, Egeo encargó a su hijo que, en caso de volver con vida, la aparejase con velas blancas. Cuando llegó a Creta, Ariadna, hija de Minos, se enamoró de él y le promete su colaboración, con la condición de que la lleve a Atenas y la tome por esposa.

»Accedió Teseo mediante juramentos y ella pide a Dédalo que le delate la salida del laberinto. Por indicación suya, le da un hilo a Teseo en el momento de entrar. Teseo, tras atarlo a la puerta, entra y lo va soltando. Halló al Minotauro en la parte más recóndita del laberinto, lo mató luchando a puñetazos y salió recogiendo el hilo.

»Durante la noche arriba a Naxos con Ariadna y sus muchachos. Allí Dioniso, enamorado de Ariadna, la secuestró y la condujo a Lemnos, donde se unió a ella y engendró a Toante, Estáfilo, Enopión y Pepareto.

»Teseo, entristecido por la pérdida de Ariadna, se olvidó en su regreso de aparejar la nave con velas blancas y Egeo, que vio desde la Acrópolis cómo la nave portaba velamen negro, en la creencia de que Teseo había perecido, se arrojó y desapareció de entre los vivos.

»Teseo asumió el poder en Atenas y mató a los hijos de Palante, en número de cincuenta. Del mismo modo, todos los que tenían intención de rebelarse fueron eliminados por él, así que obtuvo en solitario el poder absoluto.

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Epítomes  (8).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993

[10]. Resulta muy interesante analizar algunas cerámicas griegas en las que se describe el momento en que Teseo abandona a Ariadna, pues además de Dioniosio, el dios del sueño Hypnos (la figura alada) y los dos jóvenes, aparece Atenea. Por lo menos iconográficamente, parece claro que en el suceso intervinieron los dioses. Algunos ejemplos:

a) Teseo abandona a Ariadna bajo la atenta mirda de una diosa, que podría ser Atenea por la lanza y la cabeza de Medusa que lleva en la armadura. Hypnos sobrevuela a una despeinada Ariadna. (Stamnos de figuras rojas,  c. 400 a.C., Museum Collection: Museum of Fine Arts, Boston).

ariadna abandonada por Teseo

 

b) Esta vez sí que parece más claro que sea Atenea, con su inconfundible casco. (Lekythos de figuras rojas, c.460 a.C., Museo Archeologico Nazionale,
Taranto, Italia)

teseo y ariadna

 

c) Teseo se despide de Atenea mientras Dionisio se lleva a Ariadna, que inclina la cabeza como una bacante.

teseo y ariadna

 

d) Hermes, Teseo, Ariadna e Hypnos. (Kylyx ático de figuras rojas Tarquinia Museo Nazionale, Tarquinia, Italia. c. 490 a.C.)

teseo y ariadna

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El laberinto

Por las descripciones de los textos poca idea podemos hacernos de cómo era el laberinto construido por Dédalo, tan solo que era tortuoso y lleno de encrucijadas. Sin embargo, parece ser que en general lo imaginaban de planta rectangular y con paredes rectas, por lo que podemos inferir de algunas monedas del período clásico (aunque quizá esta estructura fuera por que con un molde recto se acuñaban con más facilidad, debo investigarlo).

Entre los modelos principales que he encontrado hay:

a) Mujer (¿Pasífae?, ¿Ariadna?) con diadema y laberinto de planta rectangular (la más frecuente)

moneda cretense

Knossos, Creta. c. 350-200 a.C.

el laberinto en una moneda cretense

(Abajo parece que pone Knoei, que no tengo ni papa de qué puede significar)

b) Mujer y laberinto en forma de esvástica

Moneda cretense

Knossos, Creta. AR Stater. c. 330–300 a.C.

 

 

c) Europa y laberinto

moneda cretense

Knossos, Creta. c.220 a.C.

 

europa y el laberinto

Knossos, Creta. c.220 a.C.

 

d) Otros: una figura masculina (¿Zeus?, ¿Minos? y un laberinto)

laberinto en moneda cretense

Knossos, Creta.

 

e) Otros: un atípico laberinto de planta circular

laberinto circular

Ática .Tetradrachm

 

Sobre monedas cretenses, en Internet encontré lo siguiente:

Sylloge Numnorum

Wildwings

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La muerte del Minotauro

Desde la muerte de Androgeo, por dos veces cada nueve años salió de Atenas un barco con siete muchachos y siete muchachas rumbo a Creta para ser sacrificados en el laberinto donde moraba el Minotauro. Pero cuando llegó el momento de enviar un tercer contingente, Teseo, el hijo de Egeo, se ofreció voluntario con la intención de poner fin al funesto castigo.

Antes de marchar, acordó con su padre que la nave alzaría velas blancas si volvía victorioso y negras si fracasaba en el intento.

ariadna

  Jhon William Waterhouse. Ariadna (1898)

Ariadna, rodeada de leopardos (quizá en referencia a los que más tarde se encontrará en el séquito de Dionisios) se encuentra en el palacio de Cnosos, al que acaba de llegar Teseo (en el navío que vemos al fondo).

Al desembarcar en Cnosos, capital de Creta, sedujo a Ariadna, una de las hijas de Minos, y la convenció de que le ayudara a cambio de llevársela consigo. Ariadna, enamorada, le pidió a su vez ayuda a Dédalo y entregó a Teseo un ovillo mágico que le permitiría encontrar la salida siguiendo el hilo desenrollado.

Teseo se adentró en el laberinto y, tal vez con una espada, tal vez con una maza, o incluso a puñetazos, terminó con la vida del aciago Minotauro. Luego recogió a Ariadna y partió rumbo a Atenas cuando la noche aún protegía sus pasos [1].

Teseo luchando contra el Minotauro

Teseo luchando contra el Minotauro. Krátera de figuras rojas (c. 470 a. C.)

En muchas cerámicas griegas se suele representar a Teseo a la izquierda sujetando por la cabeza al Minotauro que se encuentra a la derecha. Puede haberle clavado ya o no la espada, pero casi siempre empuña una, lo cual no deja de ser curioso pues en las fuentes suelen decir que lo mató con las manos o con una maza. El Minotauro a veces sujeta una piedra con la mano (recordemos en la Ilíada las pedradas que se metían los héroes cuando no disponían de un arma mejor)

En esta ocasión, el que aparece a la derecha del Minotauro parece ser que es Minos, pero en otras ocasiones se encuentran los muchachos y doncellas que acompañaron a Teseo (ánfora ática, c. 540 a.C., Museum of Fine Arts, Boston):

Teseo y el Minotauro

Además, también hay otras versiones en las que se dibuja una estructura simulando el laberinto (kylix ático de figuras rojas, British Museum, Londres):

teseo y el minotauro

En un ejemplar muy curioso que se conserva en el Museo Arqueológico de Madrid, Atenea acompaña a Teseo (kylix ático de figuras rojas, c. 410 a.C.):

teseo y el minotauro

 

Notas

[1]. Entre las diversas fuentes, valga como ejemplo el siguiente pasaje de Diodoro de Sicilia

«Al cabo de nueve años, Minos se presentó de nuevo en el Ática con una gran flota y recibió los catorce jóvenes que había pedido. Pero dado que Teseo estaba entre los que iban a embarcarse, Egeo acordó con el capitán del barco que, si Teseo lograba vencer al Minotauro, harían la travesía de regreso con las velas blancas izadas, mientras que si moría, lo haría con las negras, según la costumbre que ya había adquirido antes».

»Cuando hubieron desembarcado en Creta, Ariadna, la hija de Minos, se enamoró de Teseo, que se distinguía por su gallardía, y Teseo, después de conversar con ella y conseguir su ayuda, mató al Minotauro e, instruido por ella respecto a la salida del laberinto pudo salir sano y salvo».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

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Androgeo

Androgeo, uno de los hijos de Minos, marchó hasta Atenas para participar en los juegos que se celebraban durante la fiesta de las Panateneas y allí se hizo muy amigo de Palante, que planeaba hacerse con el trono de Atenas en lugar de Egeo. Fuera por esta razón o por otra, hizo que asesinasen a Androgeo mientras iba hacia Tebas a participar de otra fiesta.

Cuando Minos se enteró montó en cólera y marchó con su poderosa flota contra las ciudades del Ática. Enfurecido, le pidió a los dioses que el hambre y la sequía cayeran sobre Atenas y su padre Zeus le escuchó. Tras consultar a varios oráculos que les conminaron a acceder a los deseos de Minos, los atenienses claudicaron y, a cambio de su perdón, el rey de Creta les pidió que entregaran cada 9 años un grupo de muchachos y muchachas para que sirvieran de pasto del Minotauro [1].

Escila

Durante aquella campaña militar sucedió una triste historia. La flota de Minos llegó hasta la ciudad de Megara pero no consiguió tomar la ciudad. Mientras su rey, Niso, conservara un mechón rojo que tenía en la cabeza nadie podría conquistarla.

Desde lo alto de un torreón, su hija Escila observaba la batalla y cuando vio a Minos se enamoró perdidamente de él, tanto que hasta casi deseaba que el rey de Creta saliera victorioso para que se la llevara como rehén. De hecho, pensó, como era probable que Megara terminara capitulando, lo mejor sería que se derramara la menor sangre posible. Y así siguió cavilando hasta que, llevada por el amor, decidió traicionar a su padre y ayudar a su amado.

Al caer la noche, entró a hurtadillas en la alcoba paterna y le cortó el mechón que protegía la ciudad y el ejército cretense pudo conquistarla al llegar la mañana. Luego marchó Escila hasta la tienda de Minos y le confesó lo que había hecho por amor. Espantado, el rey la insultó y ordenó a sus hombres que preparasen su barco para huir cuanto antes del lugar donde se había perpetrado semejante delito. (No olvidemos que nos encontramos en Grecia, donde las mujeres debían respetar sumisas a todas las figuras masculinas de su existencia y, sobre todo, al padre y al marido).

Al ver que el navío de Minos levaba anclas, Escila primero le insultó despechada, pero luego se agarró desesperada al espolón del barco dispuesta a morir ahogada con tal de no dejarle marchar. Mientras tanto, Niso se había convertido en un águila marina –por razones que desconozco, tal vez por el dolor de verse traicionado por su hija– y se lanzó contra ella con la intención de matarla a picotazos. Por fortuna, los dioses se apiadaron de la muchacha y la transformaron en un ave, llamada Ciris, que remontó el vuelo escapando de su iracundo padre [2].

Escila

Escila se arroja al mar persiguiendo a Minos.
Grabado de una edición de Ovidio del siglo XVI.

 

Notas

[1]. La muerte de Androgeo

«De los hijos de Minos, Androgeo se fue a Atenas, a la celebración de las Panateneas, cuando Egeo era el rey; venció a todos los atletas en los juegos y se hizo amigo de Palante. Entonces Egeo desconfió de esta amistad de Androgeo, por temor a que Minos ayudara a los hijos de Palante y le arrebatara el poder, y tramó una maquinación contra Androgeo: cuando éste se dirigía hacia Tebas a una fiesta, hizo que unos nativos lo asesinaran a traición cerca de Énoe, en el Ática.

»Minos, informado de la desgracia de su hijo, llegó a Atenas para pedir justicia por el asesinato de Androgeo. Al no ser atendido por nadie, declaró la guerra a los atenienses y profirió maldiciones pidiendo a Zeus que la sequía y el hambre se instalaran en la ciudad de los atenienses. Y dado que en seguida sobrevinieron sequías y destrucciones de cosechas en el Ática y en Grecia, los jefes de las ciudades se reunieron y preguntaron al dios cómo podrían librarse de aquellos males.

»El dios les respondió por medio de un oráculo diciéndoles que fueran a ver a Éeaco, hijo de Zeus y de Egina, la hija de Asopo, y le pidieran que elevara plegarias en su nombre. Ellos hicieron lo que se les ordenaba. Éaco realizó las plegarias, y la sequía paró para el resto de los griegos, pero persistió de modo aislado para los atenienses.

»Por esta razón, los atenienses se vieron obligados a preguntar al dios respecto al modo de librarse de sus males. Entonces el dios les respondió por medio de un oráculo que se librarían si daban a Minos la satisfacción que pidiera por el asesinato de Androgeo.

»Los atenienses obedecieron al dios y Minos les ordenó que entregaran cada nueve años, como alimento del Minotauro, durante todo el tiempo que el monstruo viviera. Una vez que los hubieron entregado, los habitantes del Ática se vieron libres de aquellos males, y Minos puso fin a la guerra contra Atenas».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 60, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

Pausanias, sin embargo, sostiene otra versión más interesante. Androgeo habría muerto asesinado por el toro de Poseidón que Minos no había sacrificado y que Heracles había llevado hasta la Grecia continental. Una vez más, el delito de Minos se vuelve contra él provocando la desgracia en su linaje:

«En Creta, un toro devastaba todo el país, y especialmente la región del río Tetris. Antiguamente las fieras eran temibles para los hombres, como el león de Nemea y el del Parnaso, las serpientes de muchos lugares de Grecia, el jabalí de Calidón, el del Erimanto y el del Cromión en la tierra corintia, de modo que incluso se decía que algunas fieras nacían de la tierra, que otras estaban consagradas a los dioses, y que otras habían sido enviadas para castigo de los hombres; este toro dicen los cretenses que se lo envió a ellos Posidón porque Minos, que dominaba el mar griego, tributaba a Posidón un culto menos importante que a cualquier otro dios.

»Dicen que este toro fue llevado al Peloponeso desde Creta y que fue uno de los llamados doce trabajos de Heracles; y cuando fue soltado en la llanura de Argos, escapó a través del Istmo de Corinto hasta el territorio del Ática y hasta el demo de Maratón en el Ática, y dio muerte a todos los que encontraba y también a Androgeo, el hijo de Minos.

»Minos navegó con sus naves, contra Atenas, -pues no creía que ellos eran inocentes de la muerte de Androgeo- y devastó el país hasta que se le concedió llevar a Creta siete muchachos e igual número de muchachas para el legendario Minotauro, a vivir en el Laberinto de Cnoso.

»Se dice que después Teseo empujó al toro que estaba en Maratón hasta la Acrópolis y lo sacrificó a la diosa; la ofrenda es del pueblo de Maratón».

Pausanias. Descripción de Grecia (Libro I. 27, 10).
Traducción de María Cruz Herrero Ingelmo. Gredos, Madrid 1994.

En Apolodoro encontramos la versión de Pausanias, pero también otra en la que se culpabilizaba a unos rivales celosos del éxito de Androgeo:

«Egeo llegó a Atenas y organizó el certamen de las Panateneas, en el que Androgeo, hijo de Minos, venció a todos. Egeo lo envió contra el toro de Maratón, que lo aniquiló. Pero algunos aseguran que cuando viajaba hacia Tebas para participar en los juegos en honor de Layo, sus rivales le tendieron por envidia una emboscada y lo mataron.

»Cuando se tuvo noticia de su muerte, Minos que estaba en Paros ofreciendo un sacrificio a las Gracias, se quitó la corona de su cabeza e hizo parar las flautas, pero no realizó el sacrificio peor. Por eso incluso en la actualidad en Paros se les ofrecen sacrificios a las Gracias sin coronas ni flautas».

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 7).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993

[2]. Escila

La historia narrada por Ovidio sea quizá un poco extensa para leerla en un monitor, pero vale la pena el esfuerzo. Me gusta sobre todo la manera en que trata de que comprendamos las razones de Escila.

«Entretanto Minos saquea las costas de los Léleges,
y prueba su potencial bélico contra la ciudad
de Alcátoe, donde reina Niso. Tenía éste en plena coronilla,
en medio de sus venerables canas, un cabello resplandeciente
de púrpura, talismán de su invencible reinado.

»Por sexta vez reaparecían los cuernos de la luna creciente,
y aún era incierto el resultado de la guerra: largas horas
la Victoria sobrevuela ambos bandos con alas vacilantes.

»Había en palacio una torre, adosada a musicales murallas,
en las que el vástago de Leto, cuentan depósito
su lira de oro; sus tañidos quedaron adheridos a la piedra.
Allí solía subir con frecuencia la hija de Niso y golpeaba
los resonantes sillares con un diminuto guijarro, en tiempos
de paz; también en la guerra solía contemplar desde allí
los combates del fiero Marte, y ya conocía, dada la duración
de la contienda, los nombres de los paladines, y sus armas,
sus corceles, sus ropajes y sus aljabas de Cidonia. Conocía
más que ninguna otra la figura del caudillo hijo de Europa,
más incluso de lo que hubiera debido conocerla. Si Minos
había guarecido su cabeza bajo un casco con penacho de plumas,
ella lo encontraba hermoso bajo su yelmo; y si había embrazado
su escudo reluciente de bronce, le sentaba bien embrazar
el escudo. Si enarbolaba y arrojaba su flexible lanza,
la joven celebraba su fuerza y su destreza. Si montaba
una flecha y curvaba su descomunal arco, juraba ella
que tal era la pose de Febo cuando echa mano de sus flechas.
Pero cuando se quitaba el yelmo y descubría su rostro,
y, vestido de púrpura, montaba a lomos de su caballo blanco,
engalanado con bordadas gualdrapas, y gobernaba su hocico
espumeante, apenas era dueña de sí, apenas se mantenía
en su sano juicio. Feliz jabalina llamaba ella a la que él tocase,
y felices riendas a las que él empuñase en su mano.

»Ganas tiene, si pudiera, de llevar a través del ejército
enemigo sus pasos de doncella, ganas tiene de arrojarse
desde lo alto de la torre al campamento gnosio,
o incluso de abrir al enemigo las puertas de bronce,
o cualquier otra cosa que Minos quiera. Y estando sentada
contemplando la blanca tienda del rey dicteo, dice:
“No sé si alegrarme o lamentarme de que tenga lugar esta guerra
deplorable, lamento que Minos sea enemigo de quien le ama.
Pero si no hubiera guerra, jamás le habría conocido.
Ahora bien, podría aceptarme como rehén y abandonar
la guerra; me tendría como compañera y como prenda de paz.
Si la que te parió era tal cual tú eres, tú el más hermoso
de los reyes, con razón el dios se inflamó de amor por ella.
Tres veces dichosa, si pudiera deslizarme por los aires con alas,
posarme en el real del rey de Cnosos, confesarle quién soy
y mi pasión, y preguntarle por qué dote estaría dispuesto
a dejarse comprar, con tal de que no exigiera la ciudadela de mi padre.

»Porque, ¡al cuerno mis esperanzas de matrimonio antes que
alcanzarlas con la traición! Aunque muchas veces la clemencia
de un vencedor magnánimo hizo buena para muchos la derrota.
Justa es, sí, la guerra que libra por el asesinato de su hijo; tiene
la fuerza de su causa y la de las armas que sostienen su causa.
Seremos vencidos, creo. Y si ésa es la suerte que espera
a la ciudad, ¿por qué ha de ser su poderío bélico quien abra
estas murallas mías y no mi amor? Más vale que pueda vences
sin carnicería, sin demora y sin coste de su propia sangre.
Así al menos no habría de temer que algún ignorante hiera
tu pecho, Minos; pues, ¿quién hay tan cruel que ose dirigir
contra ti su mortífera lanza a sabiendas de quién eres?

»Me agrada el plan; estoy resuelta a entregarme y conmigo
a mi patria como dote, y a poner así fin a la guerra.
Pero no basta con querer. Un guardia custodia la entrada,
y las llaves de la puerta las tiene mi padre, sólo a él temo,
desdichada de mí, sólo él frena mis deseos. ¡Ojalá los dioses
hubieran querido que no tuviera padre! En realidad cada cual
es su propio dios; la Fortuna rechaza las súplicas de los cobardes.
Otra mujer, inflamada por tamaña pasión, hace ya tiempo que
habría destruido con placer cualquier cosa que obstaculizara
su amor. ¿Y por qué habría de ser otra más valiente que yo?
Me atrevería a pasar entre fuegos y espadas; pero en esto
no hay necesidad de fuegos ni espadas; sí necesito el cabello
de mi padre. Ese cabello es para mí más valioso que el oro,
esa púrpura me va a hacer dichosa y dueña de lo que ansío”.

»Mientras decía esto, sobrevino la noche, la mejor nodriza
de las cuitas, y con las tinieblas creció su audacia.
Era la primera hora del sueño, cuando el sopor se apodera
de los corazones fatigados por las cuitas del día; penetra
sigilosa en la alcoba paterna, y, ¡ay crimen!, la hija despoja
a su padre del cabello fatal, y, dueña de su criminal botín,
se lleva rauda consigo el despojo, rebasa la puerta, cruza
las líneas enemigas (tan grande es la confianza en sus servicios)
y llega hasta el rey, que se sobresalta cuando ella le dice:
“El amor me ha impulsado al crimen. Yo, Escila, hija del rey
Niso, te entrego los penates de mi patria y de mi hogar.
No pido ninguna recompensa, sólo a ti. Como prenda de mi amor
toma este cabello purpúreo, y no creas que te estoy entregando
un cabello, sino la vida de mi padre”. Y su mano parricida
le alargó el obsequio; Minos retrocedió ante el presente,
y, espantado ante la vista de aquel crimen inaudito, respondió:
“¡Que los dioses te destierren de su mundo, infamia
de nuestro siglo, y la tierra y el mar te sean negados”
Yo al menos no toleraré que la cuna de Júpiter, Creta,
que es mi mundo, sea tocada por tan abominable monstruo”.
Dijo y, tras imponer aquel justísimo legislados sus términos a los
enemigos capturados, ordenó soltar las amarras de su escuadra
e impulsar a fuerza de remos su naves de broncíneos espolones.

»Escila, visto que los bajeles habían sido botados y flotaban
en el mar, y que el rey no le daba el premio por su crimen,
agotadas las súplicas, da paso a un estallido de cólera,
y tendiendo las manos, fuera de sí, con los cabellos sueltos,
grita: “¿Adónde huyes, abandonando a la que tanto debes,
tú, a quien yo he antepuesto a mi patria y a mi progenitor?
¿Adónde huyes, cruel, tú cuya victoria es a la vez mi crimen
y mi buena acción? El obsequio que te he dado, mi amor,
mis esperanzas puestas todas en ti sólo, ¿no te conmueven?
Porque, si tú me dejas, ¿adónde voy a regresar? ¿A mi patria?
¡Vencida yace! Pero supón que subsistiera; por mi traición
está cerrada para mí. ¿Ante la presencia de mi padre?
¡El que yo te entregué! Mis paisanos me odian con razón;
los pueblos vecinos temen el ejemplo; del mundo entero
me desahucian, de suerte que sólo Creta está abierta para mí.
Si también de aquí tu me rechazas y me abandonas, ingrato,
no es Europa tu madre, sino la inhóspita Sirte, las tigresas
armenias y Caribdis alborotada por el Austro. Ni eres hijo
de Júpiter ni tu madre fue seducida por la imagen de un toro;
es falsa esa leyenda sobre tu linaje. Un toro de verdad,
un toro bravo y que jamás fue presa del amor de una novilla,
fue quien te engendró. ¡Castígame, Niso, padre mío! ¡Alegráos
de mis males, murallas que acabo de traicionar! Porque,
lo confieso, me he portado mal y merezco morir. Pero al menos,
¡que sea alguno de aquellos a quienes con mi impiedad
causé daño quien me dé muerte! ¿Por qué eres tú, que venciste
gracias a mi crimen, quien castigas mi crimen? ¡Que esta maldad
para con mi patria y mi padre sea para ti un buen servicio!
Bien digna de tener por esposo es la adúltera que engañó
con madera a un fiero toro y llevó en su vientre un feto híbrido.
¿Por ventura llegan a tus oídos mis palabras, o los vientos
se las llevan inanes, esos mismos vientos que se llevan, ingrato,
tus bajeles? Ya no me sorprende que Pasifae prefiriera,
antes que ti, al toro; tú tenías mayor ferocidad.

»¡Desdichada de mí! ¡Les ordena acelerar! Resuena el mar,
hendido por los remos, y la tierra, y yo con ella, ¡ay!, nos alejamos.
Nada conseguirás, Minos, en vano olvidado de mis favores.
Te seguiré a tu pesar, y abrazada a tu recurva popa, me dejaré
arrastrar por el vasto mar”. Apenas dicho esto, salta
al agua y nada en pos de los barcos (su pasión le da fuerzas),
y se aferra, odiosa compañía, al bajel del rey de Cnosos.

»Cuando le avista su padre (pues ya se cernía en los aires
recién convertido en un águila marina de alas leonadas),
se lanza sobre la aferrada con la intención de desgarrarla
con su curvo pico. Soltó ella, de miedo, la popa, y al caer
pareció que una ligera brisa la sostenía evitando que tocara
el mar. Eran sus alas; transformada en ave con plumas, Ciris
se llama; recibió este nombre por el cabello que cortó.
Minos cumplió su voto para con Júpiter, una hecatombe
nada más desembarcar y alcanzar la tierra de los Curetes,
y decoró su palacio colgando los despojos de guerra».

Ovidio, Metamorfosis. Libro VIII (5).
Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, Madrid 1995.

Apolodoro, sin duda menos romántico que Ovidio, sostiene por el contrario que fue Minos quien mató a Escila atándola a la popa de su barco.

«No mucho después, habiéndose adueñado [Minos] del mar, atacó con su escuadra a Atenas, tomó Megara durante el reinado de Niso, hijo de Pandión, y mató a Megareo, hijo de Hipómenes, que había acudido en auxilio de Niso por la traición de su hija. Pues tenía en medio de su cabeza un cabello purpúreo y existía un oráculo según el cual moriría si se le arrancaba. Pero su hija Escila, que se había enamorado de Minos, se lo arrancó. Minos, una vez que se hubo adueñado de Megara, ató a la muchacha por los pies a la popa y la hundió bajo el agua».

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 8).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993.

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Pasifae y Procris

Pasifae debía de ser una mujer de gran carácter, no en vano era hija de Helios, que no duda en saltarse todas las normas sociales para satisfacer sus deseos (cometiendo así adulterio y, encima, con un animal). Además, al igual que su hermana Circe, debía de tener amplios conocimientos de hechicería, como comprobó muy a su pesar el funesto Minos [1].

Pasifae y el Minotauro

El Minotauro en el regazo de Pasifae. Kylyx de figuras rojas (c. 330 a. C). Bibliothèque Nationale, París (Paris Bib.1066).

Me llama mucho la atención esta representación, en la que se humaniza cariñosamente a un sonriente Minotauro cuidado con mimo por su madre. La cesta quizá sea una de las que usaban los antiguos griegos para los bebés, pero el cisne no entiendo muy bien qué pinta ahí. Debo investigarlo.

El rey de Creta era un apasionado amante y un día, todo celos, Pasifae le lanzó una maldición. Cuando se acostaba con otra mujer, eyaculaba serpientes y escorpiones que perseguían a sus amantes hasta descuartizarlas.

Curioso fue el romance que tuvieron Minos y la hermosa Procris, una de las hijas de Erecteo, el mítico rey de Atenas. Procris estaba casada con Céfalo, pero a cambio de una corona de oro se acostó con Pteleón. El marido se enfadó, pues no en vano las mujeres gozaban de mucha menos libertad que los hombres, y Procris tuvo que huir hasta Creta.

Allí fue bien acogida por Minos, que se enamoró de ella. A cambio de un perro que jamás dejaba escapar las presas que perseguía y una jabalina que siempre acertaba en el blanco, Procris le dio una hierba de Circe con la que contrarrestar la maldición y se acostó con él [2].

Temerosa de que Pasifae se vengara cuando se enterase de la aventura de su marido, Procris marchó hasta Atenas, donde se reconcilió con Céfalo. Le dio entonces a la mujer un extraño ataque de celos y comenzó a espiar a su marido. Un día le siguió a escondidas cuando iba a cazar y por error, creyendo que tras unos matorrales se agazapaba una presa, Céfalo la mató con la portentosa jabalina [3]. 

procris

Piero de Cosimo. La muerte de Procris. National Gallery, Londres.

En una de las fábulas de Higinio se recoge una versión un poco distinta del mito de Procris y Céfalo pero que parece más coherente. En vez de Minos, es Artemisa quien le dio los regalos a Procris, que había huido hasta Creta por un desliz matrimonial provocado por Eos: como la diosa del alba quería acostarse con Céfalo pero él quería mantenerse fiel a su esposa, le propuso un acuerdo maquiavélico para disipar sus escrúpulos. Si Procris era la primera en irse con otro hombre, él debía irse con ella. Además, le entregó unos presentes con los que comprar los favores de su mujer y le cambió de aspecto para que nadie le reconociera.

Llegó así Céfalo a su casa y simulando ser un forastero le propuso a su esposa que se acostase con él a cambio de unos regalos. Ella aceptó y, tras darse un revolcón, Eos levantó el disfraz de Céfalo.

Asustada, Procris huyó hasta Creta, donde Artemisa se apiadó de ella y el regaló dos cosas con las que deslumbrar a su marido, cazador de profesión: una jabalina que nunca fallaba el blanco y un perro que siempre atrapaba sus presas.

Céfalo se rapó la cabeza, se vistió como un hombre y regresó junto a Céfalo para desafiarle. Sin reconocerla, aceptó el duelo y salieron a cazar los dos. A la vuelta, maravillado ante las proezas del forastero, Céfalo le pidió que le vendiera el perro y la jabalina, a lo que Procris respondió que solo lo haría si antes se acostaban juntos. Céfalo aceptó y cuando vio al forastero desnudo descubrió que era su esposa. Es de suponer que Artemisa también la habría camuflado de alguna manera pues de lo contrario vaya desastre de esposo que se había echado Procris, que solo la reconocía desnuda; pero en cualquier caso no deja de ser curioso que sea mediante un disfraz con lo que se deshace el entuerto causado, precisamente, por otro disfraz.

Ambos se reconciliaron y la historia podría haber tenido un final feliz si a Procris no le hubiera entrado un ataque fatal de celos. Desconfiando de que su marido se fuera con Eos, le siguió cuando salió de caza y él la mató por accidente con la jabalina de Artemisa [4].

Notas

[1]. Hay algo en la relación de Minos y Pasifae que me recuerda a la de Zeus con Hera. Un estudio interesante es comparar a Minos con Zeus, lo dejo para otro momento.

[2]. Son curiosos los presentes que acepta Procris a cambio de sus favores sexuales: una corona y útiles para la caza, todos correspondientes a la esfera masculina (las mujeres –aparte de Artemisa, la diosa cazadora– ni cazaban ni, mucho menos, tenían poder político alguno salvo en los mitos). Aunque quizá solo sea el resultado de una pretensión literaria, hacer que la mujer impía muera por la causa de su delito, la jabalina, una vez más vemos asociados elementos masculinos a una mujer que se escapaba de las convenciones sociales.

Por otra parte, Céfalo también había protagonizado otro episodio en el que había asumido un rol femenino: cuando había sido raptado por Eos, la diosa de la aurora.

[3]. Fuentes

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (3)

«Procris se casó con Céfalo, hijo de Deyón, y, tras aceptar una corona de oro, se acostó con Pteleón, pero descubierta por Céfalo se refugió junto a Minos, que se enamoró de ella e intentó seducirla.

»Pero si una mujer hacía el amor con Minos era imposible que conservara la vida; pues Pasifae, dado que Minos acostumbraba a tener relaciones amorosas con muchas mujeres, lo había hechizado y cada vez que se acostaba con alguna, lanzaba contra sus miembros fieras salvajes, y de esta forma perecían.

»Minos poseía un perro veloz y una jabalina certera y a cambio de ellos Procris se acostó con él, dándole a beber la raíz circea para que nada le dañara.

»Pero más tarde, por temor a la esposa de Minos se marchó a Atenas y, habiéndose reconciliado con Céfalo, acudió en su compañía a una cacería, pues era aficionada a la caza. Mientras ella perseguía una presa entre la maleza, Céfalo, sin reconocerla, lanzó contra ella su jabalina y acertándola la mató. Juzgado en el Areópago, fue condenado a destierro perpetuo».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

 

La muerte de Procris

Ovidio nos cuenta, en boca de Céfalo el fatal accidente que puso fin a la vida de Procris. Ella escuchó como su amado alababa la brisa y pensó que se trataba de una mujer llamada Brisa. Celosa, le siguió para descubrir a la tal Brisa y él la mató pensando que era una presa de caza.

«Mis alegrías, Foco, son el principio de mis penas;
primero te contaré aquéllas. Me agrada recordar, hijo de Éaco
una época dichosa, nuestros primeros años, cuando yo era feliz
con mi mujer y ella con su marido, como debe ser entre esposos.
Un afecto mutuo y el amor conyugal nos poseía a ambos;
ni ella hubiera preferido el matrimonio con Júpiter a mi amor,
ni había otra que me cautivara, aunque viniese la mismísima
Venus; llamas igual inflamaban nuestros corazones.

»Apenas el sol hería las cumbres con sus primeros rayos,
solía ir yo a cazar a los bosques con espíritu jovial,
y no solían acompañarme sirvientes ni caballos ni perros
de agudo olfato, ni tampoco las nudosas redes de lino;
estaba yo seguro con mi jabalina. Pero cuando mi diestra
estaba ya cansada de abatir fieras, buscaba yo el frescor
de la sombras y la brisa proveniente de los fríos valles.
Acalorado, era esta suave brisa lo que yo buscaba, la brisa
lo que yo esperaba, era ella el descanso de mis fatigas.
“Brisa, ven”, solía yo cantar (¡cómo me acuerdo!),
“deléitame y entra en mi regazo, deliciosa,
y, como sueles, alivia gustosa los ardores que me abrasan”.
Tal vez añadiera yo (así me arrastraba mi destino)
mil requiebros y acostumbrara a decir “tú eres
mi gran deleite, tú me reconfortas y acaricias,
tú haces que ame las selvas y los parajes solitarios,
y que ese aliento tuyo siempre lo aspire mi boca”. Alguien
prestó oídos a estas palabras ambiguas y las malinterpretó;
tomando el nombre tantas veces invocado de “brisa”
por el de una ninfa me cree enamorado de esta ninfa.

»Al punto, este imprudente delator de una culpa supuesta
corre a ver a Procris y entre susurros le cuenta lo oído.
Crédula cosa es el amor; por causa del repentino disgusto
cayó –según me cuentan- desvanecida, y cuando por fin volvió
en sí, se llamó desgraciada y mujer de infausto destino,
se quejó de mi perfidia y, espoleada por una culpa imaginaria,
temió lo inexistente, temió un nombre sin cuerpo, y sufre
la desdichada como si realmente hubiera una rival. Aun así,
muchas veces duda y en su angustia abriga la esperanza
de equivocarse, rehúsa dar crédito al delator, y si ella misma
no lo ve, no está dispuesta a condenar las faltas de su marido.

»Al día siguiente, la luminosa Aurora había ahuyentado la noche;
salgo, voy al bosque y, satisfecho por la caza, me tumbé
en la hierba y dije: “ven brisa, y alivia mi fatiga”.
De pronto me pareció oír como gemidos entre mis palabras;
aun así dije: “ven, grata como ninguna”.
Una hoja, al caer, produjo de nuevo un ligero ruido;
yo creí que era una fiera y lancé mi volandera jabalina;
era Procris, que, sujetándose la herida en medio del pecho,
grita: “Ay de mí”. Reconocí la voz de mi fiel esposa,
y corrí hacia su voz desesperado y enloquecido. Moribunda
la encuentro, sus ropas manchadas y salpicadas de sangre,
intentando arrancarse de la herida (¡desgraciado de mí!)
su propio regalo; levanto delicadamente en mis brazos su cuerpo
más querido que el mío, y rasgando su ropa desde el pecho,
vendo su cruel herida y trato de restañar la sangre
y le suplico que no me abandone convertido en criminal
por su muerte. Sin fuerzas y a punto de morir se esforzó
por decir estas pocas palabras: “por nuestros lazos conyugales,
por los dioses celestiales y los ya míos, los infernales,
por el bien que pueda haberte hecho y por el amor que aun
ahora al morir te profeso y es la causa de mi muerte, te ruego,
te suplico, que no permitas que Brisa ocupe mi lugar de esposa”.

»Así dijo, y entonces comprendí que había una confusión
de nombres, y se lo expliqué. ¿Pero de qué servía explicárselo?
Se derrumba, y sus pocas fuerzas huyen con su sangre,
y mientras aún puede mirar, me mira a mí, y en mí
y en mis labios exhala la desdichada su último aliento;
y por la expresión alegre de su rostro parece morir tranquila».

Ovidio, Metamorfosis. Libro VII (795).
Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, Madrid 1995.

 

[4]. «Procris, hija de Pandión. Céfalo, hijo de Deión, se casó con ella y, como se profesaban amor mutuo, se prometieron que ninguno de los dos yacería con otro.

»Pero Céfalo era aficionado a la caza y, al salir un día al monte muy de mañana, se enamoró de él Aurora [Eos], esposa de Títono, quien le pidió acostarse con él, a lo cual se negó Céfalo porque se lo había prometido a Procris.

»Entones Aurora dijo: “no quiero que faltes a tu juramento antes de que ella lo haya roto primero”. Así pues, lo convirtió en forastero y le dio bonitos presentes para que se los diera a Procris. Cuando Céfalo se presentó bajo esa apariencia, entregó a Procris los regalos y se acostó con ella. Entonces Aurora le privó de su imagen de forastero.

»Cuando ella vio a Céfalo, se dio cuenta de que había sido engañada por Aurora y huyó a la isla de Creta, donde cazaba Diana (Artemisa). Cuando Diana la vio, le dijo: “Sólo las vírgenes cazan conmigo y tú no eres virgen. Aléjate de esta reunión”.

»Procris le explicó sus desgracias y que había sido engañada por Aurora. Diana, movida por la misericordia, le entregó un venablo que nadie podía esquivar y el perro Lélape, al que no podía escapar ninguna fiera y le ordenó marchar y luchar contra Céfalo.

»Ella, por voluntad de Diana, se presentó ante Céfalo con la cabeza rapada y con vestidos de hombre, lo desafió y lo superó en la caza. Céfalo, cuando vio cuánto poder tenía el venablo y el perro pidió a su huésped, sin sospechar que era su esposa, que le vendiese el venablo y el perro.

»Ella se negó en principio, pero dijo: “Si de verdad deseas poseer esto, hazme el amor”. Él, inflamado por el ansia del venablo y el perro, prometió que lo haría.

»Cuando llegaron al lecho, Procris levantó su túnica y le hizo ver que era una mujer y su esposa. Aceptados los regalos, Céfalo se reconcilió con ella.

»Ella, desconfiando por completo de Aurora, lo siguió un día por mañana para espiarle y se escondió en la espesura. Al ver Céfalo moverse las ramas, lanzó su venablo infalible y mató a Procris, su cónyugue.

»Céfalo tuvo de ella a Arcesio y de éste nacería Laertes, el padre de Odiseo».

Traducción de Santiago Rubio Fenaz. Ediciones Clásicas, Madrid.

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Ya que hemos retrocedido en el tiempo para conocer algunos sucesos previos al fatal desenlace del mito del Minotauro, aprovechemos para ver algunos episodios significativos de Minos y su peculiar familia antes de la llegada de Teseo a la isla de Creta.

1.3. Glauco

A Crateo le pasaron algunos hechos curiosos que veremos más adelante; a Deucalión le cupo el honor de ser padre de Creta e Idomeneo, uno de los pretendientes de Helena, que ganó merecida gloria durante la guerra de Troya; y Androgeo murió joven por los recelos del rey de Atenas, Egeo. Ahora bien, al cuarto hijo de Minos, a Glauco, el destino le deparaba protagonizar un suceso asombroso: regresar de la muerte.

Cuenta Apolodoro que, cuando era aún un niño, Glauco se cayó en una enorme tinaja de miel mientras perseguía un ratón. Cuando advirtieron su ausencia, Minos consultó a los Curetes [1] dónde podía encontrarlo y estas extrañas criaturas le aconsejaron que reuniera a cuanto adivino se encontrase y les preguntara de qué color era una vaca tricolor que tenía en sus rebaños [2].

Así lo hizo Minos y fue el renombrado Poliido quien supo la respuesta: la vaca era del color de la zarzamora, cuyo fruto cambia de color a lo largo de la estación. Asombrado, Minos le preguntó dónde estaba su hijo Glauco y Poliido no tardó en descubrirlo gracias a su prodigiosa habilidad.

Tras sacar al niño muerto de la tinaja, Minos encerró al adivino con el cadáver en una tumba y le ordenó que lo devolviera a la vida. Ya a solas, Poliido estaba consternado. ¿Cómo iba a conseguir algo así? Vaticinar el futuro no era tan complicado para quien poseía el don y el conocimiento, pero rescatar a alguien de entre los muertos no era tarea baladí.

De pronto, una serpiente se acercó al cadáver. Temeroso de que Minos se enfadase si descubriera el cuerpo maltratado, Poliido mató a la serpiente de una pedrada. Entonces apareció una segunda serpiente que llevaba en la boca con un poco de hierba con la que recubrió a la primera, que al poco resucitó. Maravillado, Poliido cogió un poco de esa hierba y la puso encima del cadáver de Glauco que, como la serpiente, no tardó en volver a la vida [3].

Generoso debería haber sido Minos con Poliido por dvolverle a su hijo, pero ya hemos visto que era bastante ingrato y, en vez de premiarle, le amenazó con la muerte si no le enseñaba a Glauco el arte de la adivinación.

Como no le quedaba más remedio, Poliido le contó sus secretos a Glauco y se embarcó rumbo a Argos. Pero justo antes de partir le dijo al niño que escupiera en su boca y al hacerlo Glauco se olvidó de todo lo que había aprendido [4].

poliido y Glauco

Poliido y Glauco en la tumba. Kylix (c. 460 a.C.). British Museum, Londres.

En el interior de una tumba acampanada, Poliido a la derecha observa el suelo. Glauco está envuelto en un sudario y en la parte de abajo se distinguen las dos serpientes.

 

[1]. Los Curetes eran unos seres divinos que habían cuidado a Zeus cuando su padre, Cronos, quería matarlo. Lo custodiaron en una cueva muy profunda de la isla de Creta y para que Cronos no pudiera escuchar los infantiles lloros de Zeus se pasaban el día danzando y montando jaleo.

[2]. En la Antigüedad abundaban los augures. A diferencia de la religión católica, en la que los dioses rara vez hablan a los hombres, en Grecia y Roma los dioses estaban mucho más cerca de los humanos y se les consultaba cada vez que se iba a realizar una empresa importante. Algunos adivinos trabajaban en los templos y era casi el dios quien hablaba por su boca, pero además se encontraban en aldeas y ciudades gran cantidad de profesionales de la adivinación. (Te recomiendo que leas El asno de oro, de Apuleyo, si te interesa saber más sobre el mundo de los augures en la Antigüedad).

[3]. Según otras versiones, fue Asclepio, padre de la medicina, quien resucitó al pequeño Glauco, lo cual encajaría mejor con la aparición de una serpiente, animal con el que estaba asociado (como Atenea a la lechuza). Sin embargo, en muchas mitologías, no es raro que la serpiente aparezca en mitos relacionados con la muerte y la resurrección (lo que quizá se explique en parte por sus periódicas mudas de piel, el veneno con el que paraliza a sus víctimas, que luego pueden volver a la vida, y sus costumbres subterráneas).

[4]. Fuentes

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (3).

«Glauco murió cuando todavía era un niño al caer dentro de una vasija de miel mientras perseguía a un ratón. Ante su desaparición, Minos emprendió una afanosa búsqueda y consultó a los adivinos sobre la forma de hallarlo. Los Curetes le dijeron que entre sus rebaños poseía una vaca tricolor y que aquel que lograra adivinar su colorido también lograría devolverle vivo a su hijo.

»De entre todos los adivinos convocados Poliido, hijo de Cérano, comparó el color de la vaca con el del fruto de la zarzamora; y obligado a buscar al niño, logró hallarlo por medio de adivinación. Le dijo a Minos que debía recuperarlo vivo y lo encerró en compañía de un cadáver. Cuando se encontraba sumido en una gran perplejidad vio que una serpiente se aproximaba al cadáver; la mató de una pedrada, temeroso de morir también él si algo le sucedía al cadáver.

»Viene entonces otra serpiente y al ver el cadáver de la anterior se aleja, pero regresa en seguida trayendo hierba con la que recubre todo el cuerpo de la otra; y en cuanto la hierba fue depositada, resucitó. Poliido, tras contemplar aquello admirado, colocó la misma hierba sobre el cuerpo de Glauco y lo hizo revivir.

»Cuando Minos recobró al niño, no permitió a Poliido marchar a Argos sin que antes le enseñase a Glauco el arte de la adivinación y Poliido, forzado a ello, se la enseñó. Pero cuando estaba a punto de zarpar le ordenó a Glauco escupir en su boca; al hacerlo así Glauco olvidó el arte de la adivinación».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

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1.2. El crimen de Dédalo

La historia del Minotauro está muy ligada a la de Dédalo, por lo que conviene que retrocedamos un momento en el tiempo para saber por qué se encontraba exiliado en Creta.  

Cuentan los mitos que Dédalo era un ateniense cuyo linaje ascendía hasta Erecteo, uno de los reyes fundadores de la ciudad. Arquitecto, artista e inventor, su genio era extraordinario. Entre otros logros, se le atribuía un talento sin igual para la escultura (de hecho, fue el primero en alejarse del rígido modelos de los kouroi y korai).

Tomó como aprendiz a su joven sobrino Talo, hijo de su hermana Pérdix, el cual demostró también un gran ingenio (¿vendrá de este mito el dicho popular de que el aprendiz siempre supera al maestro?). A él le debemos, por ejemplo, el utilísimo compás. Un día, inspirándose en la mandíbula de una serpiente o en una espina de pez, Talo inventó la sierra y a Dédalo le dio ya tal ataque de celos que cogió al pobre muchacho y lo arrojó desde lo alto de la Acrópolis.

Lo más probable es que el chico se despeñase sin más, aunque Ovidio sostiene que Atenea le transformó en un ave ingeniosa de vuelos cortos (¿la perdiz?). El caso es que se descubrió el crimen y Dédalo fue condenado al exilio, una de las mayores penas que se le podía imponer a un ciudadano. Para su desgracia, el lugar donde decidió huir junto con su hijo Ícaro fue la Creta del implacable Minos [1].

Los Kouroi conocidos como Kleobis y Biton.
(c. 590 a. C.). Santuario de Apolo en Delfos (Grecia).

Cuentan los mitos que fue Dédalo quien por vez primera esculpió seres humanos alejándose del hierático modelo de los Kouroi.

Kurois

Notas

[1]. Fuentes

Entre los diversos autores que trataron esta historia, se encuentran Apolodoro, Ovidio y Diodoro, que ofrece la versión más completa.

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 8)

«Dédalo, hijo de Eupálamo, era un excelente arquitecto y el primer inventor de imágenes. Había huido de Atenas por haber precipitado desde lo alto de la Acrópolis a Talo, el hijo de su hermana Pérdix, que era alumno suyo, temeroso de que lo sobrepasase con su ingenio; pues una vez que se había encontrado una mandíbula de serpiente, había serrado con ella un delgado tronco.

»Descubierto el cadáver, fue juzgado en el Aerópago y, habiendo sido condenado, se refugió junto a Minos».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

Ovidio, Metamorfosis. Libro VIII (240)

«En efecto, ignorando el destino, la hermana de Dédalo le había confiado su hijo para que lo educase, un muchacho de doce años cumplidos y espíritu capaz para las enseñanzas. Éste incluso observó la espina central de un pez, tomó de ella modelo y talló una hilera de dientes en un hierro afilado, inventando así el uso de la sierra.

»También fue el primero que unió dos brazos de hierro mediante una juntura de tal manera que, separados por una distancia constante, uno permanece en el sitio y el otro traza un círculo.

»Dédalo sintió envidia y desde la sagrada ciudadela de Minerva [Atenea] lo arrojó de cabeza, fingiendo luego una caída; pero Palas, protectora del talento, lo recogió y convirtió en ave, y en medio de los aires lo cubrió de plumas; aunque pájaro, su antigua fortaleza y vivacidad de ingenio pasó a las alas y a las patas; en cuanto al nombre, subsistió el que antes tenía.

»Sin embargo, esta ave no remonta mucho el vuelo ni hace nidos en las ramas ni en las altas cimas; revolotea cerca del suelo, pone sus huevos en setos, y tiene miedo a las alturas al acordarse de su antigua caída».

Traducción de Antonio Ramírez de verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza, 1995.

Diodoro de Sicilia. Biblioteca Histórica. Libro IV (76, 1).

«Dédalo era de familia ateniense y se le consideraba uno de los Erecteidas, dado que era hijo de Eupálamo, hijo éste de Erecteo. Aventajaba notablemente a todos los demás hombres por sus dotes naturales y se dedicó con entusiasmo al arte de la construcción, a la ejecución de estatuas y al trabajo de la piedra. Fue inventor de muchos ingenios que contribuían al desarrollo de su arte y realizó obras que fueron objeto de admiración en muchos lugares de la tierra habitada.

»En la ejecución de estatuas superó de tal manera a todos los hombres que las generaciones posteriores forjaron sobre él el mito de que las estatuas que había esculpido eran absolutamente iguales a los modelos vivos; miraban y andaban, y en todos los aspectos guardaban las proporciones del cuerpo, de modo que la imagen modelada parecía un ser vivo.

»Al ser el primero en representar los ojos y en tallar las piernas separadas y asimismo las manos y brazos tendidos, era natural que fuera objeto de la admiración de los hombres. Los artistas anteriores, en efecto, esculpían sus estatuas con los ojos cerrados y con las manos y brazos caídos y pegados a los lados.

»Sin embargo, a pesar de ser admirado a causa de su amor por las artes, Dédalo fue desterrado de su patria, condenado por homicidio, por las razones siguientes: La hermana de Dédalo tuvo un hijo, Talo, que fue educado en casa de Dédalo cuando todavía era un niño.

»Al ser más dotado que su maestro, inventó la rueda de alfarero; y al encontrar casualmente una mandíbula de serpiente, se sirvió de ella para aserrar en dos una pequeña pieza de madera e imitó el cortante de los dientes. Así, cuando preparó una sierra de hierro y aserró con ella el material de madera que empleaba en sus trabajos, se consideró que había inventado una herramienta que sería de la mayor utilidad para el arte de la construcción. Inventó igualmente el compás y algunos otros ingenios por los que se granjeó gran fama.

»Pero Dédalo tuvo envidia del muchacho, y pensando que aventajaba largamente al maestro por su fama, lo asesinó alevosamente. Cuando lo sepultaba, fue descubierto, y cuando se le preguntó qué sepultaba, contestó que estaba enterrando una serpiente. Podría resultar sorprendente la singular circunstancia de que gracias al animal que había inspirado la construcción de la sierra se produjera, por medio de éste, el descubrimiento del asesinato.

»Acusado y condenado por homicidio por los miembros del Aerópago [el tribunal], se refugió primero en uno de los demos del Ática, cuyos habitantes recibieron por él el nombre de los Dedalidas. [77] A continuación huyó a Creta y, admirado por la fama de su arte, llegó a ser amigo del rey Minos.

Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

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