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// Publicado por primera vez en El laberinto.

En una entrevista muy interesante que me hizo Fernando Franco para El Faro de Vigo le decía que hay que matar a los dioses. Me refería a que resulta mucho más saludable si establecemos nuestro modelo de conducta a partir de la reflexión y no por fe. Es decir, es preferible pensar a creer, ya sea en una religión, en una ideología, en un sistema ético… Una cosa lleva a la otra y a la noche, mientras disfrutaba leyendo el Kalevala, pensé que sería divertido empezar una serie sobre dioses que se mueren. Empezamos con Bálder, un dios de la mitología nórdica.

BÁLDER

Bálder es el dios más hermoso de la mitología nórdica. Es hijo de Odín, la máxima autoridad del panteón escandinavo, y de Frig, diosa del amor y la fertilidad. Un día, Bálder soñó que iba a morir (1). Los dioses de la familia de los ases se inquietaron y el mismo Odín cabalgó hasta el Niflhel, en infierno más profundo del Helheim, los dominios de Hel, la reina de los muertos, en busca de algún signo premonitorio. Allí interrogó a una misteriosa bruja, pero solo consiguió saber que Bálder moriría a manos de su hermano Hod (2). Tras reunirse en consejo, los ases decidieron entonces pedir a todos los peligros que jurasen que jamás harían daño a Bálder. Tan solo quedó sin prestar el juramento el Muérdago, ya que Frig lo consideró inofensivo dada su juventud.

Los ases estaban tan contentos por haber salvado a Bálder que, reunidos en consejo (Thing), decidieron festejarlo a la vikinga, es decir, celebrando una fiesta colosal. Entre risas, los dioses empezaron a lanzar objetos contra Bálder para probar su invulnerabilidad. Uno tras otro, los objetos chocaban contra el cuerpo del dios sin hacerle mella alguna.

A Loki, dios del engaño y la traición, no le gustó nada que Bálder pudiera eludir su muerte y, disfrazado de mujer, consiguió que Frig le desvelase que el muérdago no había realizado el juramento. Cuando le tocó lanzar algo a Hod, el hermano ciego de Bálder, Loki cambió la flecha por una rama de muérdago y, sin que nadie lo advirtiese, guió el tiro mortal. Bálder cayó muerto al suelo ante la consternación e incredulidad de los dioses. En el sagrado lugar del consejo, nadie podía tomar venganza, pero poco después Odín y la giganta Rindr tuvieron un hijo, Vali, quien, después de llegar a la edad adulta en un solo día, dio muerte al pobre Hod quemándolo en una hoguera.

Todos los dioses acudieron entristecidos al funeral de Bálder. Entre otros, allí se encontraban Odín con Frig, acompañados de las valkirias, las doncellas guerreras que recogen a los muertos en batalla. Frey, señor de la vegetación, llegó en su carro tirado por el verraco Gullinbursti, que resplandece por la noche. Héimdal llegó a lomos de su caballo; y Freya, diosa del amor, conducida por sus gatos. Incluso, desde el lejano y helado Jötunheim acudieron muchos gigantes de la escarcha, los grandes enemigos de los ases.

Como era costumbre entre los vikingos, subieron el cadáver del dios a su barco, el Hringhorni, el más grande jamás construido, para que lo condujera a los lúgubres dominios de Hel. Dejaron el cuerpo sobre una pira y luego embarcaron también su caballo y sus bienes más preciados. Además, Odín dejó un anillo de oro llamado Dráupnir que era mágico y cada nueve noches generaba otros 9 anillos.

Luego trataron de botar el barco al mar, pero no consiguieron moverlo. Fueron entonces al Jötunheim en busca de una bruja giganta llamada Hyrrokkin, la cual vino al funeral montada sobre un monstruoso lobo conducido con una víbora a modo de riendas. Cuando descabalgó fueron necesarios hasta cuatro bersekir, guerreros furiosos, para dominar a la bestial montura.

La bruja giganta Hyrrokkin a lomos de su lobo, al que guía con riendas que son serpientes. Piedra DR284 del Monumento de Hunnestad (Hunnestadsmonumentet), en Marsvinsholm, al sur de Suecia.

Sin esfuerzo alguno,Hyrrokkin echó el barco al mar y, de la fricción, los troncos que servían de rodillo se incendiaron. Por una razón extraña, aquello enfureció a Thor y casi mata a la bruja con su Mióllnir si todos los dioses no lo hubieran impedido. Aún furioso, Thor santificó la pira funeraria en la que reposaba Bálder y la dio fuego. La esposa de Bálder, Nanna, enloqueció entonces de dolor y se arrojó a la pira en llamas. En ese momento un enano llamado Lit se acercó a Thor y el dios lo arrojó también a las llamas de un puntapié.

Frigg prometió todo su amor y aprecio a quien fuera capaz de traer a Bálder de vuelta entre los vivos desde las mansiones de Hel. Hérmod, hermano de Bálder, no se lo pensó dos veces y a lomos de Sleipnir, el caballo de ocho patas de Odín, se lanzó en su busca.

Después de nueve noches de viaje y atravesar el río Giol, donde se encontró con la giganta Modgud, que custodia el acceso al Helheim, siguió rumbo hacia el norte y hacia abajo hasta que llegó al reino de Hel. De un salto, Sleipnir cruzó la verja que protegía el espantoso lugar. Hérmod descabalgó y se dirigió hacia una casa donde se encontró con su hermano y su esposa. Pasó la noche con ellos y a la mañana siguiente pidió a Hel que les dejara volver con los dioses. Hel accedió a cambio de una condición: si todas las cosas del mundo, vivas o muertas, lloraban su pérdida, permitiría que Bálder regresara entre los vivos. Bálder le devolvió a Hérmod el anillo Dráupnir para que se lo entregara a Odín como presente y Nanna un paño y otros regalos para Frig.

A su regreso, Hermod informó a los ases y fueron a recorrer el mundo para pedirle a todas las cosas que lloraran la muerte de Bálder. Ya casi lo habían conseguido, tan solo les faltaba convencer a una bruja llamada Tok, que vivía en una cueva. Sin embargo, Tok se negó a lamentarse por Bálder, pues en realidad era Loki disfrazado, y el hermoso dios tuvo que quedarse en el reino de los muertos.

En general, la muerte Balder resulta complicada de interpretar. Enrique Bernárdez (3) piensa que la interpretación más plausible pasa por relacionarla con algún tipo de ritual de las sociedades guerreras germanas:

Esta interpretación ve en la muerte y resurrección de Baldr un falso sacrificio, el completo rito de iniciación de un joven guerrero. Sabemos que tales ritos existían, pues incluso Tácito lo menciona. Aquí podemos tener un ritual con las siguientes partes: (1) el neófito es sometido a un ataque masivo de los guerreros adultos; (2) muere figurada y ritualmente (3); recibe un sepelio igualmente ritual, en el que se le entrega su primer brazalete de guerrero; (4) nace a la nueva vida de guerrero adulto. Todo esto es plausible y habitual, a la vista de cómo son estos rituales en otras culturas y a partir de un breve comentario de Tácito, quien en el capítulo 24 de Germania nos cuenta cómo los jóvenes germanos se entretienen saltando y bailando entre lanzas y espadas para así probar su valor.

Sin embargo, aunque esta explicación es sugerente, como el propio Bernárdez señala:

Hay demasiadas cosas pendientes de explicación; el papel de Loki como instigador, por ejemplo, que introduce un cambio poco comprensible en sus maldades de trickster, siempre menos dramáticas y decisivas (4).

Además, esta hipótesis no cuadraría con la versión de la muerte de Bálder que aparece en la Gesta Danorum de Saxo Gramático, otra referencia importante para conocer la mitología escandinava. En ella se cuenta que los hermanos Hoterus y Balderus se enfrentaron porque Bálder quiere quedarse con la esposa de Hoterus, Nanna.

En cualquier caso, aún no vamos a aventurar más hipótesesis porque nos falta por recordar que Bálder al final sí que resucitará, pero será al final de los tiempos, cuando casi todos los dioses mueran durante el Ragnarok.

(Continuará…)

Notas

1. La fuente principal de la historia de Bálder, que difiere de la versión de Saxo Gramático, se encuentra en La alucinación de Gylfi (Gylfaginning), uno de los libros del Edda Menor de Snorry Stúrluson. Aquí transcribo la traducción de Luis Lerate. Alianza Editorial, 2008.

48. Entonces dijo Gangleri: -Gran hazaña fue la que Tor llevó a cabo en aquella ocasión. ¿Pero hay alguna otra historia más sobre los ases?

El Alto respondió: -Una historia puedo contarte sobre algo que tuvo mayor importancia para los ases. Este relato comienza con que Bálder el bueno soñó grandes y torvos sueños que presagiaban su muerte. Cuando les contó aquellos sueños a los ases, éstos celebraron consejo y se decidió pedir a todos los diferentes peligros que respetaran a Bálder. Frig les tomó juramento, que respetarían a Bálder el fuego y el agua, el hierro y todos los metales, las piedras, la tierra, la madera, las enfermedades, los animales, las aves, el veneno y las serpientes. Cuanto estuvo esto hecho y acordado, Bálder y los ases tuvieron una diversión, y fue que él se colocó en medio del consejo, y todos los demás se pusieron unos a dispararle, otros a golpearle, otros a tirarle piedras; pero hicieran lo que hicieran no le lastimaban, y todos consideraban aquello un gran honor para él.

Pero cuando vio esto Loki, hijo de Láufey, a él no le gustó que Bálder no sufriera daño. Marchó a Fensálir en busca de Frig tomando la apariencia de una mujer. Frig le preguntó entonces a aquella mujer si sabía que estaban haciendo los ases en el consejo. Ésta le respondió que todos le disparaban a Bálder y cómo él no sufría daño. Entonces dijo Frig: «¿Todas las cosas cosas han prestado juramento de respetar a Bálder?» Entonces respondió Frig: «Un tallo hay que crece al oeste del Valhalla y que se llama muérdago; éste me pareció muy joven para exigirle el juramento». Luego se marchó la mujer, y Loki cogió el tallo de muérdago y lo arrancó y se fue al consejo. Hod era el que estaba más afuera del corro porque era ciego. Entonces le dijo Loki: «¿Por qué no le disparas tú a Bálder?». Él respondió: «Porque no veo dónde está Bálder, y además no tengo ningún arma». Entonces dijo Loki: «Haz también tú igual que los demás y honra a Bálder como hacen los otros. Yo te indicaré dónde está. Arrójale esta vara». Hod cogió el tallo de muérdago y se lo arrojó a Bálder guiado por Loki. Aquel disparo atravesó a Bálder, que cayó muerto al suelo, y ésta ha sido la mayor desgracia que ha sucedido entre los dioses y los hombres.

Cuando Bálder cayó, todos los ases se quedaron sin habla y ni siquiera acertaron a echarle una mano; se miraron unos a otros y todos pensaron lo mismo sobre quién había sido el culpable, pero no podían tomar venganza, pues era aquél un lugar muy sagrado. Cuando los ases intentaron hablar, entonces fue llanto lo que salió, de modo que ninguno podía decir su pena a los otros con palabras. Odín sufrió más que nadie por esta desgracia por ser él quien mejor comprendía la gran merma y pérdida que suponía la desaparición de Bálder. Cuando los ases se calmaron, habló Frig y preguntó cuál de los ases quería ganarse todo su amor y aprecio tomando el camino al Hel a ver si lograba encontrar a Bálder y le ofrecía rescate a Hel, si ella permitía que Bálder regresara al Ásgard. Fue el llamado Hérmod el rápido, un hijo de Odín, quien estuvo dispuesto a hacer el viaje. Se sacó entonces a Sléipnir, el caballo de Odín, y Hérmod montó en aquel caballo y echó a correr.

Los ases cogieron entonces el cuerpo de Bálder y lo llevaron a orillas del mar. Hringhorni se llamaba el barco de Bálder; era un barco muy grande, y los dioses trataron de echarlo al agua para que Bálder partiera en él sobre la pira funeraria, pero el barco no se movió de su sitio. Se envió entonces al Jotunheim por una bruja de allá que se llamaba Hyrrokkin, y ésta vino montada sobre un lobo y con una víbora a modo de riendas. Cuando se bajó de su montura, Odín llamó a cuatro bersekir para que sujetaran al animal, pero no lo pudieron dominar hasta que no lograron derribarlo. Hyrrokkin se fue entonces para la proa del barco y al primer tirón lo sacó afuera, y de tal manera, que los rodillos se incendiaron y tembló toda la tierra. A Tor le dio rabia entonces y agarró el martillo, y le habría machacado la cabeza, si todos los dioses no le hubieran pedido que la dejara. El cuerpo de Bálder fue llevado al barco, y al ver aquello su esposa Nanna, hija de Nep, estalló de dolor y se murió; también a ella se la puso sobre la pira, y luego se le prendió fuego. Allá estaba Tor y santificó la pira con el Mióllnir. Ante sus pies apareció entonces corriendo un enano –Lit se llamaba– y Tor le dio un puntapié y lo lanzó al fuego y allá se abrasó. A aquella quema acudieron muchas clases de gentes. En primer lugar hay que citar a Odín, que fue con Frig y las valkirias y sus cuervos; Frey llegó en su carro tirado por el verraco Gullinbursti o Slidrugtanni; Héimdal llegó en el caballo que se llama Gulltopp, y Freya conducida por sus gatos. También acudieron muchos gigantes de la escarcha y de las montañas. Odín puso en la pira un anillo de oro llamado Dráupnir; tenía éste una virtud y era que cada nueve noches goteaban de él otros anillos de oro de su mismo peso. También el caballo de Bálder fue llevado a la pira con todos sus arreos.

En cuanto a Hérmod hay que decir que cabalgó nueve noches por oscuros y profundos valles, de modo que no vio nada hasta que llegó al río Giol y lo cruzó por el puente del Giol: éste está recubierto con oro brillante. Módgud se llama la muchacha que guarda el puente. Ella le preguntó su nombre y de qué gente era, y dijo que el día antes habían pasado a caballo por el puente cinco tropeles de hombres muertos, «pero no resuena menos el puente al pasarlo tú solo, y no tienes el color de los muertos. ¿Por qué vas por el camino al Hel?». Él le respondió: «Voy al Hel en busca de Bálder. ¿Has visto tú pasar a Bálder por el camino al Hel?». Ella le dijo que sí había cruzado Bálder el puente del Giol. «Y el camino al Hel sigue ahora para abajo y hacia el norte».
Hérmod siguió cabalgando hasta que llegó ante las verjas del Hel. Se bajó entonces del caballo y le ajustó la cincha, volvió a montar y metió espuelas: el caballo dio un salto tan grande sobre la verja, que ni siquiera le pasó cerca. Hérmod se dirigió entonces a la casa y bajó del caballo, entró en la casa y allá vio a su hermano Bálder sentado en el banco de honor. Hérmod pasó allí la noche.

A la mañana siguiente Hérmod le pidió a Hel que dejara regresar a Bálder con él, y dijo cuánto llanto había entre los ases, pero Hel respondió que ahora iba a verse si Bálder era tan querido como se decía, «y si todas las cosas del mundo, tanto vivas como muertas, lo lloran, entonces volverá con los ases, pero se quedará en el Hel, si alguien no está de acuerdo y no quiere llorar». Entonces se levantó Hérmod, y Bálder lo acompañó afuera de la casa, y cogió el anillo Dráupnir y se lo entregó a Odín como recuerdo. Nanna le envió a Frig un paño y otros regalos más, y a Fulla un anillo de oro para el dedo. Hérmod hizo después el camino de regreso y regresó al Ásgard, y contó todas las cosas que había visto y oído.

Los dioses enviaron entonces mensajeros por todo el mundo para pedir que lloraran y saliera Bálder del Hel y así lo hicieron todos los hombres y demás seres vivos, y la tierra y las piedras y los árboles y todos los metales; y seguramente has visto tú mismo cómo lloran estas cosas cuando pasan de la escarcha al fuego. Cuando ya regresaban los mensajeros tras haber cumplido su misión, hallaron una cueva en la que había una bruja que dijo llamarse Tok. Ellos le pidieron que llorara para que Bálder saliera del Hel. Ella dijo:

Con lágrimas secas Tok llorará
el que Bálder se vaya en la pira;
ni vivo ni muerto el del Viejo me importa
¡que Hel al que tiene retenga!

Se supone que en realidad era Loki, hijo de Láufey, el que ha causado más males que nadie entre los ases.

2. Este viaje de Odín, que parece no servir para nada, se recoge en Los sueños de Bálder (Baldrs draumar), uno de los cantos del Edda Mayor. En la traducción de Luis Lérate (Alianza, 2007):

1. A reunirse en consejo corrieron los ases,
las diosas todas junta tuvieron:
de esto trataron los grandes dioes,
por qué tuvo Balder maléficos sueños.

2. Se levantó Odín, el viejo gauta,
y encima de Sléipnir puso la silla;
cabalgó para abajo hasta el Niflhel,
se topó con un can que del Hel salió.

3. Chorreante de sangre su pecho tenía
y al padre de ensalmos mucho le aulló;
Odín prosiguió –resonaba el camino–
y llegó a la morada, la alta, de Hel.

4. Tiró ante la entrada Odín para el este,
donde él enterrada a la bruja sabía:
con lúgubre ensalmo cantó a la adivina,
que tuvo que alzarse y muerta le habló:

5. «Qué hombre es éste que yo no conozco,
que me hace venir en penoso viaje?
Me nevaba la nieve, me caía la lluvia,
me mojaba el rocío: llevo mucho de muerta».

6. «Végtam [El acostumbrado a los caminos] me llamo, soy hijo de Váltam [El que tiene trato con los muertos];
desde el Hel di tú, digo yo desde el mundo:
¿para quién se sembraron los bancos de anillas?
¿para quién se cubrieron, hermosos, de oro?».

7. «Hecho está ya el hidromiel para Bálder,
la clara bebida que escudo tapa.
Terrible temor a los ases agobia.
A la fuerza hablé, callaré yo ahora».

8. «No calles, oh bruja, que entera respuesta
quiero de ti, que me cuentes todo:
¿quién ha de ser el que a Bálder mate
Y al hijo de Odín le quite la vida?».

9. «Por obra de Hod nos vendrá el excelso,
él ha de ser el que a Bálder mate
y al hijo de Odín le quite la vida.
A la fuerza hablé, callaré yo ahora».

10. «No calles, oh bruja, que entera respuesta
quiero de ti, que me cuentes todo:
¿Quién esa muerte de Hod vengará
y a la pira echará al matador de Bálder?».

11. «Vali al oeste de Rind nacerá,
el que, hijo de Odín, peleará con un día:
ni lavará sus manos ni peinará su cabeza
hasta echar a la pira al matador de Bálder.
A la fuerza hablé, callaré yo ahora».

12. «No calles, oh bruja, que entera respuesta
quiero de ti, que me cuentes todo:
¿cuáles doncellas habrán de llorarlo
altos sus velos lanzando al cielo?».

[La bruja descubre de pronto que su interlocutor es Odín, no se sabe por qué, y le ordena marcharse]

13. «¡No eres tú Végtam, aquel que creí:
Odín eres tú, el viejo gauta!».
«No eres tú bruja ni sabia adivina:
madre de ogros, de tres, tú eres!».

14. «¡Ya márchate, Odín, y bien satisfecho!
Nadie ya más a verme vendrá
hasta el día en que Loki se libre y suelte
y les llegue a los dioses su ocaso final».

3. Enrique Bernárdez. Los mitos Germánicos. Alianza, 2002.

4. El pasaje de la Germania de Tácito al que hace referencia Bernárdez es este:

XXIV. Sus fiestas y juegos son siempre unos mismos en cualquiera junta. Algunos mancebos desnudos que tratan de este juego, se arrojan, saltando, entre las espadas y frameas. El ejercicio les ha dado el arte; y el arte, la gracia; pero no lo hacen por ganancia o salario, aunque es precio y paga de aquella su temeraria lozanía el gusto y aplauso de los que lo miran. Es mucho de maravillar que jueguen a los dados cuando no están bebidos, considerándolos como una ocupación seria; y lo hacen con tanta codicia y temeridad en ganar y perder, que cuando les falta qué jugar, la última parada y apuesta es la libertad y el cuerpo. El vencido se hace esclavo de su propia voluntad; y aunque sea más mozo y más robusto, se deja atar y vender; que tanta obstinación tienen en cosa tan mala, que ellos llaman cumplimiento de la palabra empeñada. Truecan de buena gana los esclavos de esta calidad, por librarse también de la vergüenza que causa tal victoria.

5. Sobre la muerte de Bálder, hay un artículo muy bueno que se puede leer on line: Francisco Javier Muñoz Acebes. El Dios que muere en la mitología germánica: Estudio, fuentes e interpretaciones en torno a Baldr. En Ilu, Revista de Ciencias de las Religiones. 2003, 8.

Dédalo y Völundr

Por diversos indicios podemos suponer que el personaje mitológico Dédalo está vinculado con el mundo de los herreros y que, probablemente, viajó con ellos a medida que se fueron extendiendo los metales por Europa. Además, conocemos por lo menos un caso seguro en el que se identifica a Dédalo con Völundr (o Wieland) el dios escandinavo de la metalurgia (el mito de la Völundr hus).

Hay otro caso en el que se advierten semejanzas entre Völundr y Dédalo. Se narra en una antigua leyenda escandinava conocida como El cantar de Völundr (Volundarkviđa), que se recoge en el Edda Mayor, una recopilación medieval de poemas escandinavos cuya antigüedad se remonta a siglos atrás.

Según esta leyenda, el rey de los lapones tenía tres hijos que se dedicaban a esquiar y cazar animales. El primero se llamaba Slágfid, el segundo Égil y el tercero Völundr. Durante sus viajes llegaron a Ulfdálir («Los valles del lobo») y construyeron allí una casa.

Una mañana descubrieron en la orilla de un lago cercano a tres mujeres con apariencia de cisne que estaban hilando lino. Eran valkirias y el que estuvieran tejiendo lino las relaciona con las nornas (1). Dos de ellas eran hijas del rey Hlódver: Hládgud Svánhvit («la blanca como el cisne») y Hérvor Álvit («la llena de ciencia»); y la tercera, Olrin, era hija de Kiar el de Válland (2). Cada hermano tomó por esposa a una mujer cisne: Slágfid se casó con Svánhvit, Égil con Olrin y Völundr con Álvit.

Después de siete años viviendo juntos, las mujeres cisne sintieron nostalgia de las tierras del sur desde donde habían llegado y se fueron volando. Los dos hermanos mayores se fueron en su busca, pero Völundr se quedó en Ulfdálir con la esperanza de que su esposa regresara algún día. Para regalárselo cuando volviera, talló un collar magnífico formado por 700 anillas de oro.

Cuando Nídud, el rey de Suecia, se enteró de que existía un collar tan espléndido mandó a sus hombres que se lo trajeran. Aprovechando que Völundr había salido de su casa, los soldados entraron y encontraron el collar. Sin embargo, no se atrevieron a robarlo y se limitaron a llevarse una anilla. Al regresar, Völundr se dio cuenta de que faltaba una anilla pero pensó que, ya de vuelta, se lo habría llevado su mujer Álvit. Mientras la esperaba, se quedó dormido y los soldados le aprisionaron.

Para impedir que huyera, Nídud ordenó que le cortaran los tendones y que lo abandonaran en un islote enfrente de la costa llamado Sevarstad («El enclave del mar»). Además, se quedó con su espada y dio la anilla de oro a su hija Bódvild.

Tan solo el rey se atrevía a ir hasta Sevarstad, donde Völundr permanecía prisionero fabricando todo tipo de piezas valiosas. Pero Völundr no se dio por vencido. Durante las noches, construyó unas alas y realizó unas alhajas que atrajeron la atención de los dos hijos de Nídud. Los hermanos fueron en secreto hasta el islote y Völundr aprovechó que estaban mirando embelesados el interior de un arca para cortarles la cabeza. Con sus cráneos talló dos copas recubiertas de plata y se las entregó al rey; con sus ojos, piedras preciosas que envió a la reina; y con sus dientes, broches preciosos que regaló a Bódvild. Luego arrojó sus cuerpos al foso del palacio de tal manera que solo sobresaliesen sus piernas y todos pensaron que los niños habían muerto al caer por descuido.

Días después, a Bódvild se le rompió la anilla de oro y fue hasta el islote para que Völundr la arreglase. El herrero se mostró muy cordial. Le ofreció un vaso de cerveza, Bódvild bebió confiada y cayó dormida víctima de un narcótico. Völundr aprovechó para violarla, dejándola embarazada, y luego salió volando con las alas que había construido.

Antes de irse, se acercó al palacio de Nídud y, a cambio de que le prometiese que no haría daño a Bódvild, le contó la terrible verdad sobre la muerte de sus hijos mientras se marchaba volando entre carcajadas.

Como vemos, las desventuras de Völundr recuerdan a las de Dédalo en Cnosos. Algunos parecidos y diferencias son:

a) Dédalo también debía trabajar para Minos, aunque llegó a la isla por su propio pie, exiliado de su Atenas natal por el asesinato de su sobrino Pérdix.

b) Cuando descubrió que había ayudado a Ariadna y Teseo, Minos encerró a Dédalo en el laberinto, que equivaldría al islote de Sevarstad.

c) Völundr se muestra mucho más cruel que Dédalo, pero hay que tener en cuenta que entre los vikingos la venganza violenta no estaba mal vista. Cuando no podían o querían llegar a un acuerdo económico que compensase las pérdidas, era normal que las familias se enfangasen en largas venganzas durante años.

d) Aunque esta coincidencia no parece relevante, Völundr y Dédalo tienen un hijo en la corte del rey: Völundr con Bódvild, sin su consentimiento, y Dédalo con Náucrate, una esclava de la que no sabemos nada más que fue la madre de Ícaro.

e) Nídud mutila a Völundr, mientras que Minos se limita a encerrar a Dédalo sin hacerle daño. Sin embargo, el dios de los herreros Hefesto, que guarda una estrecha relación con Dédalo, sí que se había quedado cojo desde que Zeus lo despeñó desde lo alto del Olimpo. De todas maneras, en general, los personajes mitológicos vinculados con el mundo de los herreros suelen ser cojos, lo cual quizá esté relacionado con la costumbre de lisiarlos para que no se fueran a otro lugar.

f) Pero el parecido más importante es que los dos destacan por sus habilidades artesanas y su ingenio, y que escapan volando de sus respectivos captores, unos reyes tiránicos e injustos (3). Es improbable que esta similitud sea fruto de la casualidad.

Por lo tanto, parece que Völundr y Dédalo presentan las suficientes semejanzas para pensar que están relacionados. Sin embargo, no está claro el origen de este nexo. ¿Derivan ambos de un dios de los herreros que se extendió por Europa durante la incorporación de los metales? ¿Adaptaron los germanos algunos pasajes del mito de Dédalo a su propio dios de los herreros cuando entraron en contacto con los romanos? ¿Se produjo esta confusión durante la cristianización de Escandinavia, hacia el siglo XI, cuando gracias a los monjes cristianos se empezaron a conocer los mitos griegos?

Para responder esta cuestión, dada la escasez de textos sobre Escandinavia y los germanos antes de la llegada del cristianismo, debemos acudir a la arqueología y ver si existe alguna representación de esta historia de Völundr que nos permita situarla en alguna época.

La representación más antigua que conozco se encuentra en un fragmento de la llamada piedra Ardre VIII, una piedra tallada con dibujos e inscripciones vikingas datada entre los siglos VIII y IX. Esto significa que la conexión entre Völundr y Dédalo puede remontarse, cuanto menos, hasta época vikinga: ¡fascinante!

Arder

Fragmento de la Ardre VIII. Swedish Museum of National Antiquities. Estocolmo. De izquierda a derecha vemos a Bódvild, luego a Völundr con sus alas, su herrería y, por último, los dos hermanos muertos.

Notas

1. Según el Edda Menor, había tres nornas principales relacionadas con los seres humanos –Urd, Verdandi y Skuld–, pero además había otras nornas de las familias de los dioses, de los seres humanos, de los elfos y de los enanos. Parece ser que los vikingos creían que todo el mundo tenía asociado una norna, que podía ser buena o mala, que tejía su destino al nacer.

2. Luis Lérate señala la posibilidad de que este nombre estuviera relacionado con César el de la Galia.

3. En la Historia de los reyes de Britania, escrita hacia el año 1130, el obispo galés Geoffrey de Monmouth menciona otra persona habilidosa que se construyó unas alas, el mítico rey Bladud, aunque en su caso el intento de volar terminó fatal:

«Este Bladud fue un hombre extremadamente ingenioso e introdujo las artes mágicas en Britania. No dejó de llevar a cabo prodigios hasta que, habiéndose fabricado unas alas, trató de levantarse por los aires y cayó sobre el templo de Apolo, en Trinovanto, haciéndose trizas».

Curiosamente, Bladud, cuyo nombre recuerda al de Dédalo, también destacó por sus labores de ingeniería hidráulica (recordemos que Dédalo construyó una piscina y unas termas en Sicilia):

«Sucedió a Hudibrás su hijo Bladud, que gobernó por espacio de veinte años. Construyó la ciudad de Kaerbadum, que ahora se llama Bath, e instaló en ella termas de uso público bajo la advocación de Minerva, en cuyo santuario dispuso fuegos inextinguibles que no se convertían nunca en cenizas, sino que, cuando empezaban a consumirse, se volvían bloques de piedra [¿lava?]».

(Traducción de ambos fragmentos de Luis Alberto de Cuenca y Prado en Alianza Editorial, Biblioteca Artúrica).

4. El cantar de Völundr puede leerse en la traducción de Luis Lérate. Edda Mayor, Alianza Editorial, Madrid, 1986.

* Artículo publicado originalmente en www.mmfilesi.com

El Laberinto

Hace ya tiempo que no actualizo nada de este blog. La razón es que durante el último año he estado muy liado preparando un libro que acaba de publicarse: El laberinto, historia y mito. Puedes encontrar información sobre el libro en un nuevo blog que acabo de estrenar, El laberinto (^^ eso es originalidad, eh?). Está en: www.mmfilesi.com


Minos, ese patán

Los griegos tenían una percepción contradictoria del rey Minos. Por un lado –sobre todo en las fuentes más antiguas, como Homero– aparece como un sabio, un gran legislador de tan alta fama que junto con su hermano Radamantis se encarga de legislar el reino de los muertos. Hijo y confidente de Zeus, se le hacía el primer gran rey de la historia, fundador de ciudades, azote de piratas, señor de los mares: todo lo cual quizá sea recuerdo del apogeo minoico, la primera civilización europea. Pero al mismo tiempo se le muestra como un mentecato orgulloso: peca de hybris (arrogancia) frente a Poseidón, su mujer le engaña con un toro y encima le maldice de una forma espantosa, su hija le deja por un extranjero, sin saber bien qué ha sucedido con su hijo Androgeo organiza una campaña militar contra todo el Ática, se muestra ingrato con Poliidoro, le dan furibundos celos los logros de Radamantis, pierde la cabeza por las mujeres, Dédalo le toma el pelo, Teseo consigue derrotarle, muere ¡en la bañera! a manos de unas adolescentes… en fin, es un auténtico desastre.

De hecho, en el Minos de pseudo Platón ya se señalaba esta contradicción en un diálogo clave para intuir cómo percibían a Minos en la Atenas clásica. Sócrates le explica a un anónimo discípulo que de Minos tenían muy alta concepción Homero y Hesíodo, como prueba, entre otras cosas, que le hicieran tan amigo de su padre Zeus, al que consultaba una vez cada nueve años. Entonces, le pregunta perplejo el discípulo:

«Discípulo. –Entonces, Sócrates, ¿por qué se ha difundido esta fama de Minos como persona ignorante y cruel?

»Sócrates. –Por la misma razón por la que tú, mi buen amigo, y cualquier otra persona que tenga interés en mantener su buena reputación, te guardarás muy mucho de hacerte odioso a ningún poeta. Pues los poetas tienen mucho poder en el prestigio de las personas, según el sentido en que compongan sus poemas, elogiando o hablando mal de la gente. Es precisamente en eso en lo que cometió un error Minos, haciendo la guerra a esta ciudad [Atenas], en la que, entre una gran cantidad de sabios, hay también toda clase de poetas de todo género, y especialmente trágicos» [1].

Y también Plutarco se hace eco de esta contradicción entre el Minos que nos cuentan los antiguos mitos y la imagen que había quedado de él tras su paso por la Atenas clásica:

«Parece, pues, que es realmente grave ser mal visto por una ciudad que tiene voz y arte. Así Minos siempre ha sido zaherido e insultado en los teatros áticos, y ni Hesíodo le sirvió de ayuda al llamarle con el epíteto de “el más regio”, ni Homero con el de “íntimo de Zeus”, sino que prevalecieron los trágicos difundiendo desde el estrado y la escena mucha infamia contra él, como si hubiera sido cruel y violento». (Vidas paralelas, Teseo, 16, 3)

Así pues, podemos imaginarnos ya un poco mejor qué pensaban en Atenas, motor de la cultura griega, cada vez que Minos aparecía en una narración. Los eruditos, como Tucídides, podían reconocerle una aureola de prestigio por su condición de monarca y legislador, pero parece ser que para la mayoría era el malvado de la película. Parte de sus acciones se explican, por tanto, por su propia naturaleza. Es al despótico Minos, y no al Minotauro, a quien hay que derrotar. Minos es un arrogante rey injusto, uno que pierde toda dignidad por ir detrás de las mujeres, es de torpe inteligencia, ingrato. Sí, los cretenses podrían disfrutar de un pasado legendario, alardear de su isla, cuna de dioses, pero su monarca más renombrado es un auténtico patán, todo lo contrario que el héroe por excelencia de Atenas, Teseo.

Y lo que es aún más importante: en el siglo V a.C. Esparta, la archienemiga de Atenas, se vanagloriaba de que su Constitución era de origen cretense. Así, por ejemplo, dice Plutarco refiriéndose a Licurgo, el proverbial legislador espartano:

«De este modo partió y, primeramente, llegó a Creta. Y tras conocer las instituciones de allí y entrar en contacto con los hombres de fama más sobresaliente, de unas leyes sintió admiración y las tomó con la idea de trasladarlas a la patria y servirse de ellas, a otras no les dio importancia» [2].

Por tanto, podríamos inferir que los atenienses no solo estaban caricaturizando el pasado mítico de los cretenses, sino también (¿y sobre todo?) el de los espartanos. Esparta, que tan orgullosa se mostraba de sus férreas leyes, de su sabio Licurgo, debía su organización al más patán y cruel de los monarcas, a Minos, al gran derrotado por los dos atenienses Teseo y Dédalo. Y este detalle, seguro, no escapaba a los sagaces ciudadanos de Atenas, donde el reflexionar sobre cada matiz de un mito o discurso era costumbre desde el alba hasta el anochecer.

Notas

[1]. Pseudo Platón. Minos, 318 y ss.
Traducción de Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó. Madrid, Gredos, 1992

[2]. Plutarco, Vidas paralelas, Licurgo 4, 1.
Traducción de Aurelio Pérez Jiménez. Gredos, Madrid, 2000

// Entrada original publicada en mi web: www.mmfilesi.com

La verdadera historia…

Ya está publicado el último libro de Daniel Tubau, La verdadera historia de las sociedades secretas. Lejos de las conspiranoias, pero reconociendo el peso que algunas de estas sociedades han tenido en el devenir histórico, en este documentado ensayo Tubau nos describe con su habitual buen humor las principales sociedades secretas desde la Antigüedad al mundo contemporáneo.

Entre las diversas virtudes del libro me gustaría destacar la lucidez con que criba la extenuante información que existe sobre las sociedades secretas más afamadas. Incluso para quien cuenta con ciertos conocimientos históricos, es tal el ruido que rodea a templarios, masones o rosacruces, por ejemplo, que resulta imposible saber algo de ellos sin tropezar con textos disparatados que nos desvían del rigor histórico. Sin embargo, el libro de Tubau nos conduce por la espesura de la especulación trivial, separando las hipótesis de los hechos, la ficción de la realidad, para mostrarnos las sociedades secretas tal cual eran, con sus luces y sus sombras.
Por otro lado, como siempre sucede con la obra de Tubau, paradigma de inquietud renacentista, los temas se entremezclan y a partir del microcosmos de una sociedad secreta nos propone un sinfín de reflexiones sobre materias tan apasionantes como la Cábala, la magia o el hermetismo.

En suma, este delicioso ensayo, que se lee en un santiamén y que despierta el apetito por la investigación, resulta imprescindible para todo aquel que quiera conocer la verdadera historia de las sociedades secretas y su influencia en el desarrollo de nuestra historia, de nuestra cultura.

Da non perdere

Contextos

En los últimos meses he estado muy atareado y he dejado algo descuidado el blog. Aún me queda un mes intenso de trabajo, pero iré poniendo notas breves que espero poder desarrollar cuando ande más desahogado.

Suele ser habitual dar por sentado que la percepción moral que tenemos hoy en día sobre algunos personajes y situaciones míticas sea la misma que había antaño; pero siempre conviene bucear por las fuentes para comprobarlo. Dos ejemplos.

1. En El banquete, por boca de Fedro, quizá en clave de humor, Platón parece ironizar sobre Orfeo. En vez de ser un adalid del Amor que va en busca de su amada, sería un bellaco que no se atreve a ir con ella suicidándose:

«En cambio a Orfeo, el hijo de Eagro, le despidieron del Hades sin que consiguiera su objetivo, después de haberle mostrado el espectro de la mujer en busca de la cual había llegado, pero sin entregársela, porque les parecía que se mostraba cobarde, como buen citaredo, y no tuvo el arrojo de morir por amor como Alcestis, sino que buscó el medio de penetrar con vida en el Hades. Por esta razón, sin duda le impusieron también un castigo e hicieron que su muerte fuera a manos de mujeres».

2. En el Laberinto de Fortuna, Juan de Mena pone a Eneas entre los traidores pues (sin darse cuenta de que es obligado a marchar por los propios dioses) debería haberse quedado a luchar.

En este sentido, es fundamental manejar la Genealogía de los dioses de los gentiles de Giovanni Boccaccio para comprender la interpretación que de los mitos hicieron en el renacimiento.

Amor López Jimeno ha preparado una edición muy interesante, en Akal/Clásica, sobre textos griegos de maleficio (Madrid, 2001).

Como nos explica Amor López, además de referencias en Platón y otros autores a magos de diversa naturaleza, se han encontrado documentos que prueban directamente la práctica de magia negra en la antigua Grecia. Son unas tablillas, casi siempre en bronce, en las que se escribían maldiciones o conjuros amatorios.

Al parecer, se escogía el plomo por su tacto frío, su color grisáceo y su pesadez, como se puede inferir por ejemplo de esta maldición:

(DTA 67) El Pireo, siglo III a.C.

«[...] Así como estas palabras están frías y al revés, así se vuelvan frías y al revés las palabras de Crates y de los delatores que están con aquéllos [...]»

Como toda magia simpática, se espera proyectar las cualidades del objeto contra el sujeto. Es decir, se pretende convertirlo en plomo (supongo que por su color negro es fácil asociarlo a la putrefacción). Aunque sospecho que también influiría la naturaleza tóxica de este material pues si se tiene un contacto prolongado con el plomo se acumula en el cuerpo y puede dar lugar a todo tipo de molestias graves.

El caso es que estas maldiciones se escribían sobre todo en tablillas de bronce rectangulares, que luego se dejaban cerca algún difunto, a ser posible de muerte prematura (joven) o violenta, en corrientes de agua o pozos inutilizados, o en las proximidades de algún templo dedicado a una divinidad ctónica (de la tierra, el inframundo, como Gea, Hécate, Perséfone, Plutón, Tifón y, sobre todo Hermes Retenedor). De esta manera, se esperaba que el alma del difunto cooperase en la maldición obligada por el conjuro.

En muchas tablillas, la maldición es contra la lengua del maldecido, lo cual no es de extrañar si pensamos que en una sociedad como la griega, donde el chismorreo y la tertulia eran el principal canal de información, ser objeto de habladurías debía de resultar bastante molesto.

(DTA 96). El Pireo, siglo III a.C. Hallada en una tumba

«A Mición yo lo cogí y le até con un conjuro la lengua y el alma y las manos y los pies, y si va a pronunciar alguna palabra maligna sobre Filón, que su lengua se convierta en plomo. Pínchale además la lengua, y que sus bienes, ya sean los que posee ya sólo los que maneje, se le vuelvan vanos, se le echen a perder y le desaparezcan. MICIÓN».

Muchas maldiciones áticas van dirigidas contra abogados o personas con las que tienen algún tipo de conflicto legal.

(DTA 94). Patisia, siglo III a.C.

«Señor Retenedor, ato con un conjuro a Diocles, porque es mi oponente, la lengua y las entrañas y a todos los ayudantes de Diocles, y su discurso y sus testimonios y todas y cada una de las reclamaciones legales que esté preparando contra mí. Retenlo.

»Que Diocles no gane ninguno de los procesos que está preparando contra mí. Que los ayudantes de Diocles y el propio Diocles sean inferiores a mí ante todo el tribunal y que Diocles no alcance justicia alguna».

Pero otras muchas también van contra mujeres que trabajan en tabernas y burdeles, que en su mayoría parece que estaban regentados por las propias mujeres.

(DTA 68). El Pireo, siglo III a.C.

«[...] Dífila, manos y pies y lengua y pies y burdel y todas las cosas del burdel. Posis, manos y pies y lengua y el burdel y todas las cosas del burdel [...]»

Además del texto de la tablilla, se debían realizar diversos rituales, pero parece que lo más importante era lo del nudo. Las maldiciones “atan” una y otra vez al maldecido con un elemento del reino de los muertos, ya sea un dios ctónico, un difunto prematuro o el propio plomo (frío e inanimado), como podemos leer en la siguiente maldición encontrada enrollada dentro de un cilindro.

(DTA 105). Ática, siglo III a.C.

«Hermes subterráneo, que Pitóteles quede atado mágicamente a Hermes subterráneo y a Hécate subterránea, su lengua y sus palabras y sus obras [...]»

O en esta otra de un señor que debía de tener un mal carácter de cuidado:

(DT 50). Atenas, siglo IV a.C.

«Hermes Retenedor y Perséfone, retened el cuerpo y el alma y lengua y pies y obras y decisiones de Mirrina, la mujer de Hagnóteo de El Pireo hasta que descienda al Hades consumida.

»Hermes Retenedor y Perséfone, retened el alma y cuerpo y pies y manos y obras y decisiones y lengua de Partenio y de Apolonio, los hijos de Hagnóteo.

»Hermes Retenedor y Perséfone, retened el alma y cuerpo y pies y manos y obras y decisiones y lengua de Euxeno, el pariente de Mirrina, hasta que descienda al Hades.

»Hermes Retenedor y Perséfone, retened las obras y almas y lengua y decisiones de Hagnóteo y de Mirrina y de Partenio y de Apolonio y de todos los parientes de Hagnóteo, tanto presentes como antepasados.

»Y no ceséis hasta que desciendan al Hades».

Resulta curioso que en los textos áticos más tardíos uno de los dioses más invocados, junto a Hécate triforme, patrona de la magia oscura, sea el mismísimo Tifón.

 

(SGD 23). Atenas, siglo III

«Babarphorbarbabor (…) borfabaie, poderoso Tifón, te entrego a Eros, al que parió Isigenia, para que lo trastornes, a él y su mente, y (lo trastornes) en tu oscura atmósfera, y a los que están con él, para que los encadenes a la iniluminada eternidad del olvido, lo congeles, y destruyas todas las cosas que vaya a hacer; para que lo congeles y no permitas lo que va a hacer. Pero si Eros se empeña en lo que va a hacer, Morzoune Alchine Perperzarona Iayaye, te entrego a Eros, al que parió Isigenia, poderoso Tifón [...]»

En resumen, un libro muy curioso que nos permite entender un poco mejor la concepción griega del mundo de los muertos.

Se puede encontrar más información en un interesante artículo de Ana María Vázquez Hoyos (a la que le estoy muy agradecido por el trabajo que realiza de divulgación on line):

Aspectos mágicos de la antigüedad III. La magia en las tabellae defixionum  hispanas

tablilla de plomo

Tablilla de plomo

La muerte de Minos

Dédalo siguió huyendo hasta que llegó a Sicilia, donde se refugió en la corte del rey Cócalo, en Acragante. Minos, mientras tanto, había zarpado al mando de su flota y deambulaba de isla en isla preguntando si alguien le había visto. Para encontrarle prometió una gran recompensa a quien fuera capaz de atravesar una tortuosa caracola con un hilo, pues sabía que problema tan complicado solo lo podía resolver alguien con el talento de Dédalo.

En efecto, cuando llegó al palacio de Cócalo, el rey le dio a escondidas la caracola a Dédalo y el inventor consiguió atravesarla con un hilo que había atado a una hormiguita, la cual pudo pasar por todos los recovecos. Habían caído en la trampa: en cuanto Minos vio la caracola enhebrada exigió que le entregaran a Dédalo.

Descubrir a alguien escondido mediante una argucia que revele su verdadera naturaleza es algo recurrente en los mitos griegos. Así de memoria, recuerdo a Aquiles, que se había escondido con las mujeres para no ir a la guerra de Troya, pero que fue descubierto al escoger una espada entre diversos presentes, y a Odiseo, que tampoco quería ir a la guerra y se fingió loco, arando errático los campos, hasta que pusieron delante del arado a su hijo Telémaco. El mecanismo parece similar: los dos héroes se esconden en mundos opuestos a su naturaleza (las mujeres en el caso del gallardo y viril Aquiles; y la locura en el del sabio e ingenioso Odiseo), pero un elemento propio de ambos –la espada y el amor por su hijo– disipa el engaño.

En el caso de Dédalo ocurre algo similar. Encuentra la salida, mediante un hilo (igual que el entregado a Ariadna y Teseo), del microlaberinto que forman las oquedades del interior de la caracola. Pero ahora volvamos a Sicilia para saber cómo terminó la historia.

Impertérrito, Cócalo le felicitó por su argucia y le invitó a tomar un baño de agua caliente en compañía de sus hijas. A Minos, amante pasional, no hacía falta decirle mucho más para convencerle de que Dédalo podía esperar. Lo que sucedió a continuación no se sabe con certeza, pero parece ser que las hijas de Cócalo aprovecharon para escaldarlo vivo y, todo sea dicho, la verdad es que no se me ocurre una manera más infame de morir en el mundo griego. ¡En vez de morir luchando en épica batalla, Minos cayó a manos de unas pícaras adolescentes mientras se daba un baño! (Sobre el papel ridículo de Minos volveré más adelante cuando analice el mito).

Cretenses en Sicilia

Mientras tanto, aprovechando que los soldados de Minos habían acompañado al rey hasta el palacio de Cócalo, los sicilianos quemaron las naves de los cretenses. Cuando más tarde Cócalo les dijo que Minos había muerto resbalando en el baño se sintieron consternados y no tuvieron más remedio que quedarse a vivir en aquella isla.

Curiosa fue la sepultura que le dieron a Minos: lejos de toda pompa y gloria, escondieron sus restos en un templo de Afrodita para que la gente le honrase, sin saberlo, cuando fueran a llevar ofrendas a la diosa del amor. Cruel broma del destino que Minos, al que engañó su mujer por amor a un toro, al que engañó su hija por amor a Teseo, tuviera que refugiarse tras las faldas de Afrodita para ser honrado en su muerte.

Aquella expedición de cretenses fundó más tarde la ciudad de Minoa (cuya fundación real se atribuye a un grupo de colonos griegos de Selinunte durante el siglo VI a. C.), y más tarde levantaron un colosal templo a las misteriosas diosas Madre, unas divinidades propias de Creta que habían cuidado a Zeus cuando se escondió de niño en una cueva de la isla.

teatro de Minoa´

Restos del teatro de Heraclea Minoa, en Sicilia.

Notas

[1]. La muerte de Minos según Apolodoro.

«A Dédalo lo buscaba Minos: indagaba en todas las regiones una por una llevando una caracola y haciendo público que daría una gran paga a quien hiciera pasar un hilo a través de una concha, y por este procedimiento pensaba encontrar a Dédalo.

»Una vez que llegó a Cánico de Sicilia, se entrevisto con Cócalo, en cuya casa se escondía Dédalo, le mostró la concha. Él la tomó, le prometió hacer pasar el hilo y le entregó a Dédalo. Éste ató un hilo a una hormiga, la metió en la caracola y dejó que la recorriera. Cuando Minos comprobó que el hilo había pasado, se percató de que Dédalo estaba con él, así que lo reclamó en el acto.

»Cócalo prometió que se lo entregaría y lo invitó a su casa. Allí se hizo bañar por las hijas de Cócalo y quedó exánime. Según afirman algunos, murió abrasado por el hervor del agua».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (Epítomes; 1, 13).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

La muerte de Minos según Diodoro.

«Minos, rey de los cretenses, señor del mar en aquella época, cuando se enteró de la huida de Dédalo a Sicilia, decidió realizar una expedición contra la isla. Después de equipar unas fuerzas navales considerables, zarpó de Creta y arribó al territorio de Acragante, a un lugar que por él recibió el nombre de Minoa. Hizo desembarcar sus fuerzas y le envió mensajeros al rey Cócalo; le reclamaba a Dédalo para castigarlo.

»Cócalo le invitó a un encuentro y, después de prometerle que haría todo lo que le pedía, recibió a Minos con los ritos de hospitalidad. Y cuando Minos se bañaba, Cócalo lo retuvo demasiado tiempo en el agua caliente y así puso fin a su vida. Luego entregó su cuerpo a los cretenses y explicó la causa de su muerte diciendo que había resbalado en la sala de baños y que, al caer en el agua caliente, había encontrado la muerte.

»A continuación, sus compañeros de expedición enterraron el cuerpo del rey con magnificencia; tras construir un sepulcro doble, depositaron los huesos en la parte escondida mientras que en la descubierta erigieron un templo de Afrodita. Así Minos fue honrado por muchas generaciones, porque los habitantes del lugar ofrecían sacrificios allí en la creencia de que era un templo de Afrodita. Fue en tiempos más recientes, después de la fundación de Acragante, cuando, al descubrirse el depósito de los huesos, se desmanteló la tumba y los huesos fueron devueltos a los cretenses; esto ocurrió cuando Terón era señor de los acragantinos.

»Sin embargo, los cretenses que estaban en Sicilia, después de la muerte de Minos, disputaron entre sí a causa de la falta de un jefe, y, dado que sus naves habían sido incendiadas por los sicanos de Cócalo, renunciaron a regresar a su patria y decidieron establecerse en Sicilia. Unos edificaron allí una ciudad a la que dieron el nombre de Minoa en recuerdo de su rey, mientras que otros, después de andar errantes por el interior de la isla, ocuparon un lugar fortificado donde fundaron una ciudad que llamaron Engio a causa de la fuente que manaba en ella.

»Posteriormente, después de la caída de Troya, cuando el cretense Meriones fue a parar a Sicilia, acogieron, debido a su parentesco, a los cretenses que desembarcaron y les concedieron la ciudadanía; y, teniendo como base una ciudad fortificada, pelearon con algunos de sus vecinos y conquistaron así un territorio suficiente.

»Al ser cada vez más prósperos, construyeron un templo a las Madres y honraron a estas diosas de un modo especial, adornando su templo con numerosas ofrendas. Se dice que el culto a estas diosas fue importado de Creta, puesto que estas diosas son especialmente honradas entre los cretenses».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV; 79).
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos (Madrid, 2004)

La muerte de Ícaro

Según la versión más aceptada, cuando el arrogante Minos descubrió que Teseo había matado al Minotauro y, encima, se había llevado a su hija montó en cólera y, por la ayuda prestada, encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto. (La madre de Ícaro era una esclava de Minos llamada Náucrate, de la que no tenemos más noticias).

En otras versiones se afirma que la disputa entre el rey y el inventor había sucedido mucho antes, cuando Dédalo había ayudado a Pasífae a acostarse con el toro sagrado, y desde entonces había permanecido escondido en la isla hasta que Teseo le rescató. Sin embargo, esta posibilidad plantea varios problemas: si Dédalo estaba escondido difícilmente habría podido construir el laberinto y su romance con Náucrate hubiera sido más complicado (es de suponer que ocurrió habiendo nacido ya el Minotauro, puesto que era un adolescente cuando huyeron y entre el parto de Pasífae y la llegada de Teseo pasaron unos 27 años, ya que iba en el tercer contingente de los que se había estipulado que se debían enviar cada nueve años). Podría ser que se hubiera fugado justo después de construir el laberinto y que se viera con Náucrate a escondidas, pero 27 años parecen muchos para que un hombre de su talento no hubiera encontrado la manera de escapar.

El caso es que para escapar de la isla, Dédalo construyó un par de alas uniendo plumas con cera. Antes de saltar, había avisado a su hijo de que ni se acercara mucho al sol, pues la cera podía derretirse, ni tampoco al agua del mar, ya que las alas se mojarían; pero cuando ya estaban volando lejos de Creta, Ícaro se entusiasmó tanto que quiso aproximarse al sol para verlo mejor. Al instante, el calor fundió la cera e Ícaro murió al caer contra el mar.

El cadáver del muchacho llegó luego a una isla, llamada Icaria en su honor, donde fue encontrado por Heracles, que le dio digna sepultura. Cuando mucho más tarde Dédalo se enteró de que había enterrado a su hijo, esculpió en Pisa una estatua en su honor, pero estaba tan bien hecha que Heracles pensó que era real y la destrozó de una pedrada.

Icaro

El lamento de Ícaro (1898). Herbert James Draper

Notas

[1]. Sobre la fuga de Dédalo e Ícaro nos cuenta Apolodoro:

«Se cuenta que Minos, al enterarse de la fuga de Teseo, encerró por su delito a Dédalo en el laberinto, junto con su hijo Ícaro, que había tenido de Náucrate, una esclava de Minos. Pero él fabricó unas alas para sí y para el muchacho. Al echar a volar, le instó a no hacerlo ni demasiado alto, para evitar que las alas se descompusieran al derretirse la cola por efecto del sol, ni cerca del mar, para que no se estropearan por la humedad. Pero Ícaro, ignorando a su padre, en su entusiasmo se dejó llevar cada vez más alto; hasta que se derritió la cola y murió en su caída al mar, que se llamó Icario en su memoria».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (Epítomes; 1, 12).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

Ver también Pausanias IX; 11, 4 y 5

«Cuando arribó a la isla de Dólique, al ver el cuerpo de Ícaro que había sido llevado hasta la playa, le dio sepultura y denominó a la isla Icaria en lugar de Dólique. Por ello Dédalo erigió en Pisa una estatua igual a Heracles, pero éste, durante la noche, creyéndola erróneamente viva, la golpeó arrojando contra ella una piedra».

Apolodoro, Biblioteca mitológica (II; 6, 3).

Traducción de Julia García Moreno. Alianza (Madrid, 1993)

[2]. La otra versión de la fuga de Dédalo:

«Cuando Dédalo se enteró de las amenazas de Minos a causa de la construcción de la vaca, tuvo miedo, dicen, de la cólera del rey y zarpó de Creta con la ayuda de Pasífae que le dio un barco para que se hiciera a la mar. Con él huyó su hijo Ícaro y fueron llevados a una isla situada en alta mar. Cuando Ícaro desembarcaba en ella de un modo imprudente, cayó al mar y murió, por lo que el mar recibió el nombre de Icario y la isla fue llamada Icaria. Dédalo zarpó de esta isla y arribó a Sicilia, a una región en la que reinaba Cócalo, que acogió a Dédalo y lo hizo además su amigo en atención a su talento y a su fama.

»Algunos mitógrafos cuentan, sin embargo, que Dédalo permaneció un tiempo más en Creta escondido por Pasífae, y que el rey Minos, queriendo castigarlo y no pudiendo encontrarlo, mandó que todos los barcos de la isla lo buscaran y prometió entregar una gran cantidad de dinero a quien lograra descubrirlo. Entonces Dédalo renunció a su huida por mar y construyó de forma sorprendente unas alas ingeniosamente ideadas y maravillosamente ensambladas con cera. Las aplicó luego al cuerpo de su hijo y a su propio cuerpo y, de un modo increíble, las desplegaron y huyeron por encima del mar que rodea la isla de Creta.

»A causa de su inexperiencia juvenil, Ícaro elevó demasiado el vuelo y cayó al mar al fundirse la cera que unía las alas por efecto del sol. Dédalo, en cambio, volando cerca del mar y mojando a menudo sus alas, logró de manera sorprendente, llegar sano y salvo a Sicilia. Y aunque el mito que narra estos hechos resulta increíble, hemos decidido, sin embargo, no pasarlo por alto».

«Se cuenta que Minos, al enterarse de la fuga de Teseo, encerró por su delito a Dédalo en el laberinto, junto con su hijo Ícaro, que había tenido de Náucrate, una esclava de Minos. Pero él fabricó unas alas para sí y para el muchacho. Al echar a volar, le instó a no hacerlo ni demasiado alto, para evitar que las alas se descompusieran al derretirse la cola por efecto del sol, ni cerca del mar, para que no se estropearan por la humedad. Pero Ícaro, ignorando a su padre, en su entusiasmo se dejó llevar cada vez más alto; hasta que se derritió la cola y murió en su caída al mar, que se llamó Icario en su memoria».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV; 77, 5).
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos (Madrid, 2004)

Ariadna

Camino de Atenas, decidieron descansar en la isla de Naxos (Día, que la llamaban los antiguos) y Teseo y Ariadna disfrutaron de una apasionada noche. Sin embargo a la mañana siguiente, cuando Ariadna despertó, descubrió que Teseo la había abandonado y el barco se alejaba sin ella [1].

No sabemos con certeza las razones por las que Teseo dejó a Ariadna en tierra. Algunas versiones sostienen que estaba tan conmocionado por la lucha contra el Minotauro y su regreso triunfal que, sencillamente, se olvidó de la muchacha, pero parece un argumento bastante débil. No me cuadra con la belleza del mito, que se muestra muy coherente en todos los aspectos narrativos de la trama (no hay acontecimiento importante que no sea provocado por un sentimiento humano o divino de mayor envergadura que el mero descuido: el amor, los celos, la envidia, el dolor por la pérdida de un hijo, etcétera).

Más razonable resultan otras versiones en las que Dionisio visita a Teseo por la noche y le ordena que deje a Ariadna en la isla pues se ha enamorado de ella [2].

De hecho, mientras Ariadna vagaba desesperada por la playa, desnuda y con el pelo revuelto, escuchó de pronto el creciente sonar de flautas, timbales y címbalos: era Dionisio, acompañado por su corte de faunos, bacantes, tigres y panteras, que venía a casarse con ella [3].

Dionisios y Ariadna

Tiziano, Ariadna y Baco (Dionisios), 1520-1522, National Gallery, Londres.

Lo que ocurrió después tampoco está claro. Tal vez se casaron, y durante la boda Afrodita regaló a Ariadna su famosa corona, trabajada durante nueve años por el mismo Hefesto [4]; o quizá, como sostiene Homero, Artemisa mató a la muchacha por petición de Dioniso (que este dios salvaje, a medio camino entre el mundo de los vivos y el de los muertos decida matar a Ariadna quizá no sea tan extraño, tal vez porque así la transforma en inmortal) [5].

Sin embargo, a pesar de Homero, hay varios indicios de que sí estuvieron juntos durante una larga temporada, entre otras razones, porque tuvieron varios hijos: Toante, Estáfilo, Enopión y Pepareto, según Apolodoro; y también el insigne Céramo, según Pausanias [6]. (Además, una tradición la hacía acompañante de Dionisio durante su enfrentamiento con Perseo).

Lo que sí parece cierto es que tras su muerte, Dionisio llevó a su amada al firmamento, junto a la constelación de la Corona de Ariadna (aunque Odiseo la vio en el Infierno), y que fue adorada en varios lugares, sobre todo en Naxos, Chipre y Delos.

Plutarco recoge además una tradición local muy curiosa de Peón el amatusio: Ariadna estaba muy mareada por el fuerte oleaje de una tormenta, por lo que desembarcaron en la isla de Chipre para que descansara y luego Teseo se alejó en su barco para ponerlo a salvo. Como tardaba en regresar, Ariadna estaba desconsolada y las mujeres de la isla le escribían cartas fingiendo que eran de Teseo para consolarla [7].

Según esta versión, Ariadna estaba embarazada y murió durante el parto cuando iba a dar a luz, lo cual resulta muy interesante pues a la madre de Dionisio, Semele, le sucedió algo parecido. Semele era una mortal, hija de Cadmo y Harmonía, de la que Zeus estaba tan enamorado que no le podía negar nada. Inducida por la celosa Hera, Semele pidió a Zeus que se mostrase tal cual era y, al verle en todo su esplendor, rodeado de rayos, murió achicharrada. Entonces Zeus sacó al hijo de ambos, Dionisios, de su vientre y se lo cosió al muslo donde lo llevó hasta que nació. Ésta es una de las pistas que le lleva al genial Walter F. Otto a demostrar la afinidad entre las dos mujeres (Dionisio, mito y culto, pág. 135 y ss. Siruela, Madrid 2007).

Egeo

Fuera por despiste, fuera por obedecer a Dionisio, el caso es que Teseo siguió rumbo a Atenas sin Ariadna y, tan afligida estaba la tripulación por este percance, que se olvidaron del código que habían establecido con Egeo -velas negras si volvían derrotados y blancas si habían conseguido derrotar al Minotauro- y no las cambiaron (lo cual también pudo deberse a una maldición que le lanzó la desesperada Ariadna).

Al ver las velas negras, Egeo pensó que su hijo había muerto y se suicidó lanzándose desde una torre contra el mar [8], que desde entonces lleva su nombre. Teseo fue nombrado rey al llegar a Atenas y tras vencer a sus rivales políticos, los 50 hijos de Palante, realizó grandes empresas, algunas de las cuales veremos más adelante [9].

 

Notas

[1]. Mapa con los principales lugares mencionados en el mito

mapa con el viaje de Teseo a Creta

 

[2]. La versión del rapto de Ariadna por parte de Dioniso aparece, por ejemplo, en Diodoro:

«Al regresar a su patria, raptó a Ariadna, se hizo a la mar de noche sin ser visto, y arribó a una isla que por entonces se llamaba Día y que hoy recibe el nombre de Naxos. Por el mismo tiempo, cuentan los mitos, apareció Dionisio y, a causa de la belleza de Ariadna, arrebató la muchacha a Teseo y la tomó por esposa legítima dado que estaba extraordinariamente enamorado de ella.

»Después de su muerte, en efecto, debido a su vivo amor por ella, la consideró digna de honores inmortales y fijó entre los astros del cielo la corona de Adriana».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

[3]. Una de las cartas de las Heroínas de Ovidio es la de Ariadna a Teseo y al parecer se inspiró en un poema de Cátulo (64), del que cito los fragmentos relativos a nuestro mito (es algo largo, pero vale la pena leerlo).

Durante la boda de Tetis con Peleo, una colcha cubría el lecho nupcial:

«Esta colcha bordada con figuras de hombres de otro tiempo explica las hazañas de los héroes con arte admirable. En efecto, observando en la costa resonante de Día, ve a Teseo alejarse con su flota veloz Ariadna con indomables explosiones de cólera en su corazón, todavía, incluso no se cree que ve lo que está viendo, puesto que ella, despierta apenas entonces de un sueño engañoso, se contempla digna de lástima, abandonada en una playa solitaria. Por otra parte, el joven desmemoriado golpea en su huida las aguas con los remos, dejando unas promesas para disiparse en los vientos de la tormenta.

»La de Minos lo ve desde las algas de la playa, a lo lejos, con sus ojitos tristes, como la estatua de piedra de una bacante, ay, lo ve, y se agita en medio de las grandes olas de sus afanes, no sujeta en su rubia cabellera la cofia de fino tejido, ni protege su pecho con el ligero velo que lo cubre, ni somete sus tetillas en leche a la delicada faja, con toda la ropa que se le había caído por todo el cuerpo sin ningún orden delante de sus propios pies las saladas olas jugueteaban. Pero ella, sin cuidarse entonces ni de la cofia, ni del velo que revolotea, estaba pendiente de ti, Teseo, perdida con todo su corazón, con toda su alma, con todo su pensamiento. Ay, desdichada, a quien con repetidos ataques abatió Eicina [Afrodita], sembrando en su pecho las espinas del amor, en aquella época, desde el momento en que el arrogante Teseo, después de haber salido de las curvadas costas del Pireo, tocó los templos de Gortina [Knossos], los territorios de un rey injusto.

»Pues cuentan que, un día, forzada por cruel peste a pagar la culpa del asesinato de Androgeo, Cecropia [Atenas] acostumbraba a entregar a jóvenes escogidas a la par que lo más honroso de sus doncellas, de banquete para el Minotauro. Mientras sus estrechos muros eran vejados por estas desgracias, Teseo en persona deseó entregar su propio cuerpo por su querida Atenas antes de que tales cadáveres vivientes de Cecropia fueran transportados a Creta.

»Y así, navegando en ligera nave y con suaves brisas, llegó ante el soberbio palacio del magnánimo Minos. En cuanto con sensual mirada lo vio la princesa a la que un casto lecho que exhalaba suaves perfumes todavía criaba en el blando regazo de su madre, como los mirtos que ciñen la corriente del Eurotas o la brisa primaveral que hace brotar variados colores, no apartó él sus ardientes ojos, hasta que concibió desde sus entrañas por todo su cuerpo una llama y en sus profundas médulas ardió entera. Ay, niño divino, que desdichadamente provocas locos amores con tu cruel corazón y mezclas en los hombres gozos y cuidados y tú, la que gobiernas Golgos [Afrodita] y el frondoso Idalio, ¡en medio de qué oleaje habéis arrojado a una niña, puro fuego en su corazón, y que suspira sin cesar por su rubio huésped! ¡Cuántos miedos soportó ella con su corazón desfallecido! ¡Cuánto más que el oro amarillento quedó pálida en repetidas ocasiones, mientras Teseo, deseoso de enfrentarse con el monstruo cruel, buscaba o la muerte o el premio de la gloria!

»Con todo, sin prometer ofrendas desagradables a los dioses, que podían resultar vanas, formuló sus votos con silencioso labio, pues, como a la encina que agita sus ramas en la cumbre de Tauro o al pino piñonero de corteza resinosa un indomable huracán con sus soplos de viento retorciendo sus troncos los arranca, así Teseo, después de domar el cuerpo del monstruo, le hizo hincar sus rodillas, embistiendo en vano con sus cuernos a los vientos sin resistencia. Luego se retiró a salvo con su gran gloria guiando sus pasos errantes con fino hilo, no fuera que el difícil trazado del palacio le burlase al salir del complicado laberinto.

»Pero, ¿Por qué yo, apartándome del tema de mis primeros versos, voy a recordar más cosas: cómo la hija, esquivando la mirada de su padre, el abrazo de su hermana y, finalmente el de su madre, que, desdichada, se alegraba apasionadamente con esta hija, prefirió el dulce amor de Teseo a todos ellos o cómo transportada en barco llegó a las espumosas playas de Día o cómo a ella, vencidos sus ojos por el sueño, la abandonó su amante al marcharse desmemoriado?

»Se cuenta que ella una y otra vez se enfureció con su corazón en llamas y dejó escapar de lo más profundo de su pecho agudos gritos y que luego escalaba triste montañas escarpadas desde donde dirigía su mirada hacia el inmenso oleaje del piélago, después corría al encuentro de las opuestas aguas del mar agitado, recogiéndose el fino vestido sobre sus desnudas piernas y, entristecida, había proferido estas palabras entre lamentos de muerte, emitiendo escalofriantes sollozos con el rostro húmedo de llanto:

»¿Así, tú, pérfido, a mí, llevada lejos de los altares de mi patria, me has abandonado en una playa desierta, pérfido Teseo? ¿Así, al marcharte, despreciada la voluntad de los dioses, desmemoriado, ay, llevas a casas perjurios sacrílegos? ¿Nada pudo doblegar la decisión de tu mente cruel? ¿Ningún tipo de clemencia tuviste presente que indujera a tu duro corazón a compadecerte de mí?

»Pero no fueron éstas las promesas que me hiciste en otro tiempo con halagüeñas palabras; no fueron éstas las que me mandabas esperar en mi desdicha, sino un matrimonio alegre, unas anheladas bodas, promesas todas vanas que los vientos disipan en el aire. Ahora ya ninguna mujer se fíe del juramento de un hombre, ninguna espere que las palabras de un hombre le resulten fieles. Mientras su alma deseosa de algo quiere con fuerza conseguirlo, no tienen miedo a jurar, no se abstienen de prometer; pero, tan pronto como el capricho de su codiciosa mente se ha saciado, no temen a sus palabras, nada le preocupan los perjurios.

»Por cierto que yo te salvé a ti, embustero, en el momento supremo. En pago a esto yo voy a ser entregada al desgarro de las fieras y como botín de las aves de presa y, muerta, no me va a cubrir ni un puñado de tierra. ¿Qué leona te parió al pie de la solitaria roca? ¿Qué mar te concibió y te escupió de sus espumosas aguas? ¿Qué Sirtes, qué voraz Escila, qué colosal Caribdis te engendraron a ti, que devuelves en pago de tu dulce vida semejantes premios?

»Aunque no te hubiese agradado el matrimonio conmigo porque temblabas ante las severas órdenes de un padre anciano, pudiste, al menos, llevarme a tu palacio, para que te sirviera de esclava con un trabajo alegre, acariciando las blancas plantas de tus pies con limpias aguas, cubriendo tu cama de colcha escarlata. Pero, ¿a qué lamentarme en vano, abatida por mi desgracia, a unos aires insensibles, privados de todos los sentidos, que ni pueden oír mis quejas, ni contestar a mis palabras?

»Y él ya casi se encuentra en mitad del mar y ningún mortal aparece en la costa vacía. Así una suerte cruel, ensañándose en exceso en mi última hora, quita oídos a mis quejas. Júpiter todopoderoso, ¡ojalá desde el primer momento no hubiesen tocado las naves cecropias las costas de Gnosos, ni, llevando crueles tributos al toro indomable, el pérfido marinero hubiese atado amarras en Creta, ni este malvado, ocultando con suave apariencia crueles proyectos, hubiese descansado en mi palacio como huésped!

»Pues, ¿a dónde volveré? Perdida, ¿a qué esperanza me puedo agarrar en mi perdición? ¿Buscaré en las montañas del Ilda? Pero apartándome con hondo abismo me separa la amenazadora superficie del mar. ¿Podría esperar la ayuda de mi padre? ¿No lo abandoné yo misma por seguir a un joven manchado con la sangre de mi hermano? ¿No era tal el que huye curvando en el abismo sus flexibles remos?

»Además, esta isla solitaria no está habitada de ningún albergue humano, ni se ofrece posibilidad de salida del mar con las aguas que la ciñen. Ningún medio de fuga, ninguna esperanza. Todo está en silencio, todo desierto, todo es una ostentación de la muerte. Sin embargo, mis ojos no languidecerán con ella, ni mis sentidos se retirarán de mi agotado cuerpo, sin que, traicionada, reclame a los dioses un justo castigo y suplique su fidelidad en mi última hora.

»Por ello, Euménides [Furias], que castigáis los delitos de los hombres con pena vengadora, cuya frente coronada de una cabellera de serpientes muestra la las iras que brotan del corazón, aquí, aquí, allegaos, oíd mis lamentos, que yo, ay, desdichada, me veo obligada a sacar de mis profundas entrañas, sin recursos, enardecida y ciega de un furor que me enloquece. Ya que estas verdades nacen de lo más hondo de mi corazón, vosotras no consintáis que mi dolor se disipe, sino que con la misma memoria con que Teseo me dejó sola, con esta memoria, diosas, lleve el luto a sí mismo y a los suyos.

»Una vez que profirió estas palabras de su entristecido corazón, exigiendo, desesperada, castigo para tan crueles acciones asintió con su invencible poder el rey de los dioses. Ante este asentimiento, la tierra y los encrespados mares temblaron y sacudió sus estrellas brillantes la bóveda celeste. Teseo mismo, rociada su mente con una niebla cegadora, dejó escapar de su ofuscado pecho todos los encargos que antes mantenía con firme pensamiento y, sin izar la dulce señal de victoria para su preocupado padre, no dio a entender que él divisaba el puerto de Erecteo sano y salvo. Pues cuentan que en otro tiempo, cuando Egeo confiaba a los vientos a su hijo que dejaba en nave los muros de la diosa, abrazando al joven le dio los siguientes encargos:

»Oh, mi único hijo, más querido que mi larga vida, hijo a quien yo me veo obligado a despedir para una arriesgada aventura, devuelto a mí hace poco, precisamente en el último límite de mi vejez, puesto que mi desdicha y tu ardiente valor te arrancan de mi lado en contra de mi voluntad, cuando mis ojos ya cansados todavía no se han saciado de la querida figura de mi hijo, yo no te despediré con el corazón gozoso ni alegre, ni permitiré que lleves señales de una fortuna favorable, sino que, primero, haré salir de mi alma muchos lamentos, mancillaré mis canas echándoles tierra y polvo encima. Luego colgaré una vela negra del mástil viajero, de forma que la vela oscurecida por la herrumbre ibera indique mi dolor y el ardor de mi pensamiento. Y si a ti te otorga la habitante del santo Itono [Atenea], que consintió en defender nuestra raza y las mansiones de Erecteo, que empapes con la sangre del toro tu diestra, entonces procura que prevalezcan para ti, recordándolos, estos encargos míos grabados en tu corazón y que el tiempo no los borre, de forma que, tan pronto como tus ojos divisen nuestras colinas, todos los mástiles arríen las velas de muerte, e icen banderas blancas los retorcidos cordajes, para que yo, viéndolas cuanto antes, conozca el éxito con alegría, puesto que una época feliz te devuelve.

»Estos encargos que Teseo retenía antes con toda la firmeza de su pensamiento lo abandonaron como las nubes disueltas por el soplo de los vientos abandonan la elevada cumbre de un monte nevado. Por otra parte, su padre, mientras observaba desde lo más alto de la ciudadela, consumiendo sus ojos anhelantes en continuos llantos, tan pronto como vio los lienzos de la vela de luto se arrojó de cabeza desde la punta de los escollos, creyendo a Teseo traicionado por un destino cruel. Así, al penetrar en su palacio de luto por la muerte de su padre, el arrogante Teseo recibió en sí mismo un dolor tal como el que había ocasionado a la de Minos con su pérdida de memoria. Ésta, luego, triste al ver que la quilla se retiraba, revolvía herida múltiples cuidados en su alma.

»Pero en otro recuadro de la colcha, Yaco (Dioniso), en la flor de su juventud, corría veloz con su cortejo de sátiros y de silenos de Nisa, buscándote, Ariadna, y enardecido por ti amor*** Éstas, entonces, alegres por doquier, con su mente borracha se enfurecían, evoé, gritaban las bacantes, evoé, sacudiendo sus cabezas. Unas agitaban sus tirsos de punta cubiertas de hojas; otras arrojaban los miembros de un ternero descuartizado; otras se ceñían de serpientes enroscadas; otras veneraban sagrados objetos en cestos profundos, objetos que en vano deseaban conocer los profanos; otras con las palmas abiertas batían los tímpanos o sacaban del bronce redondeado agudos chirridos; muchas soplaban cuernos que producían roncos zumbidos y la bárbara flauta resonaba con terrible canto.»

Traducción de Arturo Soler Ruiz. Gredos, Madrid, 2000.

[4]. Eratóstenes, un rector de la Biblioteca de Alejandría que vivió hacia la segunda mitad del siglo III a. C., escribió un breve tratado sobre los mitos de los astros del firmamento, en el que se encuentra la historia de la corona de Ariadna. Me llama mucho la atención que recoja una versión en la que, en vez del hilo, fuera el fulgor de la corona lo que permitió a Teseo encontrar la salida pues alguien como Eratóstenes se tenía que haber dado cuenta de la incongruencia temporal: si la corona se la había regalado Afrodita durante su boda con Dionisio, no podía tenerla cuando Teseo estaba en Creta, antes de que se fuera con él y la dejara abandonada en Naxos.

La Corona

«Se dice que es la corona de Ariadna; fue el dios Dionisio quien la instaló en el cielo. Cuando los dioses festejaban la boda de Dionisio y Ariadna en la isla de Día, la novia se coronó con ella tras haberla recibido como regalo de las Horas y de Afrodita.

»El autor de las Créticas cuenta que era obra de Hefesto, labrada en oro fundido y empedrada de pedrería de la India. También narra que gracias al brillo con que refulgía consiguió Teseo escapar del laberinto.

»Se dice también que su trenza es lo que vemos sobre la cola del león.

»La Corona posee nueve estrellas dispuestas en forma de círculo; de ellas son muy brillantes las tres que están frente a la cabeza de la serpiente que se encuentra entre las dos Osas.

Eratóstenes. Mitología del firmamento (Catasterismos). (5)
Traducción de Antonio Guzmán Guerra. Alianza, Madrid, 1999.

[5]. Homero narra otra versión en la que Ariadna es asesinada por Artemisa, por una razón que no termina de explicar, por petición de Dionisios.

Odiseo cuenta que cuando descendió al infierno:

«También vi a Fedra y a Procris, y a la hermosa Ariadna, hija del funesto Minos, a quien otro tiempo llevó Teseo de Creta al elevado suelo de la sagrada Atenas, pero no la disfrutó que antes la mató Artemis en Dia (Naxos), rodeada de corrientes, por petición de Dionisios».

Homero. Odisea. Canto XI (322)

[6]. Céramo:

El lugar del Cerámico [el barrio de los alfareros, en Atenas] tiene este nombre por el héroe Céramo, del que se dice que es hijo de Dionisio y Ariadna».

Pausanias, Descripción de Grecia (I, 3, 1)
Traducción de María Cruz Herrero Ingelmo. Gredos, Madrid, 1994.

[7]. Ariadna en Chipre

«Pero, sobre estos sucesos, Peón, el amatusio, ha publicado una peculiar historia:

»Dice que, arrojado Teseo a Chipre por una tormenta con Ariadna embarazada, como se encontraba mal por causa del oleaje y ya no aguantaba, la desembarcó a ella sola, y él, con la intención de salvar la nave, de nuevo puso rumbo a alta mar, lejos de tierra. Entonces las mujeres del lugar recogieron a Ariadna y la consolaban en su aflicción por la soledad; le llevaban cartas fingidas, como si las escribiera Teseo y, en el momento del parto, la acompañaban en su dolor y asistían; pero muerta sin dar a luz, la enterraron.

»Cuando llegó Teseo, embargado completamente por el dolor, dejó sus riquezas a los del lugar, encargándoles que hicieran sacrificios en memoria de Ariadna y que le erigieran dos pequeñas estatuillas, una de plata y otra de bronce. Y, en la fiesta del día dos del mes gorpieo, un jovencito, tumbado, da gritos y se comporta como las parturientas. Al bosque donde muestran la tumba, lo llaman los amatusios de Ariadna Afrodita».

Plutarco, Vidas paralelas (Teseo, 20, 4).
Traducción de Aurelio Pérez Jiménez. Gredos, Madrid, 2000.

[8]. Sobre el suicidio de Egeo nos da noticia Diodoro:

«Teseo, dicen, y los que le acompañaban, profundamente afectados por el rapto de la muchacha, olvidaron debido a su dolor la promesa hecha a Egeo e hicieron rumbo a la costa del Ática con las velas negras. Egeo, al contemplar el retorno de la nave y pensar que su hijo había muerto, realizó un acto a la vez heroico y desgraciado; subió a la acrópolis y, perdida toda su apetencia de vivir a causa de su enorme dolor, se arrojó al vacío.

»Después de la muerte de Egeo, Teseo le sucedió en el trono, gobernó al pueblo de acuerdo con las leyes e hizo mucho por la prosperidad de su patria».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

[9]. La versión de Apolodoro recoge lo visto hasta ahora:

«Teseo es incluido en el tercer tributo al Minotauro o, según dicen otros, se ofreció voluntario. Como la nave tenía velamen negro, Egeo encargó a su hijo que, en caso de volver con vida, la aparejase con velas blancas. Cuando llegó a Creta, Ariadna, hija de Minos, se enamoró de él y le promete su colaboración, con la condición de que la lleve a Atenas y la tome por esposa.

»Accedió Teseo mediante juramentos y ella pide a Dédalo que le delate la salida del laberinto. Por indicación suya, le da un hilo a Teseo en el momento de entrar. Teseo, tras atarlo a la puerta, entra y lo va soltando. Halló al Minotauro en la parte más recóndita del laberinto, lo mató luchando a puñetazos y salió recogiendo el hilo.

»Durante la noche arriba a Naxos con Ariadna y sus muchachos. Allí Dioniso, enamorado de Ariadna, la secuestró y la condujo a Lemnos, donde se unió a ella y engendró a Toante, Estáfilo, Enopión y Pepareto.

»Teseo, entristecido por la pérdida de Ariadna, se olvidó en su regreso de aparejar la nave con velas blancas y Egeo, que vio desde la Acrópolis cómo la nave portaba velamen negro, en la creencia de que Teseo había perecido, se arrojó y desapareció de entre los vivos.

»Teseo asumió el poder en Atenas y mató a los hijos de Palante, en número de cincuenta. Del mismo modo, todos los que tenían intención de rebelarse fueron eliminados por él, así que obtuvo en solitario el poder absoluto.

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Epítomes  (8).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993

[10]. Resulta muy interesante analizar algunas cerámicas griegas en las que se describe el momento en que Teseo abandona a Ariadna, pues además de Dioniosio, el dios del sueño Hypnos (la figura alada) y los dos jóvenes, aparece Atenea. Por lo menos iconográficamente, parece claro que en el suceso intervinieron los dioses. Algunos ejemplos:

a) Teseo abandona a Ariadna bajo la atenta mirda de una diosa, que podría ser Atenea por la lanza y la cabeza de Medusa que lleva en la armadura. Hypnos sobrevuela a una despeinada Ariadna. (Stamnos de figuras rojas,  c. 400 a.C., Museum Collection: Museum of Fine Arts, Boston).

ariadna abandonada por Teseo

 

b) Esta vez sí que parece más claro que sea Atenea, con su inconfundible casco. (Lekythos de figuras rojas, c.460 a.C., Museo Archeologico Nazionale,
Taranto, Italia)

teseo y ariadna

 

c) Teseo se despide de Atenea mientras Dionisio se lleva a Ariadna, que inclina la cabeza como una bacante.

teseo y ariadna

 

d) Hermes, Teseo, Ariadna e Hypnos. (Kylyx ático de figuras rojas Tarquinia Museo Nazionale, Tarquinia, Italia. c. 490 a.C.)

teseo y ariadna

El laberinto

Por las descripciones de los textos poca idea podemos hacernos de cómo era el laberinto construido por Dédalo, tan solo que era tortuoso y lleno de encrucijadas. Sin embargo, parece ser que en general lo imaginaban de planta rectangular y con paredes rectas, por lo que podemos inferir de algunas monedas del período clásico (aunque quizá esta estructura fuera por que con un molde recto se acuñaban con más facilidad, debo investigarlo).

Entre los modelos principales que he encontrado hay:

a) Mujer (¿Pasífae?, ¿Ariadna?) con diadema y laberinto de planta rectangular (la más frecuente)

moneda cretense

Knossos, Creta. c. 350-200 a.C.

el laberinto en una moneda cretense

(Abajo parece que pone Knoei, que no tengo ni papa de qué puede significar)

b) Mujer y laberinto en forma de esvástica

Moneda cretense

Knossos, Creta. AR Stater. c. 330–300 a.C.

 

 

c) Europa y laberinto

moneda cretense

Knossos, Creta. c.220 a.C.

 

europa y el laberinto

Knossos, Creta. c.220 a.C.

 

d) Otros: una figura masculina (¿Zeus?, ¿Minos? y un laberinto)

laberinto en moneda cretense

Knossos, Creta.

 

e) Otros: un atípico laberinto de planta circular

laberinto circular

Ática .Tetradrachm

 

Sobre monedas cretenses, en Internet encontré lo siguiente:

Sylloge Numnorum

Wildwings

La muerte del Minotauro

Desde la muerte de Androgeo, por dos veces cada nueve años salió de Atenas un barco con siete muchachos y siete muchachas rumbo a Creta para ser sacrificados en el laberinto donde moraba el Minotauro. Pero cuando llegó el momento de enviar un tercer contingente, Teseo, el hijo de Egeo, se ofreció voluntario con la intención de poner fin al funesto castigo.

Antes de marchar, acordó con su padre que la nave alzaría velas blancas si volvía victorioso y negras si fracasaba en el intento.

ariadna

  Jhon William Waterhouse. Ariadna (1898)

Ariadna, rodeada de leopardos (quizá en referencia a los que más tarde se encontrará en el séquito de Dionisios) se encuentra en el palacio de Cnosos, al que acaba de llegar Teseo (en el navío que vemos al fondo).

Al desembarcar en Cnosos, capital de Creta, sedujo a Ariadna, una de las hijas de Minos, y la convenció de que le ayudara a cambio de llevársela consigo. Ariadna, enamorada, le pidió a su vez ayuda a Dédalo y entregó a Teseo un ovillo mágico que le permitiría encontrar la salida siguiendo el hilo desenrollado.

Teseo se adentró en el laberinto y, tal vez con una espada, tal vez con una maza, o incluso a puñetazos, terminó con la vida del aciago Minotauro. Luego recogió a Ariadna y partió rumbo a Atenas cuando la noche aún protegía sus pasos [1].

Teseo luchando contra el Minotauro

Teseo luchando contra el Minotauro. Krátera de figuras rojas (c. 470 a. C.)

En muchas cerámicas griegas se suele representar a Teseo a la izquierda sujetando por la cabeza al Minotauro que se encuentra a la derecha. Puede haberle clavado ya o no la espada, pero casi siempre empuña una, lo cual no deja de ser curioso pues en las fuentes suelen decir que lo mató con las manos o con una maza. El Minotauro a veces sujeta una piedra con la mano (recordemos en la Ilíada las pedradas que se metían los héroes cuando no disponían de un arma mejor)

En esta ocasión, el que aparece a la derecha del Minotauro parece ser que es Minos, pero en otras ocasiones se encuentran los muchachos y doncellas que acompañaron a Teseo (ánfora ática, c. 540 a.C., Museum of Fine Arts, Boston):

Teseo y el Minotauro

Además, también hay otras versiones en las que se dibuja una estructura simulando el laberinto (kylix ático de figuras rojas, British Museum, Londres):

teseo y el minotauro

En un ejemplar muy curioso que se conserva en el Museo Arqueológico de Madrid, Atenea acompaña a Teseo (kylix ático de figuras rojas, c. 410 a.C.):

teseo y el minotauro

 

Notas

[1]. Entre las diversas fuentes, valga como ejemplo el siguiente pasaje de Diodoro de Sicilia

«Al cabo de nueve años, Minos se presentó de nuevo en el Ática con una gran flota y recibió los catorce jóvenes que había pedido. Pero dado que Teseo estaba entre los que iban a embarcarse, Egeo acordó con el capitán del barco que, si Teseo lograba vencer al Minotauro, harían la travesía de regreso con las velas blancas izadas, mientras que si moría, lo haría con las negras, según la costumbre que ya había adquirido antes».

»Cuando hubieron desembarcado en Creta, Ariadna, la hija de Minos, se enamoró de Teseo, que se distinguía por su gallardía, y Teseo, después de conversar con ella y conseguir su ayuda, mató al Minotauro e, instruido por ella respecto a la salida del laberinto pudo salir sano y salvo».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

Androgeo

Androgeo, uno de los hijos de Minos, marchó hasta Atenas para participar en los juegos que se celebraban durante la fiesta de las Panateneas y allí se hizo muy amigo de Palante, que planeaba hacerse con el trono de Atenas en lugar de Egeo. Fuera por esta razón o por otra, hizo que asesinasen a Androgeo mientras iba hacia Tebas a participar de otra fiesta.

Cuando Minos se enteró montó en cólera y marchó con su poderosa flota contra las ciudades del Ática. Enfurecido, le pidió a los dioses que el hambre y la sequía cayeran sobre Atenas y su padre Zeus le escuchó. Tras consultar a varios oráculos que les conminaron a acceder a los deseos de Minos, los atenienses claudicaron y, a cambio de su perdón, el rey de Creta les pidió que entregaran cada 9 años un grupo de muchachos y muchachas para que sirvieran de pasto del Minotauro [1].

Escila

Durante aquella campaña militar sucedió una triste historia. La flota de Minos llegó hasta la ciudad de Megara pero no consiguió tomar la ciudad. Mientras su rey, Niso, conservara un mechón rojo que tenía en la cabeza nadie podría conquistarla.

Desde lo alto de un torreón, su hija Escila observaba la batalla y cuando vio a Minos se enamoró perdidamente de él, tanto que hasta casi deseaba que el rey de Creta saliera victorioso para que se la llevara como rehén. De hecho, pensó, como era probable que Megara terminara capitulando, lo mejor sería que se derramara la menor sangre posible. Y así siguió cavilando hasta que, llevada por el amor, decidió traicionar a su padre y ayudar a su amado.

Al caer la noche, entró a hurtadillas en la alcoba paterna y le cortó el mechón que protegía la ciudad y el ejército cretense pudo conquistarla al llegar la mañana. Luego marchó Escila hasta la tienda de Minos y le confesó lo que había hecho por amor. Espantado, el rey la insultó y ordenó a sus hombres que preparasen su barco para huir cuanto antes del lugar donde se había perpetrado semejante delito. (No olvidemos que nos encontramos en Grecia, donde las mujeres debían respetar sumisas a todas las figuras masculinas de su existencia y, sobre todo, al padre y al marido).

Al ver que el navío de Minos levaba anclas, Escila primero le insultó despechada, pero luego se agarró desesperada al espolón del barco dispuesta a morir ahogada con tal de no dejarle marchar. Mientras tanto, Niso se había convertido en un águila marina –por razones que desconozco, tal vez por el dolor de verse traicionado por su hija– y se lanzó contra ella con la intención de matarla a picotazos. Por fortuna, los dioses se apiadaron de la muchacha y la transformaron en un ave, llamada Ciris, que remontó el vuelo escapando de su iracundo padre [2].

Escila

Escila se arroja al mar persiguiendo a Minos.
Grabado de una edición de Ovidio del siglo XVI.

 

Notas

[1]. La muerte de Androgeo

«De los hijos de Minos, Androgeo se fue a Atenas, a la celebración de las Panateneas, cuando Egeo era el rey; venció a todos los atletas en los juegos y se hizo amigo de Palante. Entonces Egeo desconfió de esta amistad de Androgeo, por temor a que Minos ayudara a los hijos de Palante y le arrebatara el poder, y tramó una maquinación contra Androgeo: cuando éste se dirigía hacia Tebas a una fiesta, hizo que unos nativos lo asesinaran a traición cerca de Énoe, en el Ática.

»Minos, informado de la desgracia de su hijo, llegó a Atenas para pedir justicia por el asesinato de Androgeo. Al no ser atendido por nadie, declaró la guerra a los atenienses y profirió maldiciones pidiendo a Zeus que la sequía y el hambre se instalaran en la ciudad de los atenienses. Y dado que en seguida sobrevinieron sequías y destrucciones de cosechas en el Ática y en Grecia, los jefes de las ciudades se reunieron y preguntaron al dios cómo podrían librarse de aquellos males.

»El dios les respondió por medio de un oráculo diciéndoles que fueran a ver a Éeaco, hijo de Zeus y de Egina, la hija de Asopo, y le pidieran que elevara plegarias en su nombre. Ellos hicieron lo que se les ordenaba. Éaco realizó las plegarias, y la sequía paró para el resto de los griegos, pero persistió de modo aislado para los atenienses.

»Por esta razón, los atenienses se vieron obligados a preguntar al dios respecto al modo de librarse de sus males. Entonces el dios les respondió por medio de un oráculo que se librarían si daban a Minos la satisfacción que pidiera por el asesinato de Androgeo.

»Los atenienses obedecieron al dios y Minos les ordenó que entregaran cada nueve años, como alimento del Minotauro, durante todo el tiempo que el monstruo viviera. Una vez que los hubieron entregado, los habitantes del Ática se vieron libres de aquellos males, y Minos puso fin a la guerra contra Atenas».

Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica (Libro IV, 60, 61)
Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

Pausanias, sin embargo, sostiene otra versión más interesante. Androgeo habría muerto asesinado por el toro de Poseidón que Minos no había sacrificado y que Heracles había llevado hasta la Grecia continental. Una vez más, el delito de Minos se vuelve contra él provocando la desgracia en su linaje:

«En Creta, un toro devastaba todo el país, y especialmente la región del río Tetris. Antiguamente las fieras eran temibles para los hombres, como el león de Nemea y el del Parnaso, las serpientes de muchos lugares de Grecia, el jabalí de Calidón, el del Erimanto y el del Cromión en la tierra corintia, de modo que incluso se decía que algunas fieras nacían de la tierra, que otras estaban consagradas a los dioses, y que otras habían sido enviadas para castigo de los hombres; este toro dicen los cretenses que se lo envió a ellos Posidón porque Minos, que dominaba el mar griego, tributaba a Posidón un culto menos importante que a cualquier otro dios.

»Dicen que este toro fue llevado al Peloponeso desde Creta y que fue uno de los llamados doce trabajos de Heracles; y cuando fue soltado en la llanura de Argos, escapó a través del Istmo de Corinto hasta el territorio del Ática y hasta el demo de Maratón en el Ática, y dio muerte a todos los que encontraba y también a Androgeo, el hijo de Minos.

»Minos navegó con sus naves, contra Atenas, -pues no creía que ellos eran inocentes de la muerte de Androgeo- y devastó el país hasta que se le concedió llevar a Creta siete muchachos e igual número de muchachas para el legendario Minotauro, a vivir en el Laberinto de Cnoso.

»Se dice que después Teseo empujó al toro que estaba en Maratón hasta la Acrópolis y lo sacrificó a la diosa; la ofrenda es del pueblo de Maratón».

Pausanias. Descripción de Grecia (Libro I. 27, 10).
Traducción de María Cruz Herrero Ingelmo. Gredos, Madrid 1994.

En Apolodoro encontramos la versión de Pausanias, pero también otra en la que se culpabilizaba a unos rivales celosos del éxito de Androgeo:

«Egeo llegó a Atenas y organizó el certamen de las Panateneas, en el que Androgeo, hijo de Minos, venció a todos. Egeo lo envió contra el toro de Maratón, que lo aniquiló. Pero algunos aseguran que cuando viajaba hacia Tebas para participar en los juegos en honor de Layo, sus rivales le tendieron por envidia una emboscada y lo mataron.

»Cuando se tuvo noticia de su muerte, Minos que estaba en Paros ofreciendo un sacrificio a las Gracias, se quitó la corona de su cabeza e hizo parar las flautas, pero no realizó el sacrificio peor. Por eso incluso en la actualidad en Paros se les ofrecen sacrificios a las Gracias sin coronas ni flautas».

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 7).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993

[2]. Escila

La historia narrada por Ovidio sea quizá un poco extensa para leerla en un monitor, pero vale la pena el esfuerzo. Me gusta sobre todo la manera en que trata de que comprendamos las razones de Escila.

«Entretanto Minos saquea las costas de los Léleges,
y prueba su potencial bélico contra la ciudad
de Alcátoe, donde reina Niso. Tenía éste en plena coronilla,
en medio de sus venerables canas, un cabello resplandeciente
de púrpura, talismán de su invencible reinado.

»Por sexta vez reaparecían los cuernos de la luna creciente,
y aún era incierto el resultado de la guerra: largas horas
la Victoria sobrevuela ambos bandos con alas vacilantes.

»Había en palacio una torre, adosada a musicales murallas,
en las que el vástago de Leto, cuentan depósito
su lira de oro; sus tañidos quedaron adheridos a la piedra.
Allí solía subir con frecuencia la hija de Niso y golpeaba
los resonantes sillares con un diminuto guijarro, en tiempos
de paz; también en la guerra solía contemplar desde allí
los combates del fiero Marte, y ya conocía, dada la duración
de la contienda, los nombres de los paladines, y sus armas,
sus corceles, sus ropajes y sus aljabas de Cidonia. Conocía
más que ninguna otra la figura del caudillo hijo de Europa,
más incluso de lo que hubiera debido conocerla. Si Minos
había guarecido su cabeza bajo un casco con penacho de plumas,
ella lo encontraba hermoso bajo su yelmo; y si había embrazado
su escudo reluciente de bronce, le sentaba bien embrazar
el escudo. Si enarbolaba y arrojaba su flexible lanza,
la joven celebraba su fuerza y su destreza. Si montaba
una flecha y curvaba su descomunal arco, juraba ella
que tal era la pose de Febo cuando echa mano de sus flechas.
Pero cuando se quitaba el yelmo y descubría su rostro,
y, vestido de púrpura, montaba a lomos de su caballo blanco,
engalanado con bordadas gualdrapas, y gobernaba su hocico
espumeante, apenas era dueña de sí, apenas se mantenía
en su sano juicio. Feliz jabalina llamaba ella a la que él tocase,
y felices riendas a las que él empuñase en su mano.

»Ganas tiene, si pudiera, de llevar a través del ejército
enemigo sus pasos de doncella, ganas tiene de arrojarse
desde lo alto de la torre al campamento gnosio,
o incluso de abrir al enemigo las puertas de bronce,
o cualquier otra cosa que Minos quiera. Y estando sentada
contemplando la blanca tienda del rey dicteo, dice:
“No sé si alegrarme o lamentarme de que tenga lugar esta guerra
deplorable, lamento que Minos sea enemigo de quien le ama.
Pero si no hubiera guerra, jamás le habría conocido.
Ahora bien, podría aceptarme como rehén y abandonar
la guerra; me tendría como compañera y como prenda de paz.
Si la que te parió era tal cual tú eres, tú el más hermoso
de los reyes, con razón el dios se inflamó de amor por ella.
Tres veces dichosa, si pudiera deslizarme por los aires con alas,
posarme en el real del rey de Cnosos, confesarle quién soy
y mi pasión, y preguntarle por qué dote estaría dispuesto
a dejarse comprar, con tal de que no exigiera la ciudadela de mi padre.

»Porque, ¡al cuerno mis esperanzas de matrimonio antes que
alcanzarlas con la traición! Aunque muchas veces la clemencia
de un vencedor magnánimo hizo buena para muchos la derrota.
Justa es, sí, la guerra que libra por el asesinato de su hijo; tiene
la fuerza de su causa y la de las armas que sostienen su causa.
Seremos vencidos, creo. Y si ésa es la suerte que espera
a la ciudad, ¿por qué ha de ser su poderío bélico quien abra
estas murallas mías y no mi amor? Más vale que pueda vences
sin carnicería, sin demora y sin coste de su propia sangre.
Así al menos no habría de temer que algún ignorante hiera
tu pecho, Minos; pues, ¿quién hay tan cruel que ose dirigir
contra ti su mortífera lanza a sabiendas de quién eres?

»Me agrada el plan; estoy resuelta a entregarme y conmigo
a mi patria como dote, y a poner así fin a la guerra.
Pero no basta con querer. Un guardia custodia la entrada,
y las llaves de la puerta las tiene mi padre, sólo a él temo,
desdichada de mí, sólo él frena mis deseos. ¡Ojalá los dioses
hubieran querido que no tuviera padre! En realidad cada cual
es su propio dios; la Fortuna rechaza las súplicas de los cobardes.
Otra mujer, inflamada por tamaña pasión, hace ya tiempo que
habría destruido con placer cualquier cosa que obstaculizara
su amor. ¿Y por qué habría de ser otra más valiente que yo?
Me atrevería a pasar entre fuegos y espadas; pero en esto
no hay necesidad de fuegos ni espadas; sí necesito el cabello
de mi padre. Ese cabello es para mí más valioso que el oro,
esa púrpura me va a hacer dichosa y dueña de lo que ansío”.

»Mientras decía esto, sobrevino la noche, la mejor nodriza
de las cuitas, y con las tinieblas creció su audacia.
Era la primera hora del sueño, cuando el sopor se apodera
de los corazones fatigados por las cuitas del día; penetra
sigilosa en la alcoba paterna, y, ¡ay crimen!, la hija despoja
a su padre del cabello fatal, y, dueña de su criminal botín,
se lleva rauda consigo el despojo, rebasa la puerta, cruza
las líneas enemigas (tan grande es la confianza en sus servicios)
y llega hasta el rey, que se sobresalta cuando ella le dice:
“El amor me ha impulsado al crimen. Yo, Escila, hija del rey
Niso, te entrego los penates de mi patria y de mi hogar.
No pido ninguna recompensa, sólo a ti. Como prenda de mi amor
toma este cabello purpúreo, y no creas que te estoy entregando
un cabello, sino la vida de mi padre”. Y su mano parricida
le alargó el obsequio; Minos retrocedió ante el presente,
y, espantado ante la vista de aquel crimen inaudito, respondió:
“¡Que los dioses te destierren de su mundo, infamia
de nuestro siglo, y la tierra y el mar te sean negados”
Yo al menos no toleraré que la cuna de Júpiter, Creta,
que es mi mundo, sea tocada por tan abominable monstruo”.
Dijo y, tras imponer aquel justísimo legislados sus términos a los
enemigos capturados, ordenó soltar las amarras de su escuadra
e impulsar a fuerza de remos su naves de broncíneos espolones.

»Escila, visto que los bajeles habían sido botados y flotaban
en el mar, y que el rey no le daba el premio por su crimen,
agotadas las súplicas, da paso a un estallido de cólera,
y tendiendo las manos, fuera de sí, con los cabellos sueltos,
grita: “¿Adónde huyes, abandonando a la que tanto debes,
tú, a quien yo he antepuesto a mi patria y a mi progenitor?
¿Adónde huyes, cruel, tú cuya victoria es a la vez mi crimen
y mi buena acción? El obsequio que te he dado, mi amor,
mis esperanzas puestas todas en ti sólo, ¿no te conmueven?
Porque, si tú me dejas, ¿adónde voy a regresar? ¿A mi patria?
¡Vencida yace! Pero supón que subsistiera; por mi traición
está cerrada para mí. ¿Ante la presencia de mi padre?
¡El que yo te entregué! Mis paisanos me odian con razón;
los pueblos vecinos temen el ejemplo; del mundo entero
me desahucian, de suerte que sólo Creta está abierta para mí.
Si también de aquí tu me rechazas y me abandonas, ingrato,
no es Europa tu madre, sino la inhóspita Sirte, las tigresas
armenias y Caribdis alborotada por el Austro. Ni eres hijo
de Júpiter ni tu madre fue seducida por la imagen de un toro;
es falsa esa leyenda sobre tu linaje. Un toro de verdad,
un toro bravo y que jamás fue presa del amor de una novilla,
fue quien te engendró. ¡Castígame, Niso, padre mío! ¡Alegráos
de mis males, murallas que acabo de traicionar! Porque,
lo confieso, me he portado mal y merezco morir. Pero al menos,
¡que sea alguno de aquellos a quienes con mi impiedad
causé daño quien me dé muerte! ¿Por qué eres tú, que venciste
gracias a mi crimen, quien castigas mi crimen? ¡Que esta maldad
para con mi patria y mi padre sea para ti un buen servicio!
Bien digna de tener por esposo es la adúltera que engañó
con madera a un fiero toro y llevó en su vientre un feto híbrido.
¿Por ventura llegan a tus oídos mis palabras, o los vientos
se las llevan inanes, esos mismos vientos que se llevan, ingrato,
tus bajeles? Ya no me sorprende que Pasifae prefiriera,
antes que ti, al toro; tú tenías mayor ferocidad.

»¡Desdichada de mí! ¡Les ordena acelerar! Resuena el mar,
hendido por los remos, y la tierra, y yo con ella, ¡ay!, nos alejamos.
Nada conseguirás, Minos, en vano olvidado de mis favores.
Te seguiré a tu pesar, y abrazada a tu recurva popa, me dejaré
arrastrar por el vasto mar”. Apenas dicho esto, salta
al agua y nada en pos de los barcos (su pasión le da fuerzas),
y se aferra, odiosa compañía, al bajel del rey de Cnosos.

»Cuando le avista su padre (pues ya se cernía en los aires
recién convertido en un águila marina de alas leonadas),
se lanza sobre la aferrada con la intención de desgarrarla
con su curvo pico. Soltó ella, de miedo, la popa, y al caer
pareció que una ligera brisa la sostenía evitando que tocara
el mar. Eran sus alas; transformada en ave con plumas, Ciris
se llama; recibió este nombre por el cabello que cortó.
Minos cumplió su voto para con Júpiter, una hecatombe
nada más desembarcar y alcanzar la tierra de los Curetes,
y decoró su palacio colgando los despojos de guerra».

Ovidio, Metamorfosis. Libro VIII (5).
Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, Madrid 1995.

Apolodoro, sin duda menos romántico que Ovidio, sostiene por el contrario que fue Minos quien mató a Escila atándola a la popa de su barco.

«No mucho después, habiéndose adueñado [Minos] del mar, atacó con su escuadra a Atenas, tomó Megara durante el reinado de Niso, hijo de Pandión, y mató a Megareo, hijo de Hipómenes, que había acudido en auxilio de Niso por la traición de su hija. Pues tenía en medio de su cabeza un cabello purpúreo y existía un oráculo según el cual moriría si se le arrancaba. Pero su hija Escila, que se había enamorado de Minos, se lo arrancó. Minos, una vez que se hubo adueñado de Megara, ató a la muchacha por los pies a la popa y la hundió bajo el agua».

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 8).
Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid 1993.

Pasifae y Procris

Pasifae debía de ser una mujer de gran carácter, no en vano era hija de Helios, que no duda en saltarse todas las normas sociales para satisfacer sus deseos (cometiendo así adulterio y, encima, con un animal). Además, al igual que su hermana Circe, debía de tener amplios conocimientos de hechicería, como comprobó muy a su pesar el funesto Minos [1].

Pasifae y el Minotauro

El Minotauro en el regazo de Pasifae. Kylyx de figuras rojas (c. 330 a. C). Bibliothèque Nationale, París (Paris Bib.1066).

Me llama mucho la atención esta representación, en la que se humaniza cariñosamente a un sonriente Minotauro cuidado con mimo por su madre. La cesta quizá sea una de las que usaban los antiguos griegos para los bebés, pero el cisne no entiendo muy bien qué pinta ahí. Debo investigarlo.

El rey de Creta era un apasionado amante y un día, todo celos, Pasifae le lanzó una maldición. Cuando se acostaba con otra mujer, eyaculaba serpientes y escorpiones que perseguían a sus amantes hasta descuartizarlas.

Curioso fue el romance que tuvieron Minos y la hermosa Procris, una de las hijas de Erecteo, el mítico rey de Atenas. Procris estaba casada con Céfalo, pero a cambio de una corona de oro se acostó con Pteleón. El marido se enfadó, pues no en vano las mujeres gozaban de mucha menos libertad que los hombres, y Procris tuvo que huir hasta Creta.

Allí fue bien acogida por Minos, que se enamoró de ella. A cambio de un perro que jamás dejaba escapar las presas que perseguía y una jabalina que siempre acertaba en el blanco, Procris le dio una hierba de Circe con la que contrarrestar la maldición y se acostó con él [2].

Temerosa de que Pasifae se vengara cuando se enterase de la aventura de su marido, Procris marchó hasta Atenas, donde se reconcilió con Céfalo. Le dio entonces a la mujer un extraño ataque de celos y comenzó a espiar a su marido. Un día le siguió a escondidas cuando iba a cazar y por error, creyendo que tras unos matorrales se agazapaba una presa, Céfalo la mató con la portentosa jabalina [3]. 

procris

Piero de Cosimo. La muerte de Procris. National Gallery, Londres.

En una de las fábulas de Higinio se recoge una versión un poco distinta del mito de Procris y Céfalo pero que parece más coherente. En vez de Minos, es Artemisa quien le dio los regalos a Procris, que había huido hasta Creta por un desliz matrimonial provocado por Eos: como la diosa del alba quería acostarse con Céfalo pero él quería mantenerse fiel a su esposa, le propuso un acuerdo maquiavélico para disipar sus escrúpulos. Si Procris era la primera en irse con otro hombre, él debía irse con ella. Además, le entregó unos presentes con los que comprar los favores de su mujer y le cambió de aspecto para que nadie le reconociera.

Llegó así Céfalo a su casa y simulando ser un forastero le propuso a su esposa que se acostase con él a cambio de unos regalos. Ella aceptó y, tras darse un revolcón, Eos levantó el disfraz de Céfalo.

Asustada, Procris huyó hasta Creta, donde Artemisa se apiadó de ella y el regaló dos cosas con las que deslumbrar a su marido, cazador de profesión: una jabalina que nunca fallaba el blanco y un perro que siempre atrapaba sus presas.

Céfalo se rapó la cabeza, se vistió como un hombre y regresó junto a Céfalo para desafiarle. Sin reconocerla, aceptó el duelo y salieron a cazar los dos. A la vuelta, maravillado ante las proezas del forastero, Céfalo le pidió que le vendiera el perro y la jabalina, a lo que Procris respondió que solo lo haría si antes se acostaban juntos. Céfalo aceptó y cuando vio al forastero desnudo descubrió que era su esposa. Es de suponer que Artemisa también la habría camuflado de alguna manera pues de lo contrario vaya desastre de esposo que se había echado Procris, que solo la reconocía desnuda; pero en cualquier caso no deja de ser curioso que sea mediante un disfraz con lo que se deshace el entuerto causado, precisamente, por otro disfraz.

Ambos se reconciliaron y la historia podría haber tenido un final feliz si a Procris no le hubiera entrado un ataque fatal de celos. Desconfiando de que su marido se fuera con Eos, le siguió cuando salió de caza y él la mató por accidente con la jabalina de Artemisa [4].

Notas

[1]. Hay algo en la relación de Minos y Pasifae que me recuerda a la de Zeus con Hera. Un estudio interesante es comparar a Minos con Zeus, lo dejo para otro momento.

[2]. Son curiosos los presentes que acepta Procris a cambio de sus favores sexuales: una corona y útiles para la caza, todos correspondientes a la esfera masculina (las mujeres –aparte de Artemisa, la diosa cazadora– ni cazaban ni, mucho menos, tenían poder político alguno salvo en los mitos). Aunque quizá solo sea el resultado de una pretensión literaria, hacer que la mujer impía muera por la causa de su delito, la jabalina, una vez más vemos asociados elementos masculinos a una mujer que se escapaba de las convenciones sociales.

Por otra parte, Céfalo también había protagonizado otro episodio en el que había asumido un rol femenino: cuando había sido raptado por Eos, la diosa de la aurora.

[3]. Fuentes

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (3)

«Procris se casó con Céfalo, hijo de Deyón, y, tras aceptar una corona de oro, se acostó con Pteleón, pero descubierta por Céfalo se refugió junto a Minos, que se enamoró de ella e intentó seducirla.

»Pero si una mujer hacía el amor con Minos era imposible que conservara la vida; pues Pasifae, dado que Minos acostumbraba a tener relaciones amorosas con muchas mujeres, lo había hechizado y cada vez que se acostaba con alguna, lanzaba contra sus miembros fieras salvajes, y de esta forma perecían.

»Minos poseía un perro veloz y una jabalina certera y a cambio de ellos Procris se acostó con él, dándole a beber la raíz circea para que nada le dañara.

»Pero más tarde, por temor a la esposa de Minos se marchó a Atenas y, habiéndose reconciliado con Céfalo, acudió en su compañía a una cacería, pues era aficionada a la caza. Mientras ella perseguía una presa entre la maleza, Céfalo, sin reconocerla, lanzó contra ella su jabalina y acertándola la mató. Juzgado en el Areópago, fue condenado a destierro perpetuo».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

 

La muerte de Procris

Ovidio nos cuenta, en boca de Céfalo el fatal accidente que puso fin a la vida de Procris. Ella escuchó como su amado alababa la brisa y pensó que se trataba de una mujer llamada Brisa. Celosa, le siguió para descubrir a la tal Brisa y él la mató pensando que era una presa de caza.

«Mis alegrías, Foco, son el principio de mis penas;
primero te contaré aquéllas. Me agrada recordar, hijo de Éaco
una época dichosa, nuestros primeros años, cuando yo era feliz
con mi mujer y ella con su marido, como debe ser entre esposos.
Un afecto mutuo y el amor conyugal nos poseía a ambos;
ni ella hubiera preferido el matrimonio con Júpiter a mi amor,
ni había otra que me cautivara, aunque viniese la mismísima
Venus; llamas igual inflamaban nuestros corazones.

»Apenas el sol hería las cumbres con sus primeros rayos,
solía ir yo a cazar a los bosques con espíritu jovial,
y no solían acompañarme sirvientes ni caballos ni perros
de agudo olfato, ni tampoco las nudosas redes de lino;
estaba yo seguro con mi jabalina. Pero cuando mi diestra
estaba ya cansada de abatir fieras, buscaba yo el frescor
de la sombras y la brisa proveniente de los fríos valles.
Acalorado, era esta suave brisa lo que yo buscaba, la brisa
lo que yo esperaba, era ella el descanso de mis fatigas.
“Brisa, ven”, solía yo cantar (¡cómo me acuerdo!),
“deléitame y entra en mi regazo, deliciosa,
y, como sueles, alivia gustosa los ardores que me abrasan”.
Tal vez añadiera yo (así me arrastraba mi destino)
mil requiebros y acostumbrara a decir “tú eres
mi gran deleite, tú me reconfortas y acaricias,
tú haces que ame las selvas y los parajes solitarios,
y que ese aliento tuyo siempre lo aspire mi boca”. Alguien
prestó oídos a estas palabras ambiguas y las malinterpretó;
tomando el nombre tantas veces invocado de “brisa”
por el de una ninfa me cree enamorado de esta ninfa.

»Al punto, este imprudente delator de una culpa supuesta
corre a ver a Procris y entre susurros le cuenta lo oído.
Crédula cosa es el amor; por causa del repentino disgusto
cayó –según me cuentan- desvanecida, y cuando por fin volvió
en sí, se llamó desgraciada y mujer de infausto destino,
se quejó de mi perfidia y, espoleada por una culpa imaginaria,
temió lo inexistente, temió un nombre sin cuerpo, y sufre
la desdichada como si realmente hubiera una rival. Aun así,
muchas veces duda y en su angustia abriga la esperanza
de equivocarse, rehúsa dar crédito al delator, y si ella misma
no lo ve, no está dispuesta a condenar las faltas de su marido.

»Al día siguiente, la luminosa Aurora había ahuyentado la noche;
salgo, voy al bosque y, satisfecho por la caza, me tumbé
en la hierba y dije: “ven brisa, y alivia mi fatiga”.
De pronto me pareció oír como gemidos entre mis palabras;
aun así dije: “ven, grata como ninguna”.
Una hoja, al caer, produjo de nuevo un ligero ruido;
yo creí que era una fiera y lancé mi volandera jabalina;
era Procris, que, sujetándose la herida en medio del pecho,
grita: “Ay de mí”. Reconocí la voz de mi fiel esposa,
y corrí hacia su voz desesperado y enloquecido. Moribunda
la encuentro, sus ropas manchadas y salpicadas de sangre,
intentando arrancarse de la herida (¡desgraciado de mí!)
su propio regalo; levanto delicadamente en mis brazos su cuerpo
más querido que el mío, y rasgando su ropa desde el pecho,
vendo su cruel herida y trato de restañar la sangre
y le suplico que no me abandone convertido en criminal
por su muerte. Sin fuerzas y a punto de morir se esforzó
por decir estas pocas palabras: “por nuestros lazos conyugales,
por los dioses celestiales y los ya míos, los infernales,
por el bien que pueda haberte hecho y por el amor que aun
ahora al morir te profeso y es la causa de mi muerte, te ruego,
te suplico, que no permitas que Brisa ocupe mi lugar de esposa”.

»Así dijo, y entonces comprendí que había una confusión
de nombres, y se lo expliqué. ¿Pero de qué servía explicárselo?
Se derrumba, y sus pocas fuerzas huyen con su sangre,
y mientras aún puede mirar, me mira a mí, y en mí
y en mis labios exhala la desdichada su último aliento;
y por la expresión alegre de su rostro parece morir tranquila».

Ovidio, Metamorfosis. Libro VII (795).
Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza Editorial, Madrid 1995.

 

[4]. «Procris, hija de Pandión. Céfalo, hijo de Deión, se casó con ella y, como se profesaban amor mutuo, se prometieron que ninguno de los dos yacería con otro.

»Pero Céfalo era aficionado a la caza y, al salir un día al monte muy de mañana, se enamoró de él Aurora [Eos], esposa de Títono, quien le pidió acostarse con él, a lo cual se negó Céfalo porque se lo había prometido a Procris.

»Entones Aurora dijo: “no quiero que faltes a tu juramento antes de que ella lo haya roto primero”. Así pues, lo convirtió en forastero y le dio bonitos presentes para que se los diera a Procris. Cuando Céfalo se presentó bajo esa apariencia, entregó a Procris los regalos y se acostó con ella. Entonces Aurora le privó de su imagen de forastero.

»Cuando ella vio a Céfalo, se dio cuenta de que había sido engañada por Aurora y huyó a la isla de Creta, donde cazaba Diana (Artemisa). Cuando Diana la vio, le dijo: “Sólo las vírgenes cazan conmigo y tú no eres virgen. Aléjate de esta reunión”.

»Procris le explicó sus desgracias y que había sido engañada por Aurora. Diana, movida por la misericordia, le entregó un venablo que nadie podía esquivar y el perro Lélape, al que no podía escapar ninguna fiera y le ordenó marchar y luchar contra Céfalo.

»Ella, por voluntad de Diana, se presentó ante Céfalo con la cabeza rapada y con vestidos de hombre, lo desafió y lo superó en la caza. Céfalo, cuando vio cuánto poder tenía el venablo y el perro pidió a su huésped, sin sospechar que era su esposa, que le vendiese el venablo y el perro.

»Ella se negó en principio, pero dijo: “Si de verdad deseas poseer esto, hazme el amor”. Él, inflamado por el ansia del venablo y el perro, prometió que lo haría.

»Cuando llegaron al lecho, Procris levantó su túnica y le hizo ver que era una mujer y su esposa. Aceptados los regalos, Céfalo se reconcilió con ella.

»Ella, desconfiando por completo de Aurora, lo siguió un día por mañana para espiarle y se escondió en la espesura. Al ver Céfalo moverse las ramas, lanzó su venablo infalible y mató a Procris, su cónyugue.

»Céfalo tuvo de ella a Arcesio y de éste nacería Laertes, el padre de Odiseo».

Traducción de Santiago Rubio Fenaz. Ediciones Clásicas, Madrid.

Ya que hemos retrocedido en el tiempo para conocer algunos sucesos previos al fatal desenlace del mito del Minotauro, aprovechemos para ver algunos episodios significativos de Minos y su peculiar familia antes de la llegada de Teseo a la isla de Creta.

1.3. Glauco

A Crateo le pasaron algunos hechos curiosos que veremos más adelante; a Deucalión le cupo el honor de ser padre de Creta e Idomeneo, uno de los pretendientes de Helena, que ganó merecida gloria durante la guerra de Troya; y Androgeo murió joven por los recelos del rey de Atenas, Egeo. Ahora bien, al cuarto hijo de Minos, a Glauco, el destino le deparaba protagonizar un suceso asombroso: regresar de la muerte.

Cuenta Apolodoro que, cuando era aún un niño, Glauco se cayó en una enorme tinaja de miel mientras perseguía un ratón. Cuando advirtieron su ausencia, Minos consultó a los Curetes [1] dónde podía encontrarlo y estas extrañas criaturas le aconsejaron que reuniera a cuanto adivino se encontrase y les preguntara de qué color era una vaca tricolor que tenía en sus rebaños [2].

Así lo hizo Minos y fue el renombrado Poliido quien supo la respuesta: la vaca era del color de la zarzamora, cuyo fruto cambia de color a lo largo de la estación. Asombrado, Minos le preguntó dónde estaba su hijo Glauco y Poliido no tardó en descubrirlo gracias a su prodigiosa habilidad.

Tras sacar al niño muerto de la tinaja, Minos encerró al adivino con el cadáver en una tumba y le ordenó que lo devolviera a la vida. Ya a solas, Poliido estaba consternado. ¿Cómo iba a conseguir algo así? Vaticinar el futuro no era tan complicado para quien poseía el don y el conocimiento, pero rescatar a alguien de entre los muertos no era tarea baladí.

De pronto, una serpiente se acercó al cadáver. Temeroso de que Minos se enfadase si descubriera el cuerpo maltratado, Poliido mató a la serpiente de una pedrada. Entonces apareció una segunda serpiente que llevaba en la boca con un poco de hierba con la que recubrió a la primera, que al poco resucitó. Maravillado, Poliido cogió un poco de esa hierba y la puso encima del cadáver de Glauco que, como la serpiente, no tardó en volver a la vida [3].

Generoso debería haber sido Minos con Poliido por dvolverle a su hijo, pero ya hemos visto que era bastante ingrato y, en vez de premiarle, le amenazó con la muerte si no le enseñaba a Glauco el arte de la adivinación.

Como no le quedaba más remedio, Poliido le contó sus secretos a Glauco y se embarcó rumbo a Argos. Pero justo antes de partir le dijo al niño que escupiera en su boca y al hacerlo Glauco se olvidó de todo lo que había aprendido [4].

poliido y Glauco

Poliido y Glauco en la tumba. Kylix (c. 460 a.C.). British Museum, Londres.

En el interior de una tumba acampanada, Poliido a la derecha observa el suelo. Glauco está envuelto en un sudario y en la parte de abajo se distinguen las dos serpientes.

 

[1]. Los Curetes eran unos seres divinos que habían cuidado a Zeus cuando su padre, Cronos, quería matarlo. Lo custodiaron en una cueva muy profunda de la isla de Creta y para que Cronos no pudiera escuchar los infantiles lloros de Zeus se pasaban el día danzando y montando jaleo.

[2]. En la Antigüedad abundaban los augures. A diferencia de la religión católica, en la que los dioses rara vez hablan a los hombres, en Grecia y Roma los dioses estaban mucho más cerca de los humanos y se les consultaba cada vez que se iba a realizar una empresa importante. Algunos adivinos trabajaban en los templos y era casi el dios quien hablaba por su boca, pero además se encontraban en aldeas y ciudades gran cantidad de profesionales de la adivinación. (Te recomiendo que leas El asno de oro, de Apuleyo, si te interesa saber más sobre el mundo de los augures en la Antigüedad).

[3]. Según otras versiones, fue Asclepio, padre de la medicina, quien resucitó al pequeño Glauco, lo cual encajaría mejor con la aparición de una serpiente, animal con el que estaba asociado (como Atenea a la lechuza). Sin embargo, en muchas mitologías, no es raro que la serpiente aparezca en mitos relacionados con la muerte y la resurrección (lo que quizá se explique en parte por sus periódicas mudas de piel, el veneno con el que paraliza a sus víctimas, que luego pueden volver a la vida, y sus costumbres subterráneas).

[4]. Fuentes

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (3).

«Glauco murió cuando todavía era un niño al caer dentro de una vasija de miel mientras perseguía a un ratón. Ante su desaparición, Minos emprendió una afanosa búsqueda y consultó a los adivinos sobre la forma de hallarlo. Los Curetes le dijeron que entre sus rebaños poseía una vaca tricolor y que aquel que lograra adivinar su colorido también lograría devolverle vivo a su hijo.

»De entre todos los adivinos convocados Poliido, hijo de Cérano, comparó el color de la vaca con el del fruto de la zarzamora; y obligado a buscar al niño, logró hallarlo por medio de adivinación. Le dijo a Minos que debía recuperarlo vivo y lo encerró en compañía de un cadáver. Cuando se encontraba sumido en una gran perplejidad vio que una serpiente se aproximaba al cadáver; la mató de una pedrada, temeroso de morir también él si algo le sucedía al cadáver.

»Viene entonces otra serpiente y al ver el cadáver de la anterior se aleja, pero regresa en seguida trayendo hierba con la que recubre todo el cuerpo de la otra; y en cuanto la hierba fue depositada, resucitó. Poliido, tras contemplar aquello admirado, colocó la misma hierba sobre el cuerpo de Glauco y lo hizo revivir.

»Cuando Minos recobró al niño, no permitió a Poliido marchar a Argos sin que antes le enseñase a Glauco el arte de la adivinación y Poliido, forzado a ello, se la enseñó. Pero cuando estaba a punto de zarpar le ordenó a Glauco escupir en su boca; al hacerlo así Glauco olvidó el arte de la adivinación».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

1.2. El crimen de Dédalo

La historia del Minotauro está muy ligada a la de Dédalo, por lo que conviene que retrocedamos un momento en el tiempo para saber por qué se encontraba exiliado en Creta.  

Cuentan los mitos que Dédalo era un ateniense cuyo linaje ascendía hasta Erecteo, uno de los reyes fundadores de la ciudad. Arquitecto, artista e inventor, su genio era extraordinario. Entre otros logros, se le atribuía un talento sin igual para la escultura (de hecho, fue el primero en alejarse del rígido modelos de los kouroi y korai).

Tomó como aprendiz a su joven sobrino Talo, hijo de su hermana Pérdix, el cual demostró también un gran ingenio (¿vendrá de este mito el dicho popular de que el aprendiz siempre supera al maestro?). A él le debemos, por ejemplo, el utilísimo compás. Un día, inspirándose en la mandíbula de una serpiente o en una espina de pez, Talo inventó la sierra y a Dédalo le dio ya tal ataque de celos que cogió al pobre muchacho y lo arrojó desde lo alto de la Acrópolis.

Lo más probable es que el chico se despeñase sin más, aunque Ovidio sostiene que Atenea le transformó en un ave ingeniosa de vuelos cortos (¿la perdiz?). El caso es que se descubrió el crimen y Dédalo fue condenado al exilio, una de las mayores penas que se le podía imponer a un ciudadano. Para su desgracia, el lugar donde decidió huir junto con su hijo Ícaro fue la Creta del implacable Minos [1].

Los Kouroi conocidos como Kleobis y Biton.
(c. 590 a. C.). Santuario de Apolo en Delfos (Grecia).

Cuentan los mitos que fue Dédalo quien por vez primera esculpió seres humanos alejándose del hierático modelo de los Kouroi.

Kurois

Notas

[1]. Fuentes

Entre los diversos autores que trataron esta historia, se encuentran Apolodoro, Ovidio y Diodoro, que ofrece la versión más completa.

Apolodoro, Biblioteca mitológica. Libro III (15, 8)

«Dédalo, hijo de Eupálamo, era un excelente arquitecto y el primer inventor de imágenes. Había huido de Atenas por haber precipitado desde lo alto de la Acrópolis a Talo, el hijo de su hermana Pérdix, que era alumno suyo, temeroso de que lo sobrepasase con su ingenio; pues una vez que se había encontrado una mandíbula de serpiente, había serrado con ella un delgado tronco.

»Descubierto el cadáver, fue juzgado en el Aerópago y, habiendo sido condenado, se refugió junto a Minos».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

Ovidio, Metamorfosis. Libro VIII (240)

«En efecto, ignorando el destino, la hermana de Dédalo le había confiado su hijo para que lo educase, un muchacho de doce años cumplidos y espíritu capaz para las enseñanzas. Éste incluso observó la espina central de un pez, tomó de ella modelo y talló una hilera de dientes en un hierro afilado, inventando así el uso de la sierra.

»También fue el primero que unió dos brazos de hierro mediante una juntura de tal manera que, separados por una distancia constante, uno permanece en el sitio y el otro traza un círculo.

»Dédalo sintió envidia y desde la sagrada ciudadela de Minerva [Atenea] lo arrojó de cabeza, fingiendo luego una caída; pero Palas, protectora del talento, lo recogió y convirtió en ave, y en medio de los aires lo cubrió de plumas; aunque pájaro, su antigua fortaleza y vivacidad de ingenio pasó a las alas y a las patas; en cuanto al nombre, subsistió el que antes tenía.

»Sin embargo, esta ave no remonta mucho el vuelo ni hace nidos en las ramas ni en las altas cimas; revolotea cerca del suelo, pone sus huevos en setos, y tiene miedo a las alturas al acordarse de su antigua caída».

Traducción de Antonio Ramírez de verger y Fernando Navarro Antolín. Alianza, 1995.

Diodoro de Sicilia. Biblioteca Histórica. Libro IV (76, 1).

«Dédalo era de familia ateniense y se le consideraba uno de los Erecteidas, dado que era hijo de Eupálamo, hijo éste de Erecteo. Aventajaba notablemente a todos los demás hombres por sus dotes naturales y se dedicó con entusiasmo al arte de la construcción, a la ejecución de estatuas y al trabajo de la piedra. Fue inventor de muchos ingenios que contribuían al desarrollo de su arte y realizó obras que fueron objeto de admiración en muchos lugares de la tierra habitada.

»En la ejecución de estatuas superó de tal manera a todos los hombres que las generaciones posteriores forjaron sobre él el mito de que las estatuas que había esculpido eran absolutamente iguales a los modelos vivos; miraban y andaban, y en todos los aspectos guardaban las proporciones del cuerpo, de modo que la imagen modelada parecía un ser vivo.

»Al ser el primero en representar los ojos y en tallar las piernas separadas y asimismo las manos y brazos tendidos, era natural que fuera objeto de la admiración de los hombres. Los artistas anteriores, en efecto, esculpían sus estatuas con los ojos cerrados y con las manos y brazos caídos y pegados a los lados.

»Sin embargo, a pesar de ser admirado a causa de su amor por las artes, Dédalo fue desterrado de su patria, condenado por homicidio, por las razones siguientes: La hermana de Dédalo tuvo un hijo, Talo, que fue educado en casa de Dédalo cuando todavía era un niño.

»Al ser más dotado que su maestro, inventó la rueda de alfarero; y al encontrar casualmente una mandíbula de serpiente, se sirvió de ella para aserrar en dos una pequeña pieza de madera e imitó el cortante de los dientes. Así, cuando preparó una sierra de hierro y aserró con ella el material de madera que empleaba en sus trabajos, se consideró que había inventado una herramienta que sería de la mayor utilidad para el arte de la construcción. Inventó igualmente el compás y algunos otros ingenios por los que se granjeó gran fama.

»Pero Dédalo tuvo envidia del muchacho, y pensando que aventajaba largamente al maestro por su fama, lo asesinó alevosamente. Cuando lo sepultaba, fue descubierto, y cuando se le preguntó qué sepultaba, contestó que estaba enterrando una serpiente. Podría resultar sorprendente la singular circunstancia de que gracias al animal que había inspirado la construcción de la sierra se produjera, por medio de éste, el descubrimiento del asesinato.

»Acusado y condenado por homicidio por los miembros del Aerópago [el tribunal], se refugió primero en uno de los demos del Ática, cuyos habitantes recibieron por él el nombre de los Dedalidas. [77] A continuación huyó a Creta y, admirado por la fama de su arte, llegó a ser amigo del rey Minos.

Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Gredos, Madrid 2004.

Me perdonará ahora el atento lector que abandone las ensangrentadas llanuras de Troya y, en vez de seguir analizando las Posthoméricas (a las que volveré más adelante), marche hasta Creta para empezar un viaje por uno de los mitos más fascinantes de la Antigüedad: la historia del Minotauro.

1. El mito

1.1. El extraño amor de Pasifae

La historia del Minotauro se remonta a mucho tiempo atrás, cuando Zeus se enamoró de la hermosa Europa, hija de Agénor, y para seducirla se transformó en un toro manso. Europa se subió entonces a su lomo, encandilada por la belleza del animal, y Zeus aprovechó para llevarla hasta las costas de Creta, donde se acostó con ella. De aquella unión nacieron 3 hijos, Minos, Sarpedón y Radamante, a los que el rey de Creta, Asterión, crió como propios.

El rapto de Europa

Hídria. Museo del Louvre, París.

Una de las representaciones más habituales del mito: Europa a lomos de Zeus metamorfoseado en un manso toro cruzando el mar. En otras más tardías, por el contrario, el toro aparece embravecido y Europa, en vez de ir montada sobre el animal, se encuentra flotando a su vera sujetándose a uno de los cuernos (lo que tal vez tendría una connotación sexual si se acepta que el cuerno simboliza el falo del dios) [1].

Europa es raptada por Zeus, que se ha transformado en un manso toro

Ya de jóvenes, los hermanos se enfrentaron a causa de un muchacho llamado Mileto del que se habían enamorado los tres. Como el chico prefería a Sarpedón, el poderoso Minos luchó contra ellos y todos debieron huir de sus furiosos celos. Mileto marchó hasta Caria, donde fundó la ciudad homónima, cuna de grandes pensadores; Sarpedón luchó como mercenario a las órdenes de Cílix y consiguió ser rey de Licia; y Radamantis se exilió a Beocia hasta que a su muerte se convirtió en uno de los legisladores del inframundo, al servicio de Hades.

Mientras tanto, Minos se casó con Pasifae, hija del dios solar Helios y Perseida (una de las hijas de Océano y Tetis), y hermana por tanto de la maga Circe. Juntos tuvieron cuatro hijos (Crateo, Deucalión, Glauco y Andogeo) y cuatro hijas (Acale, Jenódice, Ariadna y Fedra) [2].

Cuando murió Asterión, Minos aspiró a ser rey de Creta y para justificar sus pretensiones aseguró que así lo preferían los dioses. Como prueba, dijo que los dioses le concederían cualquier deseo y le pidió a Poseidón, señor de los mares, que le entregara un toro para sacrificarlo. El dios consintió a sus deseos y del mar salió un espléndido toro.

Minos se quedó maravillado ante la belleza del animal y, en vez de sacrificarlo, lo guardó entre sus rebaños [3]. Molesto ante semejante afrenta, el soberano del mar le castigó insuflando a su esposa Pasifae una pasión desenfrenada por el toro sagrado. Para satisfacer su deseo, la reina pidió ayuda a Dédalo, un genial inventor que acababa de llegar a Creta desde Atenas huyendo de un horrible crimen.  

A Dédalo, genial escultor, artífice de autómatas y estatuas que parecían casi vivas, apenas le costó esfuerzo construir un artefacto con el que engañar al toro: una vaca de madera en cuyo interior se escondió la reina. Al ver la estatua abandonada en un prado, el animal cayó en el engaño y dio rienda suelta a su natural fogosidad. Pasifae aplacó así su deseo, pero no calculó bien las consecuencias pues unos meses después dio a luz a una bestia mitad hombre mitad toro: el Minotauro, al que llamaron Asterión.

Alertado por unos oráculos, Minos no se atrevió a matar a la extraña criatura y le pidió a Dédalo que construyera un lugar donde albergarle lejos de cualquier mirada humana. Dédalo se puso manos a la obra y diseñó un intrincado laberinto de piedra en el que vivió desde entonces el Minotauro [4].

Pasifae y Dédalo

Dédalo le muestra su vaca artificial a Pasifae.

Fresco de Pompeya (Nápoles).

Notas

[1]. Un análsisis muy interesante sobre la representación del rapto de Europa en la Antigüedad es el artículo de G. López Monteagudo y M. P. San Nicolás Pedraz: El mito de Europa en los mosaicos hispano-romanos. Análisis iconográfico e interpretativo.

El otro modelo básico de representación, con Europa agarrada al cuerno del toro, lo vemos por ejemplo en esta vaso griego de figuras rojas (c. 490 a. C.) que se conserva en el Museo Nazionale Tarquiniese (Tarquinia, Italia).

Europa y Zeus

[2]. Linaje de Minos (principales personajes mencionados en esta exposición)

linaje de Minos

[3]. El toro del mar

Según algunas versiones, este toro sagrado, magnífica bestia de color blanco que despedía fuego por las fosas nasales, aún protagonizó otro par de episodios dignos de mención. Una de las doce tareas que Euristeo le encargó a Heracles fue traerle, precisamente, el toro divino. Minos le dijo que podía llevárselo si era capaz de capturarlo, lo cual no le costó demasiado al infatigable héroe. Luego, se lo llevó a Grecia, tal vez, montado a su lomo para cruzar el mar. Euristeo quiso sacrificar el toro en honor de Hera, pero la celosa diosa no aceptó el presente al provenir de su odiado Heracles y el héroe lo dejó marchar en libertad.

El animal vagó entonces a sus anchas hasta que llegó a la llanura de Maratón, en el Ática, donde sembró el terror entre los paisanos hasta que fue capturado y sacrificado por Teseo.  

De alguna manera, se cierran así dos círculos: el iniciado por el viaje de Europa a lomos del toro en que se había metamorfoseado Zeus y el de las funestas consecuencias derivadas del sacrificio hurtado a Poseidón. Teseo, no solo pone fin a la vida del Minotauro, sino también cierra la herida que había provocado Minos al haberse quedado con el toro destinado al sacrificio.

Heracles y el toro de Creta

Heracles y el toro de Creta.
Kylix ático de figuras rojas (c. 510 a. C.). Tampa Museum of Art, Florida (Tampa 86.85)

[4]. Fuentes

Lo narrado hasta este momento puede leerse, por ejemplo, en el Libro III de la Biblioteca mitológica:

2. «Asterión, soberano de los cretenses, se casó con Europa y crió a sus hijos. Cuando ellos llegaron a la edad adulta riñeron entre sí, pues ambos estaban enamorados de un muchacho llamado Mileto, hijo de Apolo y de Aría hija de Cléoco. Como el muchacho sintiera mayor inclinación por Sarpedón, Minos entabló combate y resultó vencedor, los otros huyeron, Mileto arribó a Caria fundando allí la ciudad de Mileto a partir de su propio nombre y Sarpedón, a cambio de una porción de territorio, combatió en las filas de Cílix, que mantenía una guerra contra los licios y llegó a ser rey de Licia. Zeus le concedió vivir a lo largo de tres generaciones.

»Sin embargo algunos afirman que ellos estaban enamorados de Antimnio, hijo de Zeus y Casiopea, y que por su causa riñeron.

»Radamantis legisló para los isleños y, tras exiliarse de nuevo a Beocia, desposó a Alcmena; desde su a paso a la otra vida administra justicia en el Hades junto con Minos. Éste, establecido en Creta, redactó leyes y desposó a Pasífae, hija de Helio y Perseide; no obstante Asclepiades dice que desposó a Creta, la hija de Asterio, engendró hijos, Crateo, Deucalión, Glauco y Androgeo, e hijas, Acale, Jenódice, Ariadna y Fedra; y de una ninfa paria tuvo a Eurimedonte, Nefalión, Crises y Filolao; y de Dexítea a Euxantio.

3. »Al morir Asterión sin descendencia, Minos pretendió reinar en Creta, pero se topó con resistencias a sus pretensiones. Aseguraba que había recibido el trono de los dioses y para que se confiara en él, afirmaba que sucedería lo que el pidiera. Cuando se hallaba ofreciendo un sacrificio a Poseidón, le suplicó que apareciera de las profundidades marinas un toro y le prometió que lo sacrificaría en cuanto apareciese. Poseidón hizo aparecer un magnífico toro y Minos consiguió así el reino, pero envió el toro con sus rebaños y ofreció otro en sacrificio.

»Minos fue el primero en detentar el dominio marítimo y extendió su poder sobre casi todas las islas. Irritado con él Poseidón por no haberle sacrificado el toro, lo volvió salvaje e hizo que Pasífae concibiera por él un amor apasionado.

»En su amor por el toro, contó con la complicidad de Dédalo, que era arquitecto y había huido de Atenas por un asesinato. Éste construyó una vaca de madera con ruedas, la ahuecó por dentro, la recubrió con la piel de una vaca que había desollado y, colocándola en el prado en el que el toro acostumbraba a pacer, introdujo dentro de ella a Pasífae. Cuando el toro llegó, yació con ella tomándola por una vaca de verdad.

»Pasífae parió a Asterión, llamado Minotauro, que tenía el rostro de toro y el resto humano. Minos, en atención a ciertos oráculos, lo encerró dentro del laberinto y lo mantenía bajo custodia. El laberinto, construido por Dédalo, era un edificio que hacía equivocarse en la salida con sus intrincados pasadizos».

Traducción de Julia García Moreno. Alianza, Madrid, 1993.

Posthoméricas III

Libro II

El combate de Aquiles contra Menmón

La llegada de Memnón supuso un gran alivio para los troyanos. Le acompañaba una hueste numerosa de etíopes, que en este caso podrían ser un pueblo de medio oriente, aunque en general los griegos llamaban etíopes a todos los pueblos del África negra. ¿Acaso podría este legendario héroe parar por fin al tremendo Aquiles?

Tras un breve descanso, se reanuda la batalla y Memnón avanza imparable por la llanura troyana. De entre las filas aqueas, se adelanta para hacerle frente Antíloco, hijo del sabio Néstor, rey de Pilos [1]. Antíloco arroja su lanza, pero Memnón la esquiva y alcanza a su querido amigo Étope de Pírraso. Enfurecido, Memnón carga contra Antíloco y le atraviesa el corazón [2].

Destrozado al ver morir a su hijo, Néstor llamó a Trasimedes, otro de sus vástagos, y junto con Fereo, un vasallo de Antíloco, marchó contra Memnón. Pero nada pudieron contra el fiero rey de los etíopes, que trató de que Néstor se alejase de la batalla para no luchar contra quien tanto aventajaba por edad.  

Y así fueron retrocediendo los aqueos cada vez más ante la furia de Memnón hasta que el mismo Aquiles le plantó cara por petición de Néstor. Comenzó entonces uno de los combates más reñidos de toda la guerra de Troya. A un lado se encontraba Aquiles y al otro Memnón, ambos acompañados por sus respectivas madres -Tetis y Eos-, que contemplaban horrorizadas la pelea [3].

Durante mucho tiempo lucharon sin que ninguno de los dos consiguiera ventaja, embistiéndose por el mar de sangre y cadáveres que inundaba la llanura de Troya, hasta la Discordia movió la balanza de la batalla y Aquiles le clavó su espada en el pecho a Memnón.

Según Quinto Esmirna, bajaron entonces el Céfiro, el Bóreas y el Noto, los poderosos vientos hijos de Eos, a recoger el cuerpo de su hermano Memnón y lo llevaron hasta un lugar del río Esepo, cerca del estrecho de Dardanelos, custodiado por Ninfas y densas arboledas. Y mientras las gotas de sangre de Memnón que caían a tierra se transformaban en ríos pestilentes de aguas negras, todos los etíopes que le habían acompañado se volvieron invisibles y, transportados por los vientos, llegaron hasta su tumba, donde se transformaron en “memnones” (¿cuervos?) [4].

Hasta allí fue a llorarle Eos, acompañada de sus doce hijas -las Horas-, y aquella noche su hermana Selene ocultó todos los astros en señal de duelo. Las lágrimas que derramó por su querido hijo se transformaron en el rocío con el que despertamos desde entonces a cada amanecer [5].

Eos y Memnón

Eos recoge el cadáver de Memnón.
Kylix ático (c. 485 a. C). Museo del Louvre, París (Louvre G115).

[1]. Como se manifiesta simbólicamente en su avanzada edad, el anciano Néstor era el más sabio de todos los aqueos, lo cual quizá se corresponda con

el antiguo brillo cultural de la ciudad de Pilos, de donde le hacían rey. Como sabes, en la Ilíada -transmitida oralmente durante generaciones- se mezclan dos épocas históricas: el período micénico y la edad oscura. En la actualidad, en la ciudad de Pilos se han descubierto un sinfín de tablillas sobre los más variados temas (administración, religión, impuestos, etcétera), que revelan la intensa actividad de la ciudad. Si Pilos era un gran centro cultural de la época micénica, quizá no resulte extraño que a sus reyes legendarios les atribuyesen estas cualidades.

[2]. El poeta Píndaro nos cuenta que Antíloco murió por salvar a su padre, que trataba de huir de la embestida de Memnón tras haber perdido, asaeteados por Paris, los caballos de su carro.

Estr. IV

«Vivió también antes Antíloco el fuerte y tenía este mismo pensar;
que murió por su padre, haciéndole frente
al caudillo de los Etíopes, asesino de hombres,
a Memnón. Pues herido el caballo por los dardos de Paris
retrasaba de Néstor el carro y Memnón dirigía
contra Néstor la lanza potente. Del anciano Mesenio
el agitada alma a gritos llamaba a su hijo,

Estr. V

»y no cayó a tierra la voz que lanzó: allí aguantando el divino héroe
compró con su muerte la salvación del padre,
y pareció en la raza de antaño
a los jóvenes, por haber realizado una hazaña gigante,
ser el más excelso en virtud por amor a los padres».

Píticas VI.

Píndaro, Odas y fragmentos. Gredos. Madrid, 2002. Traducción de Alfonso Ortega.

[3]. Probablemente, habría varias versiones del combate entre Aquiles y Memnón. En el Museum of Fine Arts de Boston, Massachusetts, se conserva un Calyx datado hacia el año 490 a. C. (Boston 97.368 ) en el que la diosa Tetis es reemplazada por Atenea. En el suelo yace un héroe troyano llamado Melanippo.

boston-97368 / la muerte de Memnón

Atenea
Aquiles

atenea

aquiles
   
Eos
Memnón
eos
memnón

[4]. Machetes pugnax, bandadas de aves que al parecer luchan ferozmente entre grupos distintos por la posesión de un territorio.

[5]. En el Libro XIII de las Metamorfosis (576), Ovidio describe la muerte de Memnón, las bandadas de enemistadas aves Memnones que surgieron de la pira funeraria del héroe y cómo las lágrimas vertidas por Eos ante la muerte de su hijo se transformaron en el rocío del alba.

«No tuvo tiempo la Aurora, aunque había apoyado a aquel bando, de lamentar la caída de Troya y la tragedia de Hécuba. Una angustia más cercana, un luto familiar la acongoja, la pérdida de Memnón, a quien su dorada madre había visto sucumbir en los campos frigios bajo la pica de Aquiles; lo vio, y ese color con rojean las primeras luces del alba palideció y el cielo quedó oculto entre nubes.

»No pudo soportar la madre el espectáculo de aquel cuerpo depositado sobre la pira funeraria, y con el cabello suelto, tal como estaba, no juzgó indigno postrarse a las rodillas del gran Júpiter [Zeus] y añadir a sus lágrimas estas súplicas:

»Aunque inferior a todas las que el áureo cielo sustenta (pues son contados los templos que poseo en todo el mundo), diosa soy, con todo, y no he venido para que me des santuarios, días de sacrificio o altares que ardan con fuego; aunque si reparas en los servicios que te presto, aun siendo hembra, cuando al alba preservo las fronteras de la noche, estimarías que merezco una recompensa. Pero no es eso lo que me preocupa, ni está la Aurora como para reclamar merecidos honores. Vengo huérfana de mi Memnón, que en vano tomó valerosas armas en favor de su tío y en edad juvenil sucumbió (así lo quisiste) a manos del bravo Aquiles. Dale, te lo ruego, algún honor como consuelo de su muerte, supremo soberano de los dioses, y alivia mis heridas de madre.

»Había asentido Júpiter, cuando la elevada pira de Memnón se desplomó entre altas llamaradas, y negras volutas de humos oscurecieron el día, como cuando los ríos exhalan neblinas que en ellos se forman y que no dejan pasar los rayos del sol. Negras cenizas revolotean y se aglomeran y se condensan formando un solo cuerpo que toma forma y cobra del fuego calor y vida; su propia liviandad le dio alas, y, con aspecto de ave al princpio, luego verdadera ave, aleteó con sus remos; al unísono aletearon innumerables hermanas cuyo nacimiento y origen es el mismo; tres veces sobrevuelan la pira y tres veces sus lamentos resonaron por los aires al unísono; a la cuarta pasada dividen la formación; partiendo entonces de dos sitios diferentes las dos bandadas se hacen una guerra feroz, se ensañan con sus picos y corvas garras y entrechocan alas y pechos, y caen, como fúnebres ofrendas a las cenizas del muerto, sus parientes, recordando que habían nacido de un valeroso héroe. A estos repentinos pájaros les dio nombre su progenitor; por él se llaman Memnónides, y cuando el sol ha recorrido los doce signos, cual aniversario fúnebre, reanudan la lucha dispuestos a morir.

»Por eso mientras a otros pareció lastimoso que ladrase la hija de Dimas, la Aurora se entregó a su dolor y aún hoy derrama maternales lágrimas y destila rocío en el orbe entero».

Ovidio. Metamorfosis. Alianza Editorial, Madrid 1995. Traducción de Antonio Ramírez de Verger y Fernando Navarro Antolín.

Posthoméricas II

Libro II

Eos y Titono

Al amanecer, los troyanos aún no se habían repuesto de la muerte de Pentesilea y su derrota les parecía cada vez más cercana; incluso, el anciano Polidamante le recriminó a París que no entregara a la hermosa Helena. Pero al poco una buena noticia les devolvió la esperanza: a las puertas de la ciudad llamaba el gran Memnón, que con sus numerosos etíopes acudía en ayuda de su primo Príamo.

Memnón era hijo de la diosa de la aurora, Eos, y Titono, hijo a su vez de Laomedonte. La historia de sus progenitores es realmente trágica [1]: Eos se enamoró de Titono, un príncipe troyano de ascendencias divinas, le raptó, se lo llevó al Olimpo y le pidió al padre de los dioses, Zeus, que le concediera la inmortalidad. Pero por un despiste se le olvidó pedirle también que le concediera la eterna juventud, por lo que Titono fue envejeciendo a medida que pasaba el tiempo.

Llegó un momento en que ya ni siquiera podía salir del tálamo nupcial y la pobre Eos se conformaba con escuchar su voz y así siguió marchitándose cada vez más hasta que estaba ya tan arrugado que, como los bebés, cabía en una pequeña cesta. Por fin, Eos terminó con la agonía de su amado y le transformó en cigarra [2].

eos y t�tono

Louis-Jean-François (1725-1805). Le Lever de l’Aurore : elle quitte la couche du vieux Triton – Lagrenée (1763).

«Eos se levantaba del lecho, de estar junto al ilustre Titono,
para llevar la luz a los mortales y los inmortales». (Ilíada 1.1.)

Resulta muy interesante la fogosidad de esta diosa, tal vez fruto de una maldición de Afrodita (enfadada por sus devaneos con Ares), pues también protagonizó otros dos raptos: el del gigante Orión, hijo de Poseidón, y el de Céfalo, un cazador que tras pasar una temporada con ella consiguió regresar de nuevo entre los mortales. Aunque abundan las veces en que un personaje masculino persiga a una diosa o una mortal, es muy extraño que se produzca la situación inversa.

En un mundo tan dominado por los hombres, como era la antigua Grecia, el comportamiento de la bella Eos de dedos rosados debía causar un gran estupor (por poner un ejemplo, es como si descubriéramos que la virgen María se dedicaba a perseguir lindos jóvenes). Es cierto que hay muchas diosas que se acuestan con mortales, pero los seducen, los enamoran, casi nunca los raptan.

Tal vez, y esto es solo una conjetura, sea porque la diosa del amanecer se muestra un tanto ambigua, a medio camino entre su hermana -Selene, la diosa de la Luna- y Elios -el dios del Sol-, por lo que puede permitirse ciertos comportamientos reservados a los hombres. En fin, lo que sí sabemos con certeza es que su vida sentimental fue un desastre: Titono envejeció hasta convertirse en cigarra, Céfalo la abandonó para volver con los mortales y Orión murió por las afrentas que cometió contra Artemisa. ¿Tal vez sea el castigo por comportarse de forma masculina?

El rapto de Titono

Oinochoe ático de figuras rojas (c. 470 a.C.). Museo del Louvre, París.
En esta jarra ática vemos una de las representaciones habituales del rapto de Titono (que se distingue del de Céfalo porque en estos últimos casos el acosado mortal viste como un cazador): la diosa, caracterizada con dos alas persigue a Titono, al que ya casi ha alcanzado.

eos y titono

Curiosamente, a su hermana Selene le pasó algo parecido. Se enamoró con locura de un hermoso pastor llamado Endimión. Por petición de Selene, Zeus le concedió un deseo y el joven le pidió dormir sin perder la juventud por toda la eternidad [3]. Es decir, mientras que el amante de Eos conservó la mente y perdió el cuerpo y el de Selene perdió la mente aunque conservó el cuerpo.

endimion

Endimion en el Monte Latmos. John Atkinson Grimshaw

[1]. El texto clásico más extenso al respecto es un fragmento del Canto V, A Afrodita, de los Himnos homéricos.

[2]. Alicia Esteban Santos ha escrito un excelente artículo donde analiza las distintas facetas de Eos y los principales personajes que la rodean: Eos, el dominio fugaz de la Aurora. (Cuadernos de Filología Clásica nº 12, 2002. UCM, Madrid).

[3]. Ver, por ejemplo, Apolodoro, Biblioteca mitológica (I, 7).

«Hijo de Cálice y Aetlio era Endimión, quien trajo a los eolios desde Tesalia y fundó Élis; sin embargo algunos cuentan que era hijo de Zeus. Como éste destacara por su belleza, Selene se enamoró de él y Zeus le otorgó que escogiera lo que desease. Él escogió dormir eternamente, permaneciendo inmortal y sin envejecer».

Traducción de Julia García Montero en Apolodoro, Biblioteca mitológica. Alianza Editorial, Madrid

Posthoméricas I

Introducción

Aunque le resulte extraño al lector que está empezando a disfrutar de la mitología griega, la Ilíada no termina de narrar toda la guerra de Troya sino que se detiene en la visita del anciano Príamo a la tienda de Aquiles para recuperar el cadáver de su hijo Héctor. El trágico final de tan terrible guerra –la muerte de Aquiles, el suicidio de Áyax, el caballo de madera o el saqueo y destrucción de Troya– lo conocemos por otras fuentes, entre las que destacan las Posthoméricas de Quinto de Esmirna.

Quinto de Esmirna, que quizá nació en algún momento del siglo III, estudió los abundantes textos que cubrían el período comprendido entre el final de la Ilíada y el principio de la Odisea y los narró en catorce libros.Para mi gusto el estilo resulta un poco pretencioso, las metáforas son pesadas y lejos se encuentra de la grandeza de Homero. Sin embargo, es una buena manera de empezar a conocer los últimos días de Troya, por lo que vamos a ir viendo los sucesos que nos narra en cada libro.

Libro I: Pentesilea  

Tras la muerte de Héctor, príncipe de los troyanos, a manos de Aquiles, el desánimo cundía entre los defensores de la ciudad asediada. Pero con gran alegría recibieron la noticia de que a su ayuda llegaba la hermosa Pentesilea al mando de un contingente de amazonas. 

Pentesilea era hija de Ares y Otrera y con ella se encontraban Bremusa, Termodosa, Derínoe y Armótoe, entre otras. Como buenas amazonas, todas deseaban entrar cuanto antes en combate, aunque no están del todo claras las razones por las que habían tomado partido por los troyanos. Al parecer podrían haber ido en calidad de mercenarias, pues Príamo le prometió entregarle muchos dones si defendía a los troyanos (QS, Libro I, 90). Pero también podía ser que Pentesilea estuviera buscando expiar la muerte de su hermana Hipólita en un accidente de caza (QS, Libro I, 25), lo cual resulta extraño ya que Hipólita vivió en tiempos de Heracles, mucho antes de la guerra de Troya [1].

En cualquier caso, tras descansar una noche, al llegar el alba las amazonas salieron al frente de los troyanos y empezaron a causar estragos en las filas aqueas. A lomos de un caballo velocísimo, regalo de Oritía, esposa del dios del viento Bóreas, Pentesilea parecía imparable. Uno tras otro caían los que se le enfrentaban.

Tan formidables eran las fuerzas troyanas impulsadas por el brío de las amazonas que las mujeres casi cometen un error fatal y salen de la ciudad para luchar con los hombres. Por fortuna, pues es de suponer la escabechina que se habría producido, la anciana Teano las detuvo a tiempo con sabias palabras.

Mientras tanto, Pentesilea y los troyanos ya casi habían llegado a las naves aqueas y se disponían a incendiarlas cuando el tumulto de la batalla llegó a oídos de Aquiles y Áyax, que habían permanecido ignorantes del combate,  ensimismados por la tristeza delante de la tumba de Patroclo.

Los dos héroes se lanzaron contra los troyanos y no tardaron en recobrar el terreno perdido. Entonces Pentesilea se encaró con ambos y trató de acertarles en vano con su lanza. Más certero fue Aquiles y la amazona cayó herida con el seno derecho atravesado por su lanza (recordemos que, según la tradición, las amazonas se cercenaban de niñas el seno izquierdo para manejar con mayor soltura el arco y la espada).

Aún así, tal vez se hubiera salvado pero el héroe aqueo confundió un gesto de Pentesilea implorando por su vida con un intento por proseguir la lucha y la remató sin piedad.

pentesilea

Aquiles mata a Pentesilea. Ánfora ática de figuras negras.
(c. siglo VI a. C. British Museum, Londres)

Al ver morir a su hija, Ares montó en cólera pero fue refrenado por Zeus. Al que no contuvieron a tiempo fue una vez más al irascible Aquiles.

Tersites era el más feo y cobarde de los aqueos. Ya había irritado en otra ocasión a Ulises interviniendo en una asamblea de jefes, lo cual le costó un bastonazo y las burlas de sus compañeros. Y ahora, a este pobre desgraciado, jorobado y de piernas torcidas, no se le ocurre otra cosa que recriminarle a Aquiles su querencia por las mujeres troyanas. Al soberbio Aquiles no le sentaron nada bien sus comentarios y le mató de un tremendo puñetazo que le saltó todos los dientes.

Solo Diómedes, emparentado con Tersites, lamentó su muerte y quizá se habría lanzado contra Aquiles si no le hubieran sujetado. Los demás escucharon con satisfacción como le imprecaba al sanguinolento cadáver:

-¡Ea!, aléjate de los aqueos y entre los muertos grita tus insultos.

Más respeto les inspiró la hermosa Pentesilea y dejaron a los troyanos que retiraran su cuerpo para rendirle un último homenaje. Al caer la noche, muchos pensaron en ella y los compañeros caídos en aquella sangrienta jornada, pero al día siguiente una nueva batalla les esperaba.

 Notas

 [1] Esta versión también aparece en la Biblioteca mitológica de Apolodoro (Epít. 5): 

«Pentesilea, hija de Otrera y Ares, que había matado por accidente a Hipólita y fue purificada por Príamo, habida batalla da muerte a muchos, entre ellos a Macaon, y muere luego a manos de Aquiles, quien, después de su muerte, se enamora de la amazona y da muerte a Tersites por criticarlo. 

»Hipólita era la madre de Hipólito, y también la llaman Glauce o Melanipa. Fue la que, durante las bodas de Fedra, se plantó armada junto con su séquito de amazonas y amenazó con dar muerte a los invitados de Teseo. Habida pues lucha, murió, bien por mano involuntaria de su compañera Pentesilea, bien por la de Teseo, o bien fueron los hombres de Teseo los que, en vista de la irrupción de las amazonas, cerraron con rapidez las puertas y, aislándola dentro, la mataron».

 Traducción de Julia García Montero en Apolodoro, Biblioteca mitológica. Alianza Editorial, Madrid